Por Lucas Yatudo Fraiha

Fotografías de Mariano Balbuena (cortesía BP. 15)


Cuando una amiga me invitó a ver el workshop de Marina Abramovic, me quedé muy emocionado. Pero, al llegar a la fila, un pequeño miedo que crecía surgió. Tengo pánico escénico, soy tímido y con frecuencia me da vergüenza mirar a los ojos de otras personas durante mucho tiempo. Tuve que reponerme y elegir qué máscara utilizar en ese momento: una que agrade a Marina y me haga importante, interesante para el público.

Alcé el pie derecho agarrando la mano de una de las ayudantes de Marina, luchaba para restablecer el equilibrio, hacíamos una caminata lenta de un extremo a otro del gran galpón de color gris oscuro. A mi alrededor, un grupo estaba haciendo el mismo ejercicio como un rito de iniciación. Intenté relajarme y tranquilizarme, de ser parte de ese ambiente, pero la concentración en la marcha lenta no me lo permitía. En la entrada me dieron auriculares que aislaban los sonidos. Una sonrisa y una mano suave me guiaban ahora. Al final, estaba a un ritmo más lento, pero no más relajado ni meditativo, sentía aún una inquietud en la sala.

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En la fila para entrar, esperé con mi amiga durante una hora y media bajo un tiempo inesperadamente frío en Buenos Aires. La auxiliar de producción nos advertía sobre el riesgo de no entrar: “Vamos a parar la línea a las 17:30h, no prometo nada”. Éramos la fila de los milagros, de acuerdo con el apodo tierno del equipo de producción, porque si entrábamos, sería de puro milagro.

Después de la caminata lenta, la mano suave se fue y yo me quedé viendo a todas esas personas: aficionados y artistas viviendo en ese espacio en cámara lenta. Algunas separando lentejas y arroz, otras mirando carteleras azules o amarillas o rojas, otras descansando en camas y la mayoría meditando. Otra mano, con una sonrisa aún más suave notó mi inquietud, me sentía como un intruso que no pertenece, y me llevó a una estructura baja de madera en forma de cruz en el centro del galpón, donde me hizo cerrar los ojos, tocaba mi pecho y las espaldas mientras guiaba mi respiración para un ritmo más lento y mi cuerpo para un lugar más reconfortante.

En la fila afuera nadie estaba entrando, las personas estaban impacientes; habían dos mujeres detrás de mí que habían intentado entrar el día anterior, pero sin éxito. La más baja decía que seguía a Marina durante años. No entendí lo que eso significaba. Hubo aplausos y protestas, insatisfacción y amenazas de revuelta. ¡Abajo el sistema! ¡Abajo los auxiliares de organizadores del evento!

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Decidí abrir los ojos y mirar a alguien, me quedé por un largo tempo mirando a una persona en particular. Eso era raro, ya había hecho meditación antes. Mientras trabajaba en un centro comercial, la presión del trabajo me dio la idea de todos los días, por la tarde, ir al baño de la oficina y meditar durante quince minutos. Creía, ingenuamente, que podría salvar una situación que estaba predestinada al desastre. Pero la meditación siempre fue para mí algo personal e individual; en el fondo de la cueva se encuentra el cielo. En este galpón, pude mirar por largos períodos a un extraño sin hacer que ambos nos quedásemos constreñidos.

La fila empezó a moverse; pedían personas: “sólo veinte… ahora quiero otros cinco más…” y así sucesivamente hasta que mi amiga entró y yo me quedé afuera. Me hizo un largo gesto de disculpa, pero sin ocultar muy bien su felicidad dijo: “¡Lucas! ¡Venga!” Le respondí con una sonrisa diciendo que estaba todo bien. Quería liberarla de su culpa. Al final fue su idea venir, racionalicé, y yo aún sentía miedo.

El galpón estaba lleno de signos ancestrales: el silencio como un preludio a la revelación, anticipando los grandes acontecimientos, la verdad llega al alma del que reina el silencio y es muda a aquellos entregados a la charla. El galpón gris oscuro parece una tumba donde el cuerpo muere para liberar el alma, el lugar de la regeneración y metamorfosis. Los ayudantes de Marina, todos visten ropa de color negro, es decir, tanto la suma de todos los colores y la falta de color, estado de muerte; según Kandinsky es el silencio de los colores, el cielo de la noche, el caos inicial, de dónde venimos y hacia dónde vamos; interior y profundo.

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Saber relajarse y meditar es como despertarse tarde, no se puede tener sentimientos de culpa, es necesario coraje para inflar el pecho y decir que se merece -el descanso es visto como un lujo y la inactividad es desacreditada. Somos un grupo de vagos, meditando en la tarde en vez de ser útiles a la sociedad. Nos sentimos marginados, aislados a un ritmo y tiempo más lento. En nuestra burbuja somos outsiders, así como Marina lo fue por muchas décadas y eso nos atrae, buscamos algo de esa energía alternativa.

“Cinco más”. ¡Oba, entré!

En un texto de Virginia Woolf, ella especula sobre el destino de las mujeres extraordinarias durante la Edad Media. Estas mujeres no podían tener una vida normal, pero necesitaban desarrollar su arte, sus habilidades y genialidad fuera de la sociedad patriarcal. Viviendo en el borde de los pueblos en la pobreza, serían brujas y hechiceras, temidas y fascinantes. Contratadas por miembros respetados de la sociedad para lanzar hechizos buenos y malos; y servir como chivos expiatorios en los momentos de dificultad. Fue un hermoso camino desde “Rhythm 0” -el público puede matarte- hasta “The artist is present” -la gente necesita ser sanada.

El ejercicio termina, los ayudantes nos hacen levantarnos y una aglomeración se forma del otro lado del galpón. Es Marina. Ella viene a decir adiós, besando y abrazando a cada participante. Mientras espero, mi amiga y yo miramos las obras de los separadores de arroz y lentejas: algunos realmente separaron y contaron, otros escribieron poemas en el papel y otros mensajes con los cereales. Parece que todo el mundo estaba intentando descifrar el ejercicio, y algunos, en la imposibilidad, decidieron construir una obra de arte sin darse cuenta de que ya eran parte de una. Sin un plan, transportaban piedras de un lado a otro en un caos lento y silencioso, como una Babel sin lenguaje. Un ejercicio de relajación, pero con una capa subcutánea de ansiedad y electricidad.

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Finalmente hacemos fila para saludar a Marina. Mi amiga le dio un gran abrazo y le dijo algo importante, aunque me parece que Marina no hablaba español. Yo le digo Congratulations, ella responde It’s not me, it’s you. I just organize it.