Por Miravel Ladino


 

Los orígenes de James Bond se remontan a la nostalgia de posguerra de la Gran Bretaña, en el momento en que el Reino Unido deja de ser una superpotencia. Los efectos culturales que generó el Reino Unido tras su importante rol durante la Segunda Guerra Mundial, pero que devino en la pérdida de imperio, aún se mantienen latentes entre nosotros. Fue la época en que esos países,  especialmente Inglaterra, empezó a “soñarse” a sí mismo con su música pop, sus series de televisión como The Avengers  (emitida en la década de los sesenta) y Thunderbirds, que bien puede apreciarse como una eulogía de marionetas al no poder participar en la carrera espacial ruso-americana. No es coincidencia, entonces, que James Bond comparta su génesis con los Beatles, con excéntricas series de TV y con marionetas espaciales.

Así pues, Ian Fleming soñó con un nuevo tipo de héroe, un hombre que estuviese donde su  país ya no estaba: en la cima del mundo. Asimismo, ese deseo de alcanzar una posición privilegiada en cierto modo estuvo presente en la propia vida de Fleming, ya que él se soñó como un miembro de la aristocracia, afirmación que podría sustentarse en el matrimonio que contrajo con la exesposa del vizconde de Rothermere, un magnate de la prensa que simpatizó con los nazis al comienzo de la guerra y aseguró la supervivencia del periódico británico más recalcitrantemente conservador, The Daily Mail.

Pero si la conexión del creador de Bond con un exsimpatizante nazi es tenue, lo que sí no es nada tenue es el nivel de agresividad y fisicalidad en las últimas entregas fílmicas de la serie. Numerosos críticos y hasta ex james Bonds —entre ellos Roger Moore— hablan de cómo las películas son cada vez más violentas. La explicación es muy sencilla: los productores, en particular la familia Broccoli, quieren que sus películas sean populares en Asia, donde el público consume filmes de artes marciales con una mayor cuota de agresividad y acción.

De otro lado, es innegable la popularidad global del personaje. El éxito de James Bond tiene algo que ver con una tradición muy británica: la sustitución de los actores que interpretan a los héroes (como sucede con el Dr Who, por ejemplo), lo cual se puede definir como “la democratización del heroísmo”. Esto sumado a  ciertas temas aún aciagos de la posguerra fría obligó a que los libretistas estén muy bien informados: escasez de agua en América del Sur (Quantum of Solace,  aunque hay que advertir que las comunidades indígenas bolivianas fueron menos que extras en la película), magnates “murdochescos” de la prensa intentando controlar el mercado de los medios de comunicación chinos (Die Another Day) o villanos sin escrúpulos y con bastante conocimiento de programación como para graduarse de ciberterroristas.

Ahora bien, en una época de creciente automatización, de ir de empleo en empleo, despareciendo ante ejércitos desasalariados de robots, tal vez nos veamos obligados a revaluar a los malos que enfrentan a 007, porque es posible verlos como verdaderas fuentes de empleo. Lo que Blofeld[1], Scaramago, Stromberg o Hugo Dax tienen en común es que emplean a cientos de personas en sus actos delictivos pero, capitalistamente hablando, planes no del todo descabellados. La última ironía sería que Bond fuese finalmente destruido no por un canalla sofisticado que se subscribe a lo que Paco Umbral llamaba “la estética del mal”, sino por un líder sindicalista que defiende los derechos de los miles de empleados al servicio de causas no del todo filantrópicas. Si ese fuese el caso, el némesis del agente secreto más famoso del mundo hablaría con un marcado acento del norte de Inglaterra y se llamaría simplemente Gary.

¿Y qué decir de las mujeres que aparecen en las películas de Bond? Todas sufren un poco del síndrome de Stockholm: se identifican un poco con sus propios verdugos. Un poco como les sucedía a las modelos de la revista Playboy, cuando todavía había desnudos en la revista, arguyendo que el posar desnudas las empoderaba sexualmente y que no necesariamente las objetivaba.

Las mayoría de actrices que han formado parte de la franquicia Bond arguyen que el papel que les ha tocado interpretar es diferente a todos los anteriores y que ellas nos son para nada personajes desechables en una trama chauvinista y paleontológica. La excepción que confirma la regla fue la talentosa Diana Rigg en Her Majesty Secret Service, quien termina casándose con Bond, interpretado por  George Lazenby. Y no les anticipo el final a aquellos que no hayan visto la cinta, solo déjenme usar una frase que Bond no emplearía, ya que él es empleado público y recibe viáticos estatales: “No hay almuerzo gratis”.

A raíz del enorme éxito de taquilla de Skyfall, que recogió más de mil millones de dólares, los Estados Unidos también ha tratado de subirse al tren multimillonario de y han creado a su propio James Bond pero con el ya célebre nombre de Jason Bourne (fíjense bien, las mismas iniciales). Y aunque Bourne recorre el mundo tratando de escapar de sus posibles asesinos, hay una diferencia fundamental entre James y Jason: este último no dice ninguna broma.

Bournes es un asesino robótico, desmemoriado y sin sentido del humor. Por esa sola razón sé a cuál de los dos prefiero. Como mujer pacifista, me subscribo a la idea de que la verdadera licencia que James Bond tiene es la de entretener; la otra, la de matar para salvar al mundo, es totalmente secundaria.

 


 

[1] Personaje interpretado por primera vez por el gran Telly Savallas, en la única película en que James Bond realmente se enamora y contrae matrimonio.