Por Alejandro Lozano


 

Escrita desde el orgullo y la pérdida, La distancia que nos separa, zurcida con firmeza por los hilos cruzados de la aceptación y de la angustia, es una autoficción muchas veces valiente y conmovedora, que tanto alcanza a transmitir la urgencia y la intensidad de su búsqueda, como a esculpir en mármol la figura del padre, humanizado solo de vuelta por el dolor de la muerte.

En principio, La distancia que nos separa tiene como personaje central a El Gaucho Cisneros, padre del autor, exministro de Guerra, alto mando militar, famoso por su participación política y por su crudeza al declarar a la prensa durante los años más violentos de nuestra historia reciente, los años ochenta, y por ordenar el cierre de varios medios de comunicación en su etapa de mayor autoridad. Cisneros hijo trata la vida de su polémico padre desde tres espacios bien diferenciados, tanto por el tono como por su contenido: los años previos a la notoriedad; el poder y la fama controversial; y la muerte y sus consecuencias. Todo ello bebe de dos fuentes llenas de sustancia: de una parte, los atractivos hechos que componen la biografía amorosa de sus ascendientes y, de otra, el nervio que el lector puede hallar en la búsqueda sincera de un hijo por descifrar quién fue su padre, por atravesar la maraña de recuerdos y vacíos armado con los hechos, con una verdad menos volátil, que confiera a la memoria de una calma más auténtica.

Así, Cisneros conforma una suerte de policial sentimental que rastrea en las pequeñas e ignoradas muertes o derrotas que lo preceden en una genealogía extensa, y que acompañadas por el silencio y el paso del tiempo proyectan un duelo mayor, transmisible y subterráneo, una herencia incómoda y acallada.

De estas pesquisas emergen las figuras de sus antepasados, el patrimonio silencioso de sus pesares, las verdades que no fueron capaces de confesar ni de transmitir, y que el autor desentierra como un homenaje ritual de expiación de sus culpas. Ahí desfilan el bisabuelo bastardo, el abuelo exiliado, y sobre todo el padre, El Gaucho Cisneros, la impenetrable roca contra la que fluirán los esfuerzos del autor por comprender, no solo sus antecedentes sino a sí mismo. Cisneros tratará de recobrar la vida de su padre, de otorgarle los ángulos desde los que antes no fue capaz de observarlo. Lo imaginará joven, enamorado, atravesado por una desdicha a la que parecía inmune. Y retornará a él con el afecto y la indecisión de un hijo que se sintiera antes rechazado.

De esta forma, recolectando nuevas miradas sobre la juventud del padre, rescatando sus complicidades cotidianas, y premunido de un buen criterio de selección, el autor pergeña un recorrido emocional nutrido de una prosa eficiente y de una cálida sensibilidad. Esa observancia de los detalles se posa sobre elementos que luego son retomados con mayor hondura: cómo son las líneas de las manos de su padre, cómo el hijo se ha acostumbrado al deterioro que implicaba su dentadura postiza en un vaso de agua, y cómo estos alcanzarán nuevos significados con cada descubrimiento. Así, al observar la fotografía en la que El Gaucho, el militar inflexible de la dictadura militar, aparece junto a su gran amor de juventud, el narrador señalará:

«Lo primero que me conmociona es el rostro de mi padre: las típicas facciones duras han sido reemplazadas por dos pequeños ojos melancólicos, un gesto laxo de placidez y una sonrisa tan dilatada que forma pliegues en su cara: dos o tres surcos que se extienden como ondas sonoras desde las comisuras de la boca hasta las orejas. Los dientes, que no se le notaban casi nunca, aquí se ven con claridad.»

Si se tuviera que señalar cuál es la característica principal de esta parte del libro, pensaría en valentía, en honestidad, en rigor. Pero pienso sobre todo en calidez. Las primeras 150 páginas están impulsadas por una urgencia vívida, y este impulso irradia hacia el lector una intensidad y una proximidad estrechadas desde el despojo de máscaras o imposturas, y que logran fraguarse mediante episodios escritos con una comprensión humana y agitada que es tanto una meta como una despedida. Pero es también una despedida del R. Cisneros joven y errático, que superpone su rostro a los rostros de dureza de su padre, del político, del militar, del provocador afamado. La personalidad insegura que iniciaba su exploración de los claroscuros del pasado ahora es capaz de crecer y de colocarse en el lugar del padre, de conferirle el aliento resucitador de su propia interioridad. Este afán desesperado por completar la historia, por ser parte de ella, por hacerla suya, es lo que resulta más conmovedor en el libro. De esta suerte, su título, como el texto en sí, adquiere significados distintos y complementarios a lo largo de estas páginas: la distancia que los separa es la ignorancia, la incomprensión, la edad, las responsabilidades, sus funciones, la muerte; y estas son atacadas por sus contrarios: con el conocer, entender, crecer, asumir la propia responsabilidad, ubicar para qué se está en el mundo, con vida: la vida que Cisneros añade a registros amarillentos y fotografías que ya nadie frecuenta.

Aunque no se alza como una rebelión directa y destemplada contra la moral pacata de nuestro país, en La distancia que nos separa subyace una crítica de las opresiones con que esta hiere y marca a las personas. Emparentado de fondo y de estilo con su padre, el autor ahora es capaz de decir sin miedo las cosas, con contundencia, sin ocultarse. Exhibe sus heridas como medallas de guerra. Se enfrenta de esta forma a los murmullos y las medias tintas tan comunes a nuestra conducta, y levanta un cerco de tensa valentía tan desacostumbrado como sorpresivo. En esos momentos rabiosos el autor no se confiesa, se impone, y esta solución abre camino a una bella y sentida liberación a la que resulta grato asistir.

Lamentablemente, esta tensión no va a permanecer. De un lado, existen fragmentos en que un compromiso familiar externo al texto se dispara con torpeza, y nos despierta del ambiente de búsqueda en que estábamos envueltos. Este descontrol mella incluso la correcta prosa que hasta entonces exhibía el autor. Me refiero sobre todo a dos momentos: al repaso de injurias y acosos realizados por Lucila Mendiola a la madre del narrador, como venganza por iniciar esta última una relación con el esposo de la primera; y al esperpéntico retrato del periodista también injurioso Salomón Bautista. Estos ajustes de cuentas resultan comprensibles, pero en el cuerpo de lo escrito no se adhieren sino como manchas. De otro lado, el repaso documental que se extiende durante más de cien páginas, y que se ubica en el corazón de la estructura del texto, deviene en cansado y periodístico. Aunque la vida de El Gaucho Cisneros va cobrando relevancia social, la disposición de los hechos, las palabras escogidas, el giro, en fin, de lo afectivo al perfil político aminora el interés humano y merma el vuelo del conjunto.

Esto último, además, tiene su correlato en un nivel más profundo. Durante el capítulo 8, el más extenso de toda la obra, el tono evocador que compone la atmósfera de orfandad que previamente habíamos experimentado cede paso a uno más llano y explicativo. Esto no solo afea y tiende a disolver la empatía que tanto la búsqueda del hijo como el propio personaje de El Gaucho habían generado. Algo más grave: diluye el afán de un hondo conocimiento del padre bajo las tibias aguas de la justificación. La rabia, la determinación por conocer a como diera lugar el propio origen, todas las poderosas fuerzas que en los capítulos previos nos sobrecogieran, ahora amansan frente al recorte periodístico, transigen con la honorabilidad familiar, retiran la mano de la lumbre de los posibles crímenes cometidos por el padre. Puesto a jalonar el gatillo, Cisneros decide apartar el arma. Es esta una operación respetable y protectora que, sin embargo, no se puede obviar del análisis, sobre todo si marca un contraste tan fuerte con los otros espacios del libro.

Un libro que reinicia su vuelo con la llegada de la muerte y sus rituales. Ya no a partir de la inventiva, ni de únicamente lo fáctico, Cisneros aborda estos momentos como un testimonio; el testimonio de un hijo quebrado. La revelación de sucesos tan íntimos como la última mirada al padre ya muerto o la exposición plena de vulnerabilidad con que un hijo canta, o ruega, en el oído de un padre que ya no escucha, es de una fuerza que estremece. La muerte ingresa entonces y ocupa el espacio de todas las cosas que no vuelven, de las dudas y de lo que no se dijo; se trata de la muerte instalada en uno, las distintas muertes personales y las orgánicas, tan próxima que expone su grisura sobre todo. Y Cisneros lo sabe, porque «así como un padre nunca está preparado para enterrar a un hijo, un hijo nunca estará preparado para desenterrar a un padre». Y esto es lo que es este libro: de una parte, un decidido intento de dar vida, de engendrar al propio padre y a uno mismo y, de otra, la exposición de un límite, de una imposibilidad.

La distancia que nos separa es un título destacado en nuestra narrativa reciente, y aunque por instantes parezca ser que la información recabada supera al autor, en sus momentos de mayor control y lucidez, Cisneros es capaz de conmover, de cuestionar, de acompañarnos más allá del fin de la lectura en la inevitable interpelación que propician sus páginas acerca de cuánto sabemos de nuestros propios padres y de nosotros mismos. Con ello, ha dejado las preguntas difíciles y el arma que antes apartara de sí en manos del lector. ¿Seríamos capaces de disparar?

 

 

Nota 1: Mención aparte merece la edición del libro, que tanto varía su criterio al momento de nombrar a El Gaucho («el Gaucho», «al Gaucho», «del Gaucho», «de El Gaucho»), como cae en erratas injustificables como la de la página 85: «presidente de la República, 194ese apéndice diminuto podrá […]» (Subrayado nuestro). La composición de la portada del libro, además, simplifica y falsea el contenido del mismo, de un modo estereotípico y obsceno (casaca roquera versus vestimenta militar) que casi podría disuadirnos de leer la contraportada.