Por Mary Carmen Molina Ergueta  / Fotografía: Mauricio Ovando

 

José Luis Guerín llegó hace unos días a La Paz como invitado de honor de la tercera edición del Festival de Cine Radical. Aquí una entrevista realizada al director español en el marco del festival boliviano, que se abre paso como uno de los eventos más particulares y audaces del cine en esta parte del mundo.

¿Cómo ves hoy este lugar común de la separación o interacción entre el documental y la ficción?

Lo que a mí más me interesa como espectador, en el cine reciente, estaría en esa encrucijada. Uno de los trazos más germinativos del cine actual sería precisamente el reconocimiento de esas dos formas del cine, que fueron compartimentos casi estancos en el pasado. Hoy se reconocen. Las películas documentales más ambiciosas saben aprovechar el gran legado de la narrativa de ficción, la manera de estructurar y organizar una elipsis, la forma de trabajar el punto de vista, el tiempo, el espacio… se benefician de todo eso y, sobre todo, del grado de ficción. Inversamente, en el cine de ficción surge un gran interés por la captura de una cierta verdad irrepetible, que antes era más propia del documental. Esos espacios que en el pasado estaban compartimentados se van reconociendo. Hay gérmenes de eso en el neorrealismo italiano o en la nouvelle vague. Sin embargo, me gusta cambiar el planteamiento y, más que hablar de documental y ficción, pienso en los términos de control y azar. Normalmente, de forma simplista, se relaciona el cine de ficción al cálculo, a una estrategia definida de antemano; y el documental se asocia, injustamente, a la captura de lo azaroso, a lo no controlado. En todas mis películas me ha gustado forzar y tensar al límite esta relación, entre lo calculado y lo capturado azarosamente, y cuestionar esta manera simplista de separar estas dos voluntades que se alimentan entre sí.

¿Cómo encuentras hoy la motivación o el impulso para hacer cine que tenías al inicio de tu carrera?

Para mí, cada película es como la primera. Además, el hecho de trabajar en una situación bastante periférica de la industria nunca me ha hecho sentir que estuviera verdaderamente en una profesión asentado, ni mucho menos. El cine es un camino que voy descubriendo cada día. Ser cineasta cada día es una manera de pensar. Sueñas muchísimas películas… de cada treinta películas soñadas, haces una. El cine es una manera de ver y comprender el mundo, de relacionarte con él. Desde este lugar, evalúo el encuentro con una persona, las cualidades que tendría como personaje cinematográfico, o un espacio como localización. Cada película revalida esta experiencia, porque hay que sacarla para adelante y hacerla.

Has viajado mucho, pero no conoces Bolivia ¿Qué expectativas tienes de tu primera visita?

Pues tengo muchas ganas. No sé nada de su país. De Bolivia nos han llegado muy pocas imágenes. Las quiero volver a ver. Recuerdo las películas de Jorge Sanjinés: Ukamau (1966), Revolución (1963), La sangre del cóndor (1969). Eran muy fascinantes. Una escritura de cine cámara en mano, una imagen muy contrastada. Y son filmes de los años que siempre voy sondeando, los 60, que son tan estimulantes. Son los años en los que empecé a ver películas, era un niño. Y es un momento, como la década de los 20, donde parece que el cine tenía una exigencia para reinventarse y los cineastas para repensar cine. Aparece el término de nuevo cine: new american cinema, nuovo cinema brasileiro, nouvelle vague, free cinema, nuevo cine checo… En todas partes los cineastas se reúnen, escriben manifiestos, organizan cineclubs. Había entonces un sentimiento comunitario del cine, que es muy distinto al de hoy, cuando los cineastas somos muy solitarios.

Según tu experiencia ¿qué función tienen los festivales en la actualidad?

Al menos en España, los festivales hoy en día se han convertido en el canal casi natural de la gente para poder ver películas. Quizá 20 años atrás hablar de una película de festivales tenía un sesgo elitista. Hoy designa una realidad completamente asumida. En general, el cine más ambicioso no se estrena en las salas comerciales, sino que está en los festivales. Sin embargo, los cineclubes son muy importantes —yo me formé como espectador de filmoteca y de cine clubs de barrio. Cuando era muchacho, en las ciudades pequeñas era el cineclub el que daba la posibilidad al cinéfilo de tener una programación a lo largo de todo el año. Esto para mí es mucho más sano y saludable que un festival, que es una gran concentración de títulos en muy pocos días, un consumo abusivo de cine. Creo que es una consecuencia de una política electoral: los cineclubs no son rentables para los políticos, porque no tienen un eco mediático; en cambio, un festival es llamativo, tiene glamour, promotores y publicidad, actrices guapas… Y eso se rentabiliza electoralmente. Por eso yo soy un gran defensor de los cineclubs.

¿Recurres a otras artes o disciplinas como disparadoras de ideas para pensar el cine, para hacer una película?

Cada vez practico más eso. A veces me fastidia el mundo del cine, lo que se llama eufemísticamente mundo del cine y que a veces siento que va a  acabar con el propio cine: las galas, las revistas… En cambio, practico mucho pensar mi propio medio, el cine, desde la pintura o desde la literatura. Soy una gran amante de la pintura, cada vez más. Cuando voy a visitar los cuadros del Louvre o del Museo del Prado, o de cualquier museo, me doy cuenta de que estoy dialogando con los cuadros como si fueran películas. Estoy descubriendo una puesta en escena pictórica como si fuera una puesta en escena cinematográfica. Estoy pensando en la relación que tiene el personaje con la profundidad de campo, en la manera en que se ha caracterizado por determinado gesto o accesorio a un determinado personaje, en cómo se han distribuido los cuerpos en el espacio, en el lenguaje de las miradas. Desde el Quatrocento, los pintores son un poco la puesta en escena del cine avant la lettre, antes del cine. Ir a la pintura le da al cine una especie de pureza, que no tiene nada que ver la competitividad a la que nos someten a veces a los cineastas, o las modas y los vaivenes de la crítica y el público. Sin embargo, mi disciplina central es el cine. Es la que me posibilita relacionarme con todas las demás. Siento como algo muy endogámico, claustrofóbico y terrible el cine que solo se nutre de cine, que solo se refiere a sí mismo. Es lo que pasa con los remakes, con películas que vuelven a filmar películas, películas sobre películas sobre películas. Me parece que ese imaginario excluye a la vida.