Por Lena Retamoso Urbano

 

La primera vez que escuché a Iggy Pop fue en la casa de mi amigo Robinson Díaz Sifuentes. El descubrimiento se dio a través de China Girl. Recuerdo que al llegar al momento del grito: “It’s in the whites of my eyes”, comprendí que estaba frente a una voz excepcional. Es difícil fijar una fecha exacta, pero definitivamente esta revelación se dio entre el 2001 y el 2002, años en los que aún asistía a la PUCP. ¿O no fue exactamente así? Tal vez lo primero que escuché fue The Stooges, con el álbum Raw Power. Canciones como Penetration y I need somebody baby escalaron, rápidamente, las gradas apenas edificadas de mi incipiente percepción de lo sensual. Su voz llegaba a mis oídos como la mano que empuja precisa y febrilmente la puerta entreabierta que lo separa de lo amado. Allá, por ese entonces, en Lima, ni en mis sueños más delirantes había arañado la posibilidad de verlo cantar en vivo. Pero después de casi catorce años ese milagro se dio, el pasado 12 de abril en Nueva York. La compañía no pudo ser más perfecta. Fui con dos personas muy especiales y cómplices en muchos de nuestros gustos musicales: Elena Chávez, peruana como yo; y James Shay, de Connecticut.

Los tres presentíamos que el Iggy al que íbamos a ver no era el de The Stooges del primer álbum (que lleva el mismo nombre), o del Fun House o Raw Power, ni mucho menos el de su legendario solo debut The Idiot o el del Lust for Life, pero definitivamente seguía siendo, junto a David Bowie, la personificación de nuestro lado más iconoclasta e indómito. Y a ese Iggy sí que lo vimos, caminando por todas las esquinas posibles del escenario del United Palace: sin camisa, renqueando, haciéndose uno con el público, como si fuera la pantera de aquel poema de Rilke. Solo que aquí, por instantes, lo veíamos ir y venir con la casi certeza de que los barrotes de lo real habían sido absolutamente pulverizados. Su presencia se imponía como la de un fiero y enigmático serval, deleitándonos con un Iggy que aún se movía en la palestra eufórica de los 70’s.

El concierto abrió con la canción Lust for life, que es la pieza inicial de su segundo álbum y que Iggy lanzó en 1977, producido por David Bowie. Esta selección no es gratuita ya que durante el concierto se tocaron varias canciones de Lust for Life y The Idiot, que iban intercalándose con las canciones de Post Pop Depression, su nuevo álbum. Es más, el concierto cerró con China Girl, que es una pieza de su primer solo álbum. Con lo cual, pareciera querernos decir Iggy, que su contribución musical llegó a su pico en estos dos álbumes y que incluso este nuevo álbum es solo un paréntesis tardío, que debería ser considerado como un apéndice -necesario tal vez, mas no fundamental- en su carrera musical.

Canciones como Break Into Your Heart, Gardenia y Chocolate Drops son de las más rescatables de esta nueva entrega. En ellas se puede ver a un Iggy experimentando con el funk o la atmósfera introspectiva del The Idiot, aunque con una textura menos oscura, dando como resultado piezas musicales de registro liviano aunque no por ello menos conmovedoras o profundas. Al ser este nuevo álbum un proyecto en colaboración con otros músicos, en muchos momentos claves del concierto (y del disco), la voz o el timbre propio de Iggy quedaba relegado ante el estilo marcado de bandas como Arctic Monkeys o Queens of the Stone Age, lo cual le restaba un carácter genuino a la contribución del propio Iggy Pop. Notables son las disonancias en canciones como Paraguay o Sunday donde hubo riffs o intervenciones vocales que, por momentos, se alejaban de la atmósfera hilvanada por la voz característica de Iggy. Pero si dejamos de lado este elemento distractor, el momento cumbre llegó de la mano de Iggy al cerrar el concierto con la hermosa y delirante pieza que es China Girl, en lo que parecía ser una canción que en ese momento dedicara al mítico y recientemente desaparecido Bowie, ya que ambos la produjeron en la temporada de Berlín. Este fue el momento excelso del concierto. Desde el balcón del United Palace, pude observar cómo la gente bailaba y repetía las letras de forma un poco callada, mientras la intensidad hablaba por sí sola en los asientos, a través del movimiento de las más curiosas coreografías individuales.iggyfotoEn cuanto al título del álbum, creo que podemos interpretarlo por dos lados. El primero sería, un dar cuenta de lo que todavía queda en Iggy como un maestro del rock pesado, oscuro y desafiante; es decir, una celebración de los 39 años después de The Idiot. Tal vez no sea coincidencia que este nuevo trabajo saliera exactamente en la misma fecha de su primer álbum, el 18 de marzo. Muchos dicen que este puede ser su última producción ya que corre el rumor de que se retirará del ambiente musical, del que formó parte, la mayoría de las veces, alejado de la vil demanda comercial. Desde esta interpretación, el concierto puede ser apreciado como una despedida de la mejor de las maneras, especialmente, con el dato coincidente de que el lanzamiento de este álbum coincide con el año de la muerte del duque blanco. A propósito de esto, el cierre con China Girl cobró un matiz de réquiem u homenaje póstumo, ya que al finalizar la canción, Iggy cerró sus manos y sus ojos y elevó el rostro en una suerte de venia que se sintió como un agradecimiento absoluto a su amigo, y colaborador esencial de inicios de carrera, y artista de todos los tiempos que es Bowie. Con lo cual, este álbum podría considerarse un espacio para la experimentación como semilla para nuevos intérpretes que también apuesten por la música de manera visceral y totalmente entregada.

El haber escogido la canción American Valhalla de su nuevo álbum como canción iniciante del concierto es significativo dado que el “Valhalla” es el pasillo donde el dios Odin alberga a los caídos o muertos durante un combate. También es conocido en la mitología nórdica como el pasillo de la lucha perpertua, ya que los muertos eran reclutados en este pasillo para pelear por el dios Odin cuando la ocasión lo ameritase. Lo cual también parece darnos luces sobre el título de este álbum, en un espacio de Post Pop Depression lo que se busca es dotar de un nuevo espíritu a la identidad estadounidense, uno que ya no esté ligado al combate o a la guerra desproporcionada, sino más bien a una nueva inocencia, por eso se dirá en la canción: “Innocence/ it’s so hard to figure it out// who do I have to kill?/ I’m not the man with everything/ I’ve nothing, but my name”. En ese sentido este álbum sería una suerte de termómetro esencial para medir el grado de desilusión y descontento que alberga el espíritu del “americano” y del ser humano en general en estos tiempos de conflicto extremado. Hay una apuesta por volver a reconfigurar el sentido de la existencia.

El segundo lado sería, el que podríamos considerar una crítica al género pop en sí mismo, que ha quedado relegado, en su mayoría, a unas notas que se reciclan de lo más predeciblemente año tras año. Donde también se ha perdido una suerte de voluntad por el riesgo o la aventura musical más radical, lo cual se refleja en la poca calidad de las entregas y en la apabullante cantidad de bandas cuyas canciones no tienen mayor aspiración que formar parte del círculo designado para el consumismo o el entretenimiento. Por algo, no es casual que cierre este nuevo álbum con una canción que lleva de título el nombre de un país extranjero, “Paraguay”, ya que es un llamado a la apertura hacia la diferencia, el adentramiento en lo desconocido, la exploración de nuestro lado más primitivo, el derrumbamiento de innecesarios muros y el fin de las fronteras, la cual también puede ser recibida como una suerte de manifiesto en contra de la ligereza, la comodidad y el conformismo que habitamos a diario debido a la conquista olímpica de lo digital. Así, declara, rabiosa y desesperadamente, la voz de un Iggy que invita a la recuperación del espíritu: “I wanna be your basic clod/ who made good/ and went away while he could/ to somewhere where people are still human beings/ where they have spirit/ you take your motherfucking laptop/ and just shove it into your goddam foul mouth…”

Por último, se puede decir que Iggy Pop, a sus 69, demuestra que, si bien no está más en su gloria de antaño, o no marca con esta última entrega un nuevo hito musical a la altura del notable Blackstar, sí sigue motivado y fiel a la búsqueda constante de elementos musicales que den expresión exacta al mundo interior o imaginario que lo habita. Post Pop Depression no podrá ser el mejor álbum del año pero, definitivamente, deja una sólida huella en su trayectoria como músico que, acertada o fallidamente a veces, no ha cesado de apostar por seguir reinventándose.

 


 

Lena Retamoso Urbano. Poeta peruana. Vive en Nueva York desde donde escribe y respira.  Más en www.lenaretamoso.com