Por Mario Flecha

Este nuevo e inédito relato de nuestro allegado colaborador es una mezcla, como siempre entretenida, de la historia fundacional de Buenos Aires y Asunción junto a una narrativa más familiar e íntima. Es a la vez una impugnación sobre el origen de la sífilis que aún hoy muchos arguyen fue producto del intercambio entre los navegantes que fueron con Colón y las mujeres indoamericanas


Gobernación del Río de la Plata y Paraguay

Asunción, hija de la primera Buenos Aires, 
fue a su vez, madre de la segunda. 


 
"...el que tiene ocho (mujeres) es porque 
no puede tener dieciséis (...); 
con tanta desvergüenza y poco temor
 de Dios que hay entre nosotros en estar como
 estamos con las indias amancebadas 
que no hay Alcorán de Mahoma que tal desvergüenza permita...
 Capellán Gonzáles Paniagua

I

Carlos V apoyó la aventura de Don Pedro de Mendoza al tiempo que pagaba sus deudas a Fugger, el poderoso banquero alemán, otorgándole la concesión de la explotación y el transporte del guayaco.

Los Fugger o Fúcares, como se llamaron en España, recurrieron a una campaña publicitaria para promocionar los efectos curativos del Palo Santo, después de un tiempo cuando se comenzó a dudar de la eficacia benéfica del guayaco compraron el silencio de los médicos que tenían dudas al tiempo que inundaban el viejo continente de guayaco y calculaban las ganancias del fraude.

II

Fue un octubre cuando la primavera avanzaba quemando los días y los pétalos de las flores que adornaban los balcones de Buenos Aires.  Cuando el sol se iluminaba de amarillo y la humedad eran gotas pegajosas. Después de unas cuantas naderías mi padre me dijo

—¿Te gustaría ir a Asunción en las vacaciones?

—Sí, a conocer a la familia paraguaya.

—Organicé con la tía Consorcia para que vivas en su casa. Ah, mi primo te buscará en la estación de buses a tu llegada a Asunción.

Una sonrisa se dibujó en mis labios porque Víctor el primo de mi padre, quien había estado unos meses en Buenos Aires. Él me fascinaba, yo lo había bautizado La momia porque lo veía sentado sin que se le moviera una pestaña mientras que a su alrededor, Raúl, el canario de mi madre cantaba. Nosotros corríamos de aquí para allá con nuestras risas, murmullos y gritos. Sus ojos ausentes brillaban alucinados imaginando el ejército de arácnidos que infatigablemente tejían una tela de araña para atraparlo entre sus hilos viscosos.

Víctor vino a Buenos Aires porque su compadre el coronel Irala le había recomendado un médico.

—El psiquiatra que atendió a Víctor le inyectaba agua —escuché decir a mi padre.

Paraguay de mis sueños.

Las fantasías infantiles serían realidad en mi adolescencia.  Iría a la ciudad de las 7 colinas, me decía mientras caminaba la felicidad. Cuando pequeño mi abuela me sentaba en sus rodillas para contarme su encuentro con el Yací Yatere, el duende que vive en la jungla misionera, un enano de facciones bellas, de cabellos rubios que llevaba un silbato en el mango del bastón de oro atrayendo a los niños para raptarlos y jugar con ellos para luego abandonarlos en la selva para que su hermano, el Ao ao, los devorara.

Una siesta anónima, ella y sus hermanas estaban jugando en el monte.  Ella escuchó el llamado del Yací Yatere y lo siguió.  Cuando sus hermanas se dieron cuenta que se dirigía hacia el bosque como hipnotizada, la agarraron de los brazos y no la soltaron hasta que ella les dijo

— El Yací Yatere, se fue sin mí.

Mi padre se había dedicado a ocultarnos su pasado. Sin embargo, algunas intrigas se filtraron de sus silencios como la intimidad con Francisca. Nos enteramos lentamente a través del tiempo con relatos de parientes que nos visitaban.

Habían nacido el mismo año, crecieron en la casa de los abuelos, antes de aprender a caminar ya eran cómplices. Jugaban horas interminables inventando pasatiempos sin reglas.Durante las siestas, cuando el clima dictaba que solo se podía dormir, ellos se escapaban por la puerta trasera de la casa.  Salían sigilosamente y una vez en el patio corrían y corrían hacia el árbol que estaba al final del jardín, se subían al naranjo en dos piruetas y una vez en la copa saltaban sobre el alambrado y se iban al río a arrojar piedras sobre la superficie del agua, contando las veces que los pedruscos rebotaban antes de hundirse.

Hasta que el tiempo, enemigo de la inocencia, transformó las picardías infantiles en travesuras de adolescentes.  Sus cuerpos comenzaron a desarrollarse sin explicaciones, a ella le crecieron los pechos y sus pezones se endurecían cuando estaban juntos mientras que él tenía erecciones.  Ya no corrían hacia el río a tirar piedras y risas, ahora se sentaban debajo de un árbol a mirarse y conversar. El deseo titilaba entre ellos y el olor agridulce de sus entrepiernas los acercaba.

Fue en una de esas siestas cuando el sol les mordía la piel y el deseo los angustiaba que inadvertidamente se besaron.  Se encontraron en un remolino de urgencias, jadeantes el uno sobre el otro.  El instinto animal los ayudó y el sexo irrumpió en su hermandad. Desde entonces se escondían en los rincones ocultos de la casa para gozar, huían hacia la soledad de los campos donde podían revolcarse y amarse en libertad. Los abuelos se alarmaron al descubrir lo que estaba pasando.

Fue entonces que Tasio, el padre de Francisca, que no era ajeno a lo que sucedía a su alrededor reunió a mi padre y a su hija y los amenazó.

—Terminan esta historia ya mismo —dijo y dirigiéndose hacia mi padre continuo —o te mato de un tiro.

Mis abuelos asustados porque sabían que Tasio era loco, buscaron mandar a mi padre a casa de algún familiar para alejarlo de Francisca, pero como todos vivían aterrorizados del manicomio que Tasio llevaba en su cabeza, nadie les ofreció ayuda.

Desesperados y sin solución decidieron adulterar los papeles de nacimiento de mi padre para poder incorporarlo al ejército. La mala suerte hizo que mi padre ingresara al ejército a los 15 años en un momento trágico ya que se estaba cocinando un conflicto armado por los derechos a la explotación de pozos petrolíferos en la frontera de Paraguay con Bolivia.

El Chaco Boreal era una región boscosa, calurosa y seca situada al nortedel río Pilcomayo y al oeste del río Paraguay; hasta entonces había sido una zona lindera indefinida. La Standard Oil de Estados Unidos y la angloholandesa Royal Dutch Shell sospechaban que había grandes reservas del oro negro y la pelea para la explotación del petróleo en las entrañas de la tierra hicieron que su rivalidad se trasladara a Paraguay y Bolivia, desatando una guerra feroz que duró 3 años, dejando 90 mil muertos y arruinando económicamente a las dos naciones. La buena suerte es que mi padre desertó del ejército paraguayo. En Buenos Aires estuvo 5 días en el hotel de los inmigrantes y luego deambuló por la ciudad y en las noches dormía en el Parque Lezama

III

Don Pedro de Mendoza cruzó el Océano Atlántico encerrado en su camarote debilitado por la sífilis que lo acosaba, cuando llega a la cuenca del Río de la Plata en 1536 desembarca en la Isla de San Gabriel.  Desde su camarote postrado en la cama organiza la fundación de la Ciudad de la Santísima Trinidad y el Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre en la margen austral del Río de la Plata.

IV

Las noches de Buenos Aires suelen ser húmedas sobre las barrancas del Parque Lezama.  Las palmeras gigantescas bailan al ritmo suave del viento que sopla desde el Río de la Plata sin poder aliviar el sopor que las agobia. Yo solía ir a jugar al Gallito ciego en el parque.  Corría entre las macetas renacentistas de los jardines de La Casa de los Ingleses y cuando la respiración se hacía difícil, sacaba un pañuelo de uno de mis bolsillos y tapándome los ojos giraba como un trompo sobre mis pies hasta marearme y caminaba a ciegas hasta chocar con un banco.

—En este banco durmió mi papá — gritaba, quitándome el pañuelo.

Fue entonces en uno de esos días cuando me hice amigo de uno de los jardineros del parque.  El hombre era un anciano cuyas manos del color de la tierra gesticulaban al son de las palabras. Una tarde de septiembre en los albores de la primavera me vio parado frente al monumento del Adelantado.

—¿Sabes quién es ese? me preguntó.

—Don Pedro de Mendoza.

—Sí. El Adelantado vino postrado en su camarote comandando una flota de 13 barcos, fue aquí en esta loma que se estableció la Ciudad de la Santísima Trinidad, los colonizadores estuvieron viviendo un año, pero el hambre, las enfermedades y la belicosidad de los Querandíes los empujaron a abandonar todo…

—¿Qué mal tenía?

—Sífilis.

Repetí asombrado —sí-fi-lis — suena a nombre de diosa griega.

Sífilis, sífilis te amo

 tus ojos sonámbulos …tiiiiii.

Salí del sopor lírico cuando el jardinero señalando la cabeza del adelantado con su uña negra dijo

—El hombre cruzó el océano para curarse con té de Palo Santo y robar, pero tuvo mala suerte.  Las infusiones de Palo Santo no sirvieron para aliviar sus dolencias, entonces trató de regresar a España pero la sífilis lo mató en medio del océano Atlántico.

Cuando volví a casa mi hermana que sabía todo y lo que no sabía lo inventaba, estaba sentada sobre una silla de la cocina. Ella desde que había asistido a una clase de arte sobre el surrealismo pensaba que todo en la vida era surrealista. Hasta quiso cambiarle el nombre a nuestro gato Manuel por Apollinere.

—Pareces preocupado —dijo mi hermana.

—¿Qué enfermedad es la sífilis?

—Es una enfermedad que se transmite por contacto sexual. ¿Por qué me preguntas eso?

—Porque parece ser que el fundador de la ciudad de Buenos Aires era sifilítico…

—Surreal —exclamó.

—¿Qué?

—Surreal hermanito.  Imagínate Carlos V emperador de vaya a saber uno cuantas cosas y Rey de España sentado en su trono en alguno de sus palacios en Madrid arreglándose la pluma del sombrero con un gesto adusto dispuesto a repartir las tierras que jamás había visto del nuevo continente.

—Surrreal— dijo arrastrando las erres.—El Rey decidió enviar una flota armada al Río de la Plata. Llamó al Adelantado para discutir la repartija de tierras, mares y montañas.

Don Pedro de Mendoza llega al Palacio real en camilla delirando, la sífilis le estaba comiendo la cabeza.  El Rey Carlos V lo recibe con gran pompa sin advertir el estado mental de Don Pedro, imagínate hermanito, surreal. El Adelantado balbuceando naderías desde la cama y el Rey sentado en su trono con las nalgas desbordándole el asiento. Levanta una espada y apoyándola sobre la cabeza lo nombra:

Don Pedro de Mendoza y Lujan, Adelantado, Gobernador, Capitán General y Jefe de Justicia de Nueba Andalucia, del Río de la Plata y Paraguay.

 —Surreal —murmuré.

—La misión era más dada que surrealista, construir ciudades a orillas del Río de la Plata para contener el avance de los portugueses y descubrir el paradero de La Ciudad del Dorado, que nadie estaba seguro donde estaba, pero seguro que estaría en alguna parte.

Yo no entendía qué estaba hablando ¿Dada? ¿Surrealista? ¿El Dorado? Cuando decido irme ella me agarra con ambas manos del cuello de la camisa y levantándome en el aire me dice:

—Los conquistadores hambrientos terminaron comiéndose entre ellos, surreal.

—¿Qué?

— Imagínate hermanito.  Estaban muertos de hambre y cuando uno de los conquistadores se moría los otros se lo comían. Y si no se moría nadie y el hambre era extrema se jugaban la vida en un juego que el que perdía se suicidaba para alimentar a los otros.  Además, los Querandíes se dedicaron a incendiar la Ciudad de las Santísima Trinidad. Los sobrevivientes escaparon remontando el río Paraná hasta el Paraíso de Mahoma. Surreal.

IV

Domingo Martínez de Irala, Nació en 1509 en Bergara, Gipuzkoa- falleció en Asunción, Paraguay. Partió hacia América en 1535, se enroló en la expedición de Pedro de Mendoza y participó de la fundación de Buenos Aires. Exploró los ríos Paraná y Paraguay junto con Juan de Ayolas y estaba al mando de la retaguardia cuando la avanzada de Ayolas fue aniquilada por los indios Payagua. Única en la América española, la colonia había sido concedida por Carlos V el derecho de elegir a su propio comandante. Irala fue elegido por los conquistadores como Capitán General del Río de la Plata. En1539 comenzó a trasladar a los habitantes de Buenos Aires a Asunción y la ciudad fue abandonada en 1541.  En Asunción Domingo Martínez de Irala tuvo 70 concubinas guaraníes.

V

Comencé mi viaje en autobús en la Estación Retiro. Después de 15 horas de devorar kilómetros y ver paisajes memorables llegamos a Asunción o al Paraíso de Mahoma como lo llamó mi hermana. Bajé las escaleras del bus y allí estaba Víctor.  Nos abrazamos en silencio y él me ayudó a llevar mis valijas hasta su Combi. Cuando llegamos a la casa de la Calle Iturbe, parados en línea codo a codo, tías y primos me esperaban para saludarme. Nos estudiamos con curiosidad. 

—Eres igual a tú padre— me dijo una de mis tías.

Después hubo risas, abrazos y lágrimas. Chiquitín, uno de mis primos, me llevó hasta el cuarto que ocuparía.  Dormí algunas horas con los ojos llenos de novedades.  Cuando desperté fui al living, allí encontré a Chiquitín conversando con un anciano de rasgos indígenas y cabellos que le acariciaban los hombros. Chiquitín nos presentó.

—Nuestro abuelo Teófilo —dijo y continuó —Mario el hijo de Carmelo que viene de Buenos Aires a visitarnos.

El abuelo sonriente metió su mano derecha en el saco que estaba usando a pesar del calor insoportable y sacando una petaca de whisky tomó un sorbo y luego la volvió a su bolsillo. Me miró y sonriendo me dio la bienvenida.

—Vienes a esta tierra de naranjas, sol y mujeres—dijo con picardía.

—Así que sos el hijo de mi hijo.

—Y usted el padre de mi padre.

—El abuelo es peluquero de mujeres —dijo Chiquitín guiñándome el ojo.

—Yo estudio en el colegio secundario.

—Además, él es músico.

—¿Que instrumento toca Don Teófilo? —pregunté.

—Un violín destartalado con cuatro cuerdas desafinadas.  Él les corta el cabello a las mujeres y luego las seduce tocando su violín y cantando alguna que otra guaraña—dijo Chiquitín.

—¿Abuelo seductor y padre de cuántos hijos? —me escuché preguntando.

—¿Quién sabe? sus enemigos lo acusan de haber tenido 33 hijos.

El abuelo parado entre nosotros de pronto se ausentó, una nube de silencio lo arropó. Chiquitín ya estaba acostumbrado a los estados circunstánciales del abuelo mientras que yo me inquiete. Víctor que se había sentado en el sofá del living mientras yo dormía se secaba las gotas de transpiración que le corrían sobre la frente. Dijo

—Quiero llevar a el mitaí a pasear. ¿Adónde te gustaría ir?

 —A recorrer las colinas.

 —Vamos.

Subí a la combi con incertidumbre.  Llenamos el tanque del auto de nafta y nos lanzamos al paseo prometido. Al llegar a la cima de la Loma de Cabará, Víctor con voz monótona contó que en ese sitio se había fundado la ciudad de Asunción y que el edificio que veíamos a la derecha era el Congreso Nacional. Fue entonces cuando advierto que Víctor apaga el motor del auto, pero no se detiene, se deja llevar por la inercia y controla el descenso apretando y largando el pedal de los frenos intermitentemente y cuando el coche va ganando velocidad enciende el motor. Luego seguimos hasta la colina de San Jerónimo.

—Aquí fue la Capilla del santo protector de todos los fenómenos meteorológicos—

Yo miraba tratando de aprehender todas las imágenes. El Dr Francia venía hasta el cuartel de la frontera que se encuentra al pie de esta loma. Nuevamente para descender mi padrino hizo girar la llave apagando el motor de la Combi. Paseamos a las orillas del Río Pilcomayo cuando de pronto me dijo

—Vamos a visitar al coronel Irala.

—Vamos— dije con inocencia.

—Llegamos a su casa.

—¿Su casa?

Estacionamos la camioneta cerca de la puerta del cementerio.

—Entremos.

Caminamos entre las lápidas que se erguían como flores secas hasta que llegamos al mausoleo de la familia de Víctor.  Nos paramos frente a la puerta de vidrio y espiamos el interior de mármol negro. Señalando las urnas funerarias me explicó

—Allí está mi madre, el de abajo es mi padre y en aquel estante de la derecha están mis abuelos.

Incrédulo de lo que escuchaba le pregunté

 —¿Pensé que íbamos a ver al coronel Irala?

—El coronel vive aquí enfrente, en el mausoleo donde descansa los restos de nuestro primer gobernador.

Ven sentémonos en el escalón de entrada de su panteón es lo que hago siempre que lo vengo a ver. Hablo con él recordando las travesuras de nuestra juventud.  Espérame que voy a buscar la llave del panteón y te lo presento. Se paró y en pocos segundos desapareció entre las tumbas.  Al rato viene con un manojo de llaves y mientras probaba las llaves en la cerradura del panteón de los Irala dijo

—Le voy a decir al coronel que venga a sentarse con nosotros.

Entro al mausoleo y trajo una urna con el nombre coronel Irala inscripto en una placa de bronce y la colocó sobre el escalón de entrada entre él y yo.

El pánico se fue confundiendo con las ganas de salir corriendo. El sol se estaba ocultando cuando en uno de los corredores de entre las tumbas y mausoleos una joven de inmensos ojos negros paseaba su tristeza.  Cuando Víctor la vio sentí por primera vez que mi padrino estaba vivo, agitado comenzó a zarandear la urna y decirle

 —Levántese coronel, levántese que hay una mujer bellísima caminando entre los muertos.

Víctor golpeaba la urna con los nudillos de la mano derecha, esta se le resbalo de las manos y fue rodando escalera abajo y al chocar contra el suelo se abrió la tapa desparramando parte de las cenizas del coronel. Bajé los escalones para levantar las cenizas cuando escucho a Víctor gritar

— No las toques, pueden estar infectadas.

—¿Por qué?

—Porque el coronel murió de sífilis.

Horrorizados vimos como las hormigas se llevaban las cenizas del coronel.  Víctor sentado sobre el césped que rodeaba el panteón llorando gritaba

—Perdóneme coronel. —

Se secó las lágrimas.

—Está canción es para usted coronel—

—Anahí…
Las arpas dolientes hoy lloran de arpegio que son para ti
Anahí…
Recuerdan acaso tu inmensa bravura reina guaraní…
Anahí…
Indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí…
Anahí… Anahí…
Tu raza no ha muerto perduran tus fueros en la flor rubí

Yo hice de coro repitiendo

—Anahí… Anahí…

—Anahí indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.

Nuestras voces llamaron la atención de la joven que nos miró asombrada con lágrimas en sus inmensos ojos negros y sonriendo desapareció entre las tumbas.


Mario Flecha es escritor, crítico de arte, antologista y ex-editor de la revista de arte Untitled. Es autor, entre otros, de los títulos Profesor Monday Zofana y El Trapecista. Actualmente divide su tiempo entre España e Inglaterra.