Por Santiago Andrés Gómez Sánchez

Los siguientes poemas dan cuenta de la elevada codificación que ha alcanzado aquello que por algunos años se consideró prosaico, en oposición a lo poético, y no solo a esto poético en cuanto versificación, quizás asunto trasnochado, sino también elusión del sentido literal, o sentido común, y también, incluso, en cuanto eufonía o supuesta música de las palabras. El yo lírico en estos textos es una pensadora que advierte en un parpadeo la resonancia equívoca y misteriosa que adquiere todo enunciado cristalino. Una primera virtud de los poemas es la formulación límpida de sus postulados. Semejan, en su brevedad, sentencias autónomas, compactas, casi impenetrables y refractarias a un análisis. Por supuesto, gracias a esa su soberanía, son cualquier cosa menos la rotundidad de un aserto, si no su desfondamiento.

En Once Upon a Time, lo que parece reiteración de un lamento, por demás, inapelable e indispensable en la apreciación literaria de nuestros tiempos, se deja percibir como el escalofrío ante las cualidades específicas de un ritual social que envenenó generaciones y generaciones secularmente. Ese yo lírico que en Mientras todo pasa logra manifestar su desacomodo con algo más que la sociedad, sino con lo humano que la habita a esta sociedad y a nosotras mismas, le da con el solo título al poema LA VIDA un carácter estremecedor, y en Hipocondría, su uso de la partícula “como yo”, desajusta y afirma, como si ya solo pendiese de un clavo, la estructura total de una anécdota que ya no puede ser cualquiera. Así, al modo del poema dios existe, una revelación de la escritura en tanto perduración vacua nos alcanza y nos sacude, es un visible no visto, jamás visto, de nuevo la alusión o la evocación imposibles, la traza maligna, la verdad que, según el poema llamado Ella, toda sonrisa al parecer ignora y debe seguir ignorando. A Claudia Jaramillo, de quien me precio de ser amigo desde nuestro encuentro a fines de 1999, le agradezco por la conciencia de su inocente y devastadora ironía de niña curiosa e inconforme, esa de siempre, gloriosa y acaso inhumana.

LA VIDA
 
Me ponía pizpireta, 
de verdad que quería gustarle,
lo hubiera dado todo
para que se fijara en mí, 
dejé de hacer algunas cosas
no quería que se enfadara conmigo,
pero ya ves, 
ni cuenta se dio
de que yo andaba
susurrándole al oído
 
y pasó de largo
sin apenas,
notar mi presencia. 
 
*
 
Once Upon a Time
 
Me da escalofrío leerle a mi niña
que las princesas dormidas
se despiertan con besos de desconocidos.
 
*
 
dios existe
 
Atravesando
un descampado, 
yendo en tren al trabajo
había una sábana 
amarrada a una valla
que ponía escrito a mano
con tinta negra:
«dios existe».
Allí no había nadie.
Miré hacia arriba
el cielo estaba nublado
no aguantará un aguacero, 
pensé.
Entonces lo escribo
para que la existencia
de la sábana
no pase en vano. 
 
*

Ella
 
La que pude ser me está mirando 
desde el otro lado de la calle, 
lleva una sonrisa que le rompe la cara, 
no se le ve ni rastro de esto que me acompaña. 
Doy la vuelta a la esquina y la dejo ir, 
no le quiero decir la verdad, 
¿para qué?
 
*
 
Hipocondría 
 
Se decía en chismorreos del gremio 
que a algunos escritores 
les daba el síndrome 
de la página en blanco, 
y algunos, como yo, 
previniendo el contagio
dejamos de escribir
para no ver 
esa página vacía 
sin nada 
que decir.
 
*
 
Hasta no quedar ninguno
 
En una nube de gente
me crucé con un rostro sin nombre
fue como meter la mano y enturbiar un río.
¿Quién era,
cómo llegó tan lejos,
me recuerda?
Seguí un camino
de nombres desfigurados
atravesando mi memoria:
un cantante que suena en la radio,
un jugador de rugby,
un malabarista errante en busca del semáforo de oro,
un sicario que se lo llevó una bala perdida,
el hombre que fue una promesa,
un ingeniero y el olor a detergente de unos cuartos de motel,
el actor por el que me masturbaba culpable
porque las chicas no se meten los dedos,
el primer beso robado a un niño
que se limpió la boca con cara de asco.
Hasta no quedar ninguno
en el tránsito de la vida
y saberse leve, fútil
y quedarse con la duda:
¿me recuerda?
 
*
 
Mientras todo pasa
 
Después deambular por ahí, 
después de ir y de haber vuelto, 
algo te hace falta 
ese no sé qué no sé dónde.
Te miras en este instante
y alrededor no queda nadie
¿quién eres?, ¿quién realmente? 
¿adónde fueron todos?
 
No hay ninguna palabra 
que defina la orfandad de amigos.
 
La voz interior dice
que vale la pena,
que lo sigas intentando,
y vas a lo tuyo 
a ese no sabes qué
sin hacer mucho caso
y renuncias a encajar
en una sociedad
que no te necesita.

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Entrada publicada originalmente en La palomera perdida: página del escritor, cineasta y crítico de cine Santiago Andrés Gómez, Medellín, 1973. Ha publicado variedad de libros en los géneros de cuento, novela y crítica literaria y cinematográfica. En 2015, su proyecto La caminata fue merecedor del estímulo a la creación del Municipio de Medellín en el área de cuento, y fue publicado ese año por Editorial EAFIT. En 1999, Gómez Sánchez había obtenido el Premio Municipal de Dramaturgia «Jóvenes Creadores» del Teatro Popular de Medellín (TPM) con la obra Fantasmas los planetas. En total, su obra abarca treinta títulos. También es realizador audiovisual independiente, con una línea fuerte en el área del cine de ensayo. En 1996 recibió el Premio Nacional de Video Documental con la obra Diario de viaje. Gómez Sánchez es comunicador social de la Universidad del Valle y doctor en literatura de la Universidad de Antioquia.

Claudia Jaramillo es colaboradora de la revista Perro Negro