Por Sergio Sotelo

Desde Arlington, Massachusetts, nos llega esta exquisita nota sobre los poderes restaurativos de la horticultura. Y nos complace de sobremanera poder continuar con estos diarios delicadamente cándidos, inteligentes y muy reveladores


Recién vuelvo de darme un paseo por East Arlington. Traigo como botín un par de tomates que he arrancado de una mata en el huerto comunitario de Magnolia Park. Los he cogido con disimulo y con algo de mala conciencia, porque me consta que esos tomates carnosos tienen un propietario. Me gusta acercarme allí seguido, una o dos veces a la semana, a un terreno que es propiedad del ayuntamiento, y en el que los vecinos tienden, desde hace ya bastantes años, una veintena de parcelas y varios bancales. Visitar el huerto y ver crecer los plantines de kale o swiss chard obra en mi ánimo un efecto tónico. Más que eso, incluso. Un efecto energizante. Abro la verja y pienso, inevitablemente, en mis intenciones — nunca puestas en práctica — de iniciarme en serio en la horticultura.

Aunque lo definitivo, en verdad, son los pensamientos luminosos que me inspira ratificar, con cada visita, la manera cómo un pedazo de tierra ordinario se puede transformar en un espacio fértil y pródigo a poco que alguien se aplique a su cuidado. Con las variaciones drásticas que el invierno riguroso de Nueva Inglaterra impone en el paisaje local, asistir año tras año al renacimiento del huerto de Magnolia es, aunque suene exagerado, asomarse a un milagro.


Pasan los años apurados, con un dividendo de frustraciones y fracasos y con un deterioro físico y temperamental que nunca lograré anticipar

No me aburro de consignar en estos diarios de plomo experiencias parecidas. Pocas cosas son ya tan centrales a la visión que “creo” creer me he forjado del mundo, como las nociones de circularidad y de abundancia. Son ideas éstas, por supuesto, antiguas como el mundo y nada originales. Yo las descubrí primero por la vía de la estética, a fuerza de salir a tomar fotos por pequeñas granjas orgánicas del este de Massachusetts, y por espacios comunales como Magnolia Park. La agricultura ecológica de proximidad, algo que comenzó seduciéndome en su potencia de metáfora, se ha tornado en un código de lectura con el que trato de interpretar los propios negocios de mi vida.

Aludía más arriba a la circularidad, a la abundancia. Existe una lógica en el pensamiento agroecológico según la cual el buen uso de un recurso jamás acarrea su agotamiento, sino su perpetuación. El suelo, que mejora con cada cosecha si se cultiva conforme a las leyes siempre restaurativas de la auténtica ecología, es un ejemplo. En el reino de lo orgánico, lo que un día fue fruto y hoy es deshecho, cabe restituirlo en su valor como abono.


El futuro tiene tanto de pretérito, como la certeza tiene de conjetural

En términos semejantes me gusta considerar la existencia y mis afanes pírricos. Pasan los años apurados, con un dividendo de frustraciones y fracasos, y con un deterioro físico y temperamental que nunca lograré anticipar. Casi ninguna de las cosas de las que estoy razonablemente seguro, las consigo dar por sentadas muchos días; porque, hasta mis rutinas y mis querencias más obstinadas, se vuelven imprevisibles. Mis logros como mis virtudes tienen un algo de malentendido, que ya no me preocupo en despejar. Pero nada de lo anterior impide que mis ganas retornen intactas cada tres o cuatro meses, alimentando una fe laica que se revela en una forma de expectativa, de curiosidad.

El futuro tiene tanto de pretérito, como la certeza tiene de conjetural. Este es un sentimiento que me vivifica, por extraño que resulte, o por misterioso o místico que parezca. Lo que se va, vuelve y retorna; de ahí que a las exigencias del día a día, a la realidad compleja del mundo y de las relaciones personales, procuro corresponderles con generosidad e imaginación. No soy un santo ni un idiota, pero he aprendido que, cuando hay deliberación en nuestros actos, nada es un error que no sea enmendable. Amigado con el tiempo, vivo del asombro, con una resolución hercúlea que ni depende de mi voluntad ni de mi entendimiento… Life is plentiful, me gusta repetirme.



Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.