Por Sergio Sotelo

Existe ya una tradición de proyectos artísticos -particularmente en el mundo de las artes plásticas y por lo general efímeros- de producir «arte por amor al arte» y no para ser vendido. No así, en Massachusetts persiste una muy sui generis casa editorial que por una década ha venido subvirtiendo la llamada gig economy transformándola en gift economy. Nuestro Editor Asociado en Estados Unidos nos comenta sobre este experimento único de lectura y filantropía


Entre la oficina de Concord Free Press y la estafeta de correos más cercana apenas hay medio kilómetro. A su editor, Stona Fitch, le lleva cinco minutos caminar hasta allí para depositar personalmente los libros que, sin coste para sus destinatarios, envía a todo Estados Unidos. La frecuencia con que lo hace es imprevisible. Depende del interés que genere un título en concreto, pero también de su disponibilidad, que nunca está garantizada. Cuando se agota alguna de las novelas originales que Concord Free Press elige con morosidad, y por más insistentes que sean las peticiones que le llegan a su email, Fitch no tiene cómo satisfacerlas.

No reeditar títulos es una de las limitaciones que esta editorial iconoclasta se “autoimpuso” cuando nació hace diez años. Otra, con una lógica igual de irreverente, es que sus tiradas han de ser siempre escasas. Dos mil quinientos ejemplares; tres mil como máximo. Aunque en realidad, la más atrevida de esas limitaciones es la relativa al precio. Hasta la fecha, los escogidos quince volúmenes que Concord Free Press ha dado a la imprenta han costado a sus lectores lo mismo… Cero dólares.

“Una de las cosas más subversivas que puedes hacer en una cultura de consumo, es crear algo valioso y no dejar a la gente comprarlo”, explica Fitch mientras desliza un pulgar por las páginas de una selección de inéditos que recién acaba de lanzarse para conmemorar la exitosa primera década de Concord Free Press. El volumen, al igual que el resto de los libros que han ido engrosando el catálogo, tiene un precio nulo porque la única forma que hay de hacerse con él es recibiéndolo como un obsequio de sus editores. Vamos, regalado.

De pie en el estudio sin tabiques que compone la espartana sede de esta editorial sin ánimo de lucro, apenas equipada con un par de iMacs, un sofá de dos plazas y una estantería en la que cabe prácticamente todo su fondo editorial, Fitch dirige mi atención sobre el signo del dólar y la impresión “$0.00” que, junto al código de barras del ISBN, se lee en la contraportada. “Nos costó que nos dejaran ponerlo, porque se supone que las cosas con precio tienen que costar algo”, dice.

El libro, editado en un papel que no tiene nada que envidiar al que usaría un publisher de renombre para promocionar sus colecciones en la Feria de Fráncfort, incluye una dedicatoria deliberada donde las haya. En ella, con retórica escueta, está cifrado el espíritu transgresor de una empresa que, tal vez no sea simple coincidencia, se tramó en la histórica localidad donde Emerson y su círculo sentaron las bases “autosuficientes” del trascendentalismo y donde Thoreau escribió, y reescribió, ese canto a la vida deliberada que es Walden. “Para ti, generoso lector”, reza.

Como revelan estas cuatro palabras, el propósito detrás de Concord Free Press, que ha maquetado textos de firmas tan notables como la pulitzer Joyce Carol Oates o el novelista Russell Banks, va más allá de vindicar la buena literatura y de subvertir algunos de los usos de la industria literaria. Mediante el sencillo gesto de enviar un título a cualquiera que les contacte, a lo que aspiran Fitch y la veintena de escritores y profesionales del libro que lo secundan, es a “inspirar”, por la vía del ejemplo, “acciones generosas”.

Ésta es la razón por la que regalan graciosamente sus volúmenes, los cuales acompañan en el envío con una exhortación a sus receptores para que hagan, a su vez, un donativo a una causa de su elección. O si lo prefieren, para que ayuden con una cantidad que nunca prescriben a alguien que pase por una circunstancia de necesidad. Luego, conjurando cualquier apego bibliófilo, la idea es que, una vez hayan sido leídos, los ejemplares pasen de mano en mano, para perpetuar así esta versión en tinta de lo que la antropología llama “economías de lo gratuito”.

A la vista de los resultados, la propuesta no es nada peregrina. Desde 2010, que es cuando arrancó Concord Free Press con una novela del propio Fitch titulada auspiciosamente Give + Take, la editorial ha recibido una cobertura mediática que ya quisieran para sí otros emprendimientos de su modesta escala. Aparentemente, llama la atención lo que hay de “revolucionario” detrás del modelo, pero también la calidad literaria que periódicos de prestigio como Los Angeles Times o The Washington Post han sancionado con reseñas elogiosas. Todavía más notable resulta el presumible efecto de filantropía que provocan los paperbacks que Fitch franquea en la sede de correos de West Concord.

“Los primeros catorce libros que hemos publicado han generado tres millones y medio de dólares en donaciones”, explica Fitch esgrimiendo una cifra oficiosa que surge de sumar el histórico de aportes que los lectores van consignando, en tiempo real, a través de un formulario en la web de Concord Free Press. “Por supuesto, aquí no somos la policía de la caridad”, matiza. “No podemos garantizar si la gente da el dinero o no. Eso es cosa suya. Lo que sí está a nuestro alcance, es invitarla a que lo haga”.

Tanto como un talante altruista, lo tentativo de esos números nunca auditados quizá despierte en algunos un escepticismo más o menos legítimo. Lo que es difícil de objetar es el hecho de que los libros que Concord Free Press publica con la connivencia de sus autores, quienes les ceden los derechos, despiertan interés y circulan pródigos. “Hemos llegado a recibir hasta 30.000 solicitudes para un título del que se tiraron tres mil”, comenta Fitch antes de aclarar que los costes de impresión y el envío los cubren con un magro presupuesto que se nutre — cómo no — de aportes de simpatizantes y de algunas contribuciones institucionales. “Nadie cobra por esto. Los escritores no cobran. Los correctores no cobran. La diseñadora no cobra. Yo no cobro”.

Asegura este hombre maneras afables y carcajada refleja, que se gana el pan escribiendo copy para publicidad y novelas policiacas bajo el pseudónimo de Rory Flynn, que la mayoría de las pequeñas editoriales rara vez superan en Estados Unidos el lustro de existencia. Para evitar tal suerte, Concord Free Press se ha aferrado, obstinada y tenaz, a una filosofía que rehuye lo que sus promotores describen como “el lastre de ser rentables”.

“Somos demasiado insignificantes y pequeños como para fracasar”, dice Fitch, en cuyo currículum figura también el haber sido reportero de sucesos y letrista de una banda de pop con mucho tirón en Boston durante los años 80, Scruffy The Cat, en la que tocaba el banjo eléctrico y el acordeón. “Las editoriales independientes no prosperan porque les pierde la ambición. Nosotros somos muy cuidadosos antes de apostar por un libro. Nunca forzamos nada ni dejamos que el ego, o la lógica de los negocios, pesen en nuestras decisiones”.

Le pregunto a Fitch hasta qué punto la idiosincrática naturaleza de su proyecto dicta el tipo de obras que eligen. “Hacen falta dos cosas”, explica al referirse a los libros para los cuales sirven de escaparate en todo el país los alrededor de 70 libreros independientes que, por afinidad con la empresa, los exhiben en sus estanterías. “Primero, el autor ha de ser lo suficientemente generoso como para prestarse al juego”, apunta. “En segundo lugar, ayuda si se trata de un escritor con cierta trayectoria. No somos un buen sitio para debutantes, porque no hacemos apenas marketing y no garantizamos una distribución”.

Tal como lo explica su fundador, a quien le gusta recalcar que los ejemplares que reparten siguen propiciando donaciones “en serie” cada vez que cambian de dueño, la baza que mejor juegan en Concord Free Press es la paciencia. “Vamos a contracorriente de los editores comunes, porque no queremos que los libros se nos escapen de las manos. Si no, los meteríamos en una caja y los dejaríamos en cualquier esquina”, dice Fitch. “Queremos que, sin prisas, lleguen a aquellos lectores que conectan con este experimento poderoso”.

La peripecia de algunos de los cerca de 40.000 libros que ha puesto en circulación esta editorial, que es tanto un acto de fe en la bonhomía como en el poder de la serendipia, cabe rastrearla gracias a una ficha que se incluye en sus páginas. En ella, los lectores pueden estampar su firma y anotar su lugar de residencia. “Me viene a la cabeza uno que viajó por media Europa”, comenta el editor. “Estuvo en Bélgica, Inglaterra, Alemania y Francia antes regresar a Estados Unidos”.

Con orgullo, pero también con un atisbo de perplejidad, el bueno de Fitch agrega: “Por el camino, mientras andaba de aquí para allí, iba sumando cientos de dólares en donaciones”. ■


Visita la página electrónica de Concord Free Press y participa del experimento

Sergio Sotelo es un periodista vasco radicado en Boston que dice conocer pocas adrenalinas tan potentes como la de salir a reportear con un cuaderno de notas y un pilot que escriba fino para, a la vuelta de sus callejeos, darse el gusto de contar las cosas que ha visto y las que ha creído escuchar.