Por Sergio Sotelo

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Toda reseña literaria, por más generosa o destructiva que sea, implica mucho de subjetividad, prejuicio y también un tanto de vanidad. No así, hay otro tipo de reseña más modesta, más íntima y más reveladora: la del efecto que la lectura de un libro siempre tiene sobre nosotros. Eso es lo que nos ofrece nuestro editor asociado desde su guarida en Massachusetts

El pasado agosto compré un librito que en una sucesión de piezas cortas que originalmente fueron concebidas para su emisión en la radio pública francesa aspira a ser una introducción básica a MontaigneA Summer with Montaigne, se titula. Lo compré con la esperanza de que su lectura me serviría para animarme de una vez por todas con sus famosos Ensayos, que es un clásico que me propongo leer desde la universidad y del cual tengo una edición exquisita de tapas duras y papel fino publicada por Acantilado que apenas sí he hojeado un par de veces. No ocurrió como esperaba, y un título no me llevó al otro, así que este clásico de la introspección literaria y el pensamiento humanista sigue esperando en el estante cada vez más concurrido de los futuribles.

En cualquier caso, el libro-guía escrito por el académico Antoine Compagnon sí que lo leí con mucho gusto, dosificando con morosidad sus breves capítulos. Durante casi cinco semanas, justo antes de dormir, leí un capítulo, solo uno. El martes, buscando una lectura tónica que no me exigiera mayor compromiso de tiempo, volví sobre A Summer with Montaigne. Me bastó con releer unos pocas páginas para ratificar la admiración —bien cargada de razones, nada hagiográfica – que este librito a su vez muy inteligente, original a su manera, transmite por la colección fragmentaria de textos que Montaigne empezó, en 1876, dictando a su asistente.

Cuenta Compagnon, que solo ahora caigo en la cuenta es el prologuista a mi edición de Acantilado, que el propio Montaigne explicó cuáles fueron la razones que le llevaron a emprender la redacción de Les Essais. Lo hizo bastante al principio de su voluminoso libro, en el capítulo VII del primer tomo, que lleva el título de La ociosidad. Tras abandonar un cargo político en la magistratura de Burdeos y retirarse a su castillo de Perigord, el noble entendió que habiéndose liberado de sus responsabilidades civiles necesitaba un empeño con el que mantener anclado en tierra su ánimo volátil. Ese empeño fue el disparador de sus Ensayos, que luego enmendaría y corrigiría con celo durante más de dos décadas.


Hoy me da por pensar que cada día es una obra en sí misma, por más que el esfuerzo no rinda un fruto aparente

Esa necesidad de aplicarse a algo concreto de la que habla Montaigne la he experimentado mil veces, y no es que uno quiera compararse con gente de su estatura. Lo compruebo penosamente estos días de encerramiento, en los que mi ánimo alcanza un grado de dispersión tan notable que soy incapaz de enfocarme en nada. (Lo peor de todo es que, a poco que me despisto, termino enredándome en emociones ambiguas y volubles que no sé cómo validar).

Escribo estas notas y me pregunto qué razones podrían explicar mi tendencia a buscar refugio en mí mismo, cuando lo que más me convendría es hacer lo contrario. Volcarme en una actividad cualquiera que me aleje de mis tribulaciones y mi estéril autoexamen.

Tampoco es que no lo intente en absoluto. Pasa muchas veces que, después de dar mil y una vueltas a las cosas, termino resolviendo no hacer nada porque no sé muy bien en qué ocuparme. También me puede ocurrir que, aún sabiendo qué hacer, no persevero en lo que emprendo, porque siento que no tengo garantía alguna de que el esfuerzo será conducente a algo. Ahí es cuando me enrosco: a fuerza de mirarme para adentro, lo único que obtengo es más confusión y mayor ofuscamiento.

De todo esto puedo dar fe dolorosamente, porque es la novela de mi vida. El abandono y la inacción me llevan al abatimiento y la desidia, en un circuito vicioso que se retroalimenta. Si evalúo las cosas con honestidad, me toca reconocer que he malversado el equivalente a cinco o diez años empeñado en no hacer nada. Hoy me da por pensar que cada día es una obra en sí misma, por más que el esfuerzo no rinda un fruto aparente, o no nos quepa esperar de esa obra muy menor nada memorable. Aún así, hay que entregarse al día a día como si nos fuera la vida en ello. Lo que en el fondo es un poco verdad, aunque suene dramático. Lo decía Annie Dillard: “Cómo consumimos nuestros días es cómo consumimos nuestra vida”.

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Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.