Por Pedro Casusol
Ilustración de Jorge Maita
El amor y la muerte marcan un punto de inflexión en la biografía del enigmático escritor norteamericano William S. Burroughs (Misuri 1914 – Kansas 1997), símbolo de la Generación Beat y autor de obras maestras de la literatura experimental. Fue precisamente ese espíritu innovador el que lo condujo hasta el Perú, atraído en gran medida por los exóticos parajes de la Amazonía y ciertos brebajes espirituales. Aquí la historia de ese legendario viaje.
HABÍA ESCAPADO DE MÉXICO, DONDE debía afrontar el juicio por el asesinato de su esposa, Joan Vollmer, mientras seguía enamorado de un joven delgado y de lentes, casi transparente, llamado Lewis Marker con quien había hecho un primer viaje a Sudamérica. William S. Burroughs estaba lejos de casa y se sentía un hombre invisible, etéreo, hospedado en un cuartucho de la calle José Leal, en Lima, a inicios de mayo de 1953.
En el exilio, vino al Perú buscando el ayahuasca. Pero antes había planeado asentarse en Ecuador o en cualquier país por debajo de la latitud 0°, buscando el sitio “adonde realmente perteneciera”. En 1952, desde su residencia en México, escribió a su joven amigo Allen Ginsberg: “Sé que los rusos están trabajando en eso [el ayahuasca], y pienso que los americanos también”.
En realidad, en la década de 1950 poco se sabía de esta planta sagrada del Amazonas. La etnobotánica apenas si había posado su mirada en ella, y pasaría mucho tiempo antes de que se convirtiera en motivo turístico. William Burroughs había leído por primera vez sobre este tema en “National Geographic o New York Enquirer o algún tonto periódico tabloide”, como recordaría Ginsberg en el volumen Burroughs Live.
Pero ¿quién era William Burroughs? Todavía no un escritor publicado, ciertamente. Había estudiado Antropología en las universidades de Harvard y Columbia. Además había tomado cursos de arqueología y etnología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su primera novela, Junkie, estaba siendo impresa mientras él se encontraba en Perú. Recién saldría publicada en julio de 1953 en una edición barata, bajo el seudónimo de William Lee.
***
CONOCIÓ A LEWIS MARKER EN un bar de Ciudad de México. Se enamoró y lo convenció de hacer juntos un viaje de dos meses por Sudamérica para buscar la telepatina, más conocida como ayahuasca, yagué o “vino de los muertos”. La aventura inició en México, siguió por Panamá hasta descender por Colombia hacia la selva amazónica. Pero cuando llegaron a Ecuador, la relación se había desquebrajado. Marker no era homosexual, o no se reconocía como tal. Al final nunca encontraron el ayahuasca y regresaron a México apestando a derrota.
Poco después sobrevino el asesinato de Joan Vollmer. La esposa de Burroughs parecía aceptar la homosexualidad de su marido y compartía con él su adicción a las drogas, en especial a la heroína y la bencedrina, la cual ella consumía casi a diario. Una tarde de setiembre la pareja asistió a una reunión en casa de unos amigos, a donde Burroughs acudió con un arma que pretendía vender. Entre vasos de ginebra Oso Negro, él le propuso a Joan “hacer nuestro acto de Guillermo Tell”. Colocó el vaso a medio llenar sobre su cabeza y sacó el revólver calibre 38 de su funda.

Burroughs y Lewis Marker en México, 1951.
“No puedo mirar, no soporto ver sangre”, fueron las últimas palabras de la mujer con la que William Burroughs había compartido una casa y un hijo, el pequeño Billy, así como la custodia de la hija mayor de ella. La bala le pegó en la frente a Joan y el vaso quedó tirado sobre el piso del departamento. Marker, que había estado presente en la reunión, declaró como testigo en el juicio por homicidio y varios meses más tarde, luego de que Burroughs lograra su libertad bajo fianza, el joven viajó de regreso a su casa, en Florida, para nunca más volver con él.
Fue entonces que comenzó la histeria. “Debo ir”, le escribía a Ginsberg, “debo encontrar el ayahuasca”. Después de todo, sabía que se trataba de un brebaje que concedía visiones y que tenía poderes curativos. Además, Burroughs siempre había sido un escritor obsesionado con la telequinesis y los poderes telepáticos. Así, escribió a su amigo hacia fines de mayo de 1952: “Tengo presentimientos sobre esta expedición a Sudamérica. No sé por qué, excepto que parece una especie de último intento de cambiar los hechos. Bueno, a ver*”.
***
AL FINAL DE JUNKIE EL personaje principal anuncia su interés en ir a Sudamérica en busca de la pócima: “El ayahuasca tal vez sea el chute definitivo”, dice en la última línea. Lo cierto es que bien podría ser “the final fix”, como narra en Junkie, o una puerta al infierno. Lo mismo le daba: había perdido la custodia de su hijo, Billy; asesinado a su esposa; y perdido al gran amor de su vida, Lewis Marker.
Tras conseguir dinero de su familia, viajó a Sudamérica, esta vez solo. En Pasto, Colombia, conoció al doctor Richard Schultes, contemporáneo de su época en Harvard y uno de los padres de la etnobotánica. Completó un viaje de cinco semanas por el Putumayo, tuvo problemas con el pasaporte y sufrió un cuadro de malaria, antes de convencer al doctor Schultes de que lo incluyera en una expedición oficial, la Anglo-Colombian Cacao Expedition.
El botánico Paul Holliday, miembro de la expedición, lo describe en su diario como un hombre “alto, flaco, lánguido” a quien “una firma ha comisionado para escribir un libro sobre narcóticos”. Unos días más tarde, Holliday describiría la primera toma de ayahuasca de William Burroughs: “El viejo indio ingano le dio un vaso lleno de la cosa (una mezcla de dos alcaloides de una planta salvaje), y quince minutos después lo envió totalmente fuera de sus cabales: violentos vómitos cada pocos minutos, pies casi entumecidos y manos casi inútiles, incapaz de caminar en línea recta […]. Regresó al hotel alrededor de las siete de la mañana después de una noche bastante horrible”.
***
EN LA CAPITAL DEL PERÚ, Burroughs estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto. Había ya escrito los primeros borradores de un artículo que nunca llegaría a publicar sobre el tema. Su mirada estaba puesta en la selva peruana, más precisamente en Pucallpa, en donde sabía que podía encontrar una nueva fuente de ayahuasca. Mientras tanto salió a conocer la ciudad, especialmente el centro de Lima y el Mercado Central.
“Lima es la tierra prometida de los muchachos”, escribió a Ginsberg. “No he visto nada parecido desde Viena en el 36”. Se hospedó en el Hotel Bolívar y disfrutó de buenos restaurantes, clima agradable y vida barata. Le gustaba el Barrio Chino, donde veía factible conseguir heroína, y por pocos dólares convencía a chicos del mercado a que fueran a dormir con él y a la mañana siguiente se encontraba con que le habían robado las cosas más absurdas. Así perdió reloj, navajas, anteojos, cuchillos, cheques de viajero…
Permaneció en Lima poco más de un mes, esperando que le llegara dinero de los Estados Unidos. Escribía de manera desordenada, esperaba publicar su artículo sobre su experiencia con el ayahuasca en la revista Life y mandaba textos a Ginsberg, que fungía de agente literario. Aquí escribió por primera vez una rutina, recurso que adquiriría protagonismo en su obra maestra, Naked Lunch (1959). El texto se titula “Roosevelt tras la toma de posesión” y Burroughs lo adjuntó en una de las cartas que envió a Ginsberg a inicios de junio de 1953.
Describió Lima como “una ciudad de espacios abiertos, mierda desparramada en las calles y grandes parques, buitres pululando en el cielo violeta y niños pequeños escupiendo sangre en las calles”. Una semana después, habiendo agotado todas sus posibilidades en la capital, tomó un avión a Pucallpa.
***
SU PRIMERA IMPRESIÓN FUE LA de una ciudad al final del camino. En Pucallpa, a orillas del río Ucayali, fue fácil ponerse en contacto con alguien que lo llevara a una sesión. En una cabaña a las afueras de la ciudad, el chamán juntó unas siete personas a quienes sentó en círculo a los pies de los árboles, sirvió la mezcla de una botella de cerveza y susurró ícaros a la copa antes de darle de beber a cada uno.
Nadie se movía ni hacía el más mínimo ruido. Burroughs sintió mucha calma. Luego la sensación se volvió indescifrable. Vislumbró un espíritu azul invadir su cuerpo. Vio un rostro arcaico, como una máscara del Pacífico Sur, y sintió las mandíbulas apretadas, temblores en los brazos y en las piernas. Temiendo un mal viaje, se tomó diez gramos de fenobarbital y cinco gramos de codeína. Pocos minutos después los síntomas desaparecieron y se sintió perfectamente normal, pero con ganas de irse.
“El señor quiere marcharse”, le dijo el chamán sin que Burroughs hiciera algún gesto o dijera una sola palabra. De hecho estaba tan oscuro que ni siquiera podían verse. Al día siguiente volvió para comprarle botellas con ayahuasca. El chamán no tuvo ningún reparo en enseñar la preparación de la pócima: hervir ramas frescas de la liana junto a unas hojas que Burroughs identificó como un agente catalizador: la chacruna.
“¡Paren las prensas!”, escribió a Ginsberg al día siguiente. “Todo lo que he escrito sobre el ayahuasca está sujeto a revisión a la luz de esta nueva experiencia”. El hombre invisible por fin estaba dispuesto a aceptar que los brujos guardan secretos.
***
PASÓ EL RESTO DEL VIAJE escribiendo notas que luego se convertirían en el artículo que nunca llegó a publicar. “Es la droga más fuerte que alguna vez he probado”, consignó. Tomó unas cinco veces hasta comprender que la experiencia no podía describirse con palabras, pero sí con pintura, “como un cuadro de Van Gogh”.
“Ayahuasca es viaje en el espacio tiempo”, escribió a Ginsberg. “Se me ocurre que el malestar preliminar del ayahuasca es el malestar propio al ser transportado al estado del ayahuasca. H. G. Wells, en The Time Machine, habla de un vértigo indescifrable al viajar en el espacio tiempo”.
Tuvo que esperar a que pasaran las lluvias para dejar Pucallpa por tierra. Pasó dos días en Huánuco y regresó a Lima, en donde siguió escribiéndole a Ginsberg, a quien le anunciaba su inminente regreso a Nueva York. Siguió saliendo con muchachos, al punto de que llegó a teorizar en torno a la identidad homosexual del peruano promedio.
Había previsto volver a México, una escala inevitable antes de los Estados Unidos. Pese a todo, el ayahuasca no le había permitido arreglar las cosas, salvar a Joan y su relación con Marker, a quien había escrito unas diez cartas sin obtener respuesta alguna. Pocos días antes de partir, percibió el dulce olor de la marihuana en los alrededores del Mercado Central.
Regresó a México a inicios de agosto, desafiando los controles migratorios y la condena que tenía por el asesinato de Joan, y buscó a Lewis Marker. “Parece que ha desaparecido bajo extrañas circunstancias”, comunicó a Ginsberg. Ahí recibió un ejemplar de su primera novela, Junkie, que marcaría el inicio de una obra tan extraña como experimental.
En Nueva York depositó todas sus esperanzas en una relación con Allen Ginsberg, pero se encontró con una dulce y piadosa negativa. Más que un viaje en el espacio tiempo, lo que necesitaba era un poco de afecto. Después de ordenar sus papeles sobre su experiencia con el brebaje amazónico, en el departamento de Ginsberg, se embarcó en un viaje que lo llevaría a Tánger, Marruecos, donde, finalmente, se convertiría en el escritor que estaba destinado a ser.
*En español en el original.