Por Sara Caba

En el mundo angloparlante hasta existe un premio para aquellos escritores que lo hacen mal, se llama Bad Sex in Fiction Award. Lo mismo quizá sucede en todas los idiomas que posean literatura. No así, publicamos aquí de manera exclusiva uno de esos casos donde quien lo escribe, sí sabe hacerlo


Están a solo milímetros de distancia, las manos. O será más, pero las imaginas cercanas y  calientes. Casi sientes el pulsar de sus venas, casi escuchas tu nombre en la respiración de él. Te  acercas en la banca que comparten, o crees hacerlo. Ahora sientes, o crees sentir, el roce de sus  hombros discreto y sensual. Miras al hombre de reojo. Te gusta su barba y sus gafas de lector.  Crees oler su colonia potente. Te acercas ahora más, a la mierda con la discreción, es 23 de  diciembre, hace un puto frío y todo se desborda, qué más da. Hola, le dices. Hola, dice él. Deja su periódico de lado. The Guardian, todo va bien. Se miran, se sonríen. Qué dentadura, qué labios  húmedos, piensas mientras tu mirada, ausente de preámbulos, le susurra ese nombre extranjero  que sabes ya le ha provocado una erección. Más dura se le pone al tratar de pronunciar ese nombre de hache inicial, ese nombre que te ha hecho enseñar tu lengua sin habértelo propuesto.  La h en nuestra lengua es silente, le dices con tus labios húmedos. 

Contra la pared de su vestíbulo, allí te empieza a manosear. Que te manosee, que te meta todos  los dedos de los que es capaz. Qué más da, todo se va por el peñasco. Tú lo tocas, te humedeces  cuando pronuncia tu nombre -lección de fonética relegada al olvido. Bajas su ziper, lo empujas tú ahora contra la pared, con la furia de la puta latina que él está a punto de follar.

Te agachas, como si lo hicieras cada día, como si no vivieras en un mundo de esterilidad sexual. Lo chupas, como los popis de tu infancia, como aprendiste a hacerlo con aquel noviecito quinceañero. Aquel del que te enamoraste y que un día vino a tu puerta y te dijo, chao, me voy, beca en la Yunai. Así  se lo chupas, regalo de navidad adelantado, transatlantic delivery express.  

Gime, gime, y tú, mojada, empapada, te ríes. Yime, yime, diría él si tuviera que leer.  

Ya en la cama, rodeada de libros, haces el amor a lo francés. Con cigarrillos sería mejor, pero dejaste de fumar. Por qué no te casaste con uno de aquellos que fumaban y leían. Ah, fueron  ellos quienes no se quisieron casar contigo. Le llevas las manos a tus tetas, que te manosee, que agarre, como si estuviera en la feria del agricultor, que se guinde, que no se suelte aunque venga  un vendaval. Te sientas en su estómago. Firme, este debe tener unas pesas escondidas por ahí. Te restriegas en su pecho. Se lo dejas empapado. El pinche inglés está visco, y tú también, no te vas a engañar. Tu vagina se abre como una de esas flores de la O’Keefe que veías cuando llegaste a esta ciudad, cuando te interesaba el arte, la cultura y todo lo demás. Atrapas al miembro inglés.  Aplicas el ternerito, así te dices en tu mente, ternerito, y te mueres de la risa. Eso viene de tus tiempos de colegio, de aquellos mitos y charlas de chiquillas que estrenan su regla y hablan de  técnicas que un día probarán. La succión del pene por los labios vaginales. Ternerito parece este  inglés, con sus ojos viscos y su lengua colgando. Aprietas y aprietas, y lo sientes venir. Sin condón, le dijiste, porque todo se derrumba, y qué más da. Gime, gime, le dices en voz alta, mientras gimes tú, por acompañar. 

Miras su mano fría, sosteniendo un periódico que no ha dejado de leer, ni el minuto en que te sentaste a su lado, ni el minuto en que te levantaste de la banca rumbo a la oficina de un abogado que te espera para firmar, para sellar un divorcio que ya no se puede postergar. 


Sara Caba es fundadora y Directora de Battersea Spanish, un centro cultural y lingüstico al sur de Londres dedicado no solo a la enseñanza del castellano sino también a la difusión y apoyo de todo tipo de manisfestaciones culturales y artísticas del mundo hispanohablante.

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