Por Enrique Zattara

Aunque bastante prolífico, Juan José Saer fue un escritor que nunca disfrutó ni de la fama ni del éxito de algunos de sus contemporáneos. En este ensayo el novelista y poeta argentino Enrique Zattara nos acerca a la obra de un escritor de culto y quien poco a poco -pese al carácter elíptico y casi conceptual de su narrativa- empieza ya a ser reconocido dentro y fuera de su país natal

Sobre una narrativa excéntrica al sistema literario

Empezar a leer con entusiasmo una novela de cuatrocientas páginas de la que ya sabemos que nunca sabremos cómo termina -por el irreversible hecho de que el autor ha muerto- emparenta singularmente al escritor argentino Juan José Saer, fallecido en 2005 en París, nada menos que con Flaubert, cuyo Bouvard y Pecouchet uno lee y relee sin cesar a pesar de que la frustración nos invada al llegar a la última frase. Afortunadamente -es mi opinión- y a diferencia de la música (pensemos si no en la insondable batalla por legitimar las diferentes versiones – finalizadas en base a apuntes – de la Décima de Mahler), no hay forma razonable de completar una novela inconclusa. 

Estoy convencido de que a Saer le hubiera simpatizado, en el supuesto caso de que pudiera haberle importado algo de lo que escribo, este cotejo con el genio francés, aunque el punto de comparación sea, trágicamente, la muerte. Y es que más allá de la muerte, que nos emparenta a todos, y de no haber podido terminar su última novela, Saer y Flaubert comparten sin duda algo más en común: haberse pasado la vida obsesionados en construir un proyecto narrativo propio, olvidándose de que a su alrededor había editoriales, críticos literarios y mecanismos de consagración. Incluso, casi me atrevo a decir – sobre todo en el caso del argentino – lectores.

Pero no era para hablar de La grande – la novela póstuma de Saer – que me había autoconvocado esta vez, sino con motivo del otro extremo de su producción: en 2020 se cumplen sesenta años de la aparición del primer libro del autor santafecino: el libro de cuentos En la zona

En esa fase inicial , seis libros en menos de diez años, va quedando claramente definido su proyecto literario, que termina de madurar en la novela El limonero real -Planeta, 1974- y en los cuentos de La mayor -Planeta, 1976)- en particular en el cuento así llamado, libros ambos a los que volveremos de inmediato. Entonces, la amplia mayoría del campo intelectual, crítica y por supuesto lectores argentinos, desconocían por completo su obra. Los motivos son varios, entre ellos la dificultad y la inmensa novedad de su lectura, pero no hay que descartar también uno muy argentino: el que no vive en Buenos Aires no existe. Si tuve la suerte de no pertenecer a esa inmensa mayoría, se lo debo a una casualidad: en 1979  compartí con Jorge Warley y Carlos Mangone un grupo de investigación sobre la histórica revista Martín Fierro dirigido por Beatriz Sarlo, ella me hizo leer La mayor y El limonero real y, por supuesto, cuando en 1980 Siglo XXI publicó Nadie nada nunca, yo estuve entre los no más de cien lectores, según asegura la propia Sarlo en un artículo muy posterior, que la compraron de inmediato.

Efectivamente, el primer libro del escritor fue publicado en el año 1960 por una pequeña editorial, Castellví, de su ciudad natal, Santa Fe. Dado que Saer nació en 1937, y que todo libro -sobre todo si es primerizo- da bastantes tumbos antes de que alguien decida publicarlo, no es aventurado pensar que lo escribió antes de los veinte años. Le seguirían unos cuantos más (Responso, novela, Jorge Álvarez, 1964; Palo y hueso, cuentos, Camarda Junior, 1965; La vuelta completa, novela, Biblioteca Popular Constancio Vigil, 1966; Unidad de lugar, cuentos, Galerna, 1967; y seguramente Cicatrices, novela publicada en 1969 por Sudamericana, su primera editora grande, pero obviamente escrita antes de esa fecha) hasta que en 1968 decidiera emigrar, pasando directamente de su Santa Fe natal a Francia. 


Pero hasta que La ocasión no obtuvo el Premio Nadal, a fines de los ochenta, casi podría decirse que sólo una secta de fieles -creciente, eso sí- era seguidora de sus libros

A efectos estadísticos, diré que el resto de la obra de Saer comprende otro libro de cuentos, Lugar, Seix Barral 2000; otras siete novelas: El entenado, Folios 1983; Glosa, Alianza 1985; La ocasión, Destino 1986; Lo imborrable, Alianza 1992; La pesquisa, Seix Barral 1994; Las nubes, Seix Barral 1997 y La inconclusa grande, Seix Barral 2005; un libro de poemas: El arte de narrar, Fundarte 1977; y los ensayos Para una literatura sin atributos (1988), El río sin orillas (1991), El concepto de ficción (1997) y La narración-objeto (1999). Pero hasta que La ocasión no obtuvo el Premio Nadal, a fines de los ochenta, casi podría decirse que sólo una secta de fieles -creciente, eso sí- era seguidora de sus libros. Es más, en 1981 el malogrado Ángel Rama proclamaba a “dos narradores nuevos de punta de la literatura argentina: Manuel Puig y Juan José Saer”. En pocos años, a Puig se lo disputaban las editoriales y se hacían adaptaciones fílmicas de sus libros; Saer tardó al menos diez años más en ser seriamente considerado, y de paso, adoptado por Seix Barral. Y de películas, ni hablar.

Una negación del realismo literario

Como he dicho antes, la mayoritaria ignorancia de la crítica y el público hacia la obra de Juan José Saer tiene en gran parte su origen en no haber participado de los cenáculos literarios de Buenos Aires, como su reconocido maestro el poeta Juanele Ortiz. Pero sobre todo, conjeturo, en su escritura misma. Una escritura experimental, rigurosa, de lectura a menudo difícil no tanto por sus contenidos sino por la complejidad de su estructura (como sus grandes influencias Faulkner u Onetti). Y sobre todo, alejada de las tendencias literarias dominantes en el mercado de la época: el llamado boom latinoamericano.

De ello Saer no solo fue consciente, sino reincidente. Siempre renegó abiertamente de ser un “escritor latinoamericano” como si la literatura latinoamericana fuera un simple subgénero de la universal: ni aceptó nunca el arquetipo de exotismo requerido por los mercados (dominados, claro, por lectores europeos), pese a que toda su obra está localizada en un mismo espacio geográfico argentino, incluso semirural. En la otra vertiente, la de los ochentistas que predicaban el “narrativismo”, esa fijación le valió la inmediata carátula de “realista”, cuando no incluso “regionalista”. Un pecado grave en esos tiempos (y quizás también todavía ahora). Apenas unos pocos lo entendieron. 

portada del libro de juan josé saer en la zona

Precisamente la puesta en cuestión del concepto de “realismo” es, a mi modo de ver, una de las principales preocupaciones estético-teóricas del autor. Es verdad que con una mirada superficial podríamos pensar a su literatura como un intento de llegar hasta el detalle, hasta la fijación obsesiva de la mirada sobre los objetos (y también, aunque ese aspecto merece una puntualización aparte, sobre el transcurrir del tiempo). En este sentido, casi podríamos tratarlo a Saer de discípulo de Hume, el filósofo empirista que se preguntaba qué evidencia tenemos (salvo la repetición y la costumbre) de que el taco que golpea la bola, la bola que rueda sobre el tapete y la bola que entra en la tronera, sean momentos sucesivos de un mismo movimiento y no solo tres situaciones particulares de la materia. O, literariamente, de los objetivistas franceses de los 50-60. 


Y es que lo real es incontable en el uso de “contar” como “narrar” porque es inagotable para la descripción:

Sin embargo, hay una contradicción aparente en los textos de Saer, entre el obsesivo esfuerzo por representar la percepción de la realidad y, por el contrario, su demostración empírica de que representar la realidad es una tarea imposible, imposibilidad que está dada en el hecho de la escritura misma. La estructura recurrente de El limonero real, por ejemplo, concentra en sí misma esa doble intención, que lo sitúa en esa primera capa de una disputa con el realismo literario. En efecto, el principio de cada capítulo de la novela describe una escena similar e incluso, repite textualmente la frase de arranque de la subsiguiente descripción: “Amanece y ya está con los ojos abiertos”, siempre desde la mirada de un único punto de vista -el del islero Layo- pero que en cada una de las versiones va incorporando nuevos detalles dejando al lector la inevitable idea de que la serie podría seguir hasta el infinito sin lograr nunca el objetivo de describir (abarcar textualmente) la totalidad. Y es que lo real es incontable en el uso de “contar” como “narrar” porque es inagotable para la descripción: siempre será posible un detalle más fino, si se quiere hasta el nivel molecular o atómico aunque fuese un absurdo, y por lo tanto el lenguaje NUNCA puede agotar la totalidad por mucho que afine la descripción. La comprobación (literaria, no discursiva) demuele drásticamente no sólo las clásicas interpretaciones aristotélicas del arte como mimesis o del realismo decimonónico, sino que incluso se afirma, pero trascendiéndolo, en las pretensiones de los objetivistas a la manera de Robbe-Grillet o Sarraute, autores que sin duda Saer ha leído muy atentamente. “La mayor”, cuento en el que este intento de representación de la relación de la realidad con el lenguaje que la describe toca su límite, es -no casualmente- una suerte de parodia de la más famosa escena de Proust.

El tiempo, el placer y la descomposición de lo real

Esa meticulosidad del detalle, ese intento frustrado por construir una figura definitiva y estable frente a la multiplicidad de percepciones (“Saer cuenta la percepción”, ha dicho alguna vez Beatriz Sarlo), es otra de las sensaciones que, a través de su particular manejo de la descripción, genera el autor en sus lectores. La escena más clásica, quizás, es la del bañero en Nadie nada nunca: flotando en el río durante una puesta de sol, el nadador descubre algo que siempre ha estado allí pero nunca antes ha percibido: la dispersión de la superficie del río en los reflejos cambiantes y oscilantes de la luz. La estabilidad de las cosas, parece decir la escena, es una fantasía, una construcción de la mente: todo es fugaz, equívoco, fluctuante. No es que no exista una realidad, pero es imposible apresarla, conocerla. Dije parece decir. Y allí está una de las claves de Saer: parece decirme a mí; pero quizás a usted, mon semblable, mon frer, parezca decirle otra cosa.

Otro tanto ocurre con la percepción del tiempo, como si el narrador estuviera preguntándose, constantemente, si no será que es posible representar contando, más que las dimensiones del espacio, las del tiempo mismo. Un tiempo que no puede ser representado en el lenguaje, paradójicamente, más que a través de su descomposición en la superficie de los objetos espaciales: como en la morosa descripción, momento a momento, de un hombre subiendo una escalera en “A medio borrar” (La mayor), o el coito de Elisa y el Gato en Nadie nada nunca. Inquietante escena esta última, por cierto, que pone en cuestión la posibilidad misma del placer, convirtiéndolo en una serie de acontecimientos casi mecánicos a los que es posible describir con la misma trivialidad que el funcionamiento de un motor.

El proyecto literario de Saer está basado en una convicción que al menos unos cuantos compartimos: no se trata de qué contar, sino de cómo contar. Lo dice muy claramente en una entrevista: “De esa nada del sentimiento y del acontecimiento —más ilusorios cuanto más precisos y nítidos— he tratado, durante años, y trato con diversa eficacia, de desembarazarme”. Pero eso no significa, como han puesto de moda otras líneas narrativas argentinas muy en boga en el cruce entre los dos siglos, que Saer desprecie comprometerse con los aspectos más conflictivos o sórdidos de la historia humana. La dictadura argentina, la represión criminal de los años 70, están abundantemente presentes, como lo están la locura, la sexualidad, las grandes preguntas existenciales. Pero (pienso en el primero de los temas, por ejemplo) no como testimonio épico, trágico, picaresco u oportunista según el caso, sino incidiendo sobre la trama concreta de las relaciones particulares entre seres humanos particulares, que en definitiva es como, más allá de los grandes relatos que corresponden a la Historia como tal, ocurren los hechos en la vida de las personas. Del mismo modo, un intenso cruce de asuntos existenciales y filosóficos nutre todo el tiempo los textos, densificándolos por momentos a niveles casi asfixiantes. Pero nunca aparecen a través de las intervenciones de un narrador grandilocuente que quisiera marcar el paso de la reflexión, sino en el desencadenamiento de la trama misma, imbricados en el mismo proceso de representación. Y es aquí donde se abre el gran logro de la escritura de Juan José Saer: la fusión en el mismo plano de lo que se cuenta y de cómo se lo cuenta. Que excede y desbarata la tradicional distinción de forma y fondo.

No debería dejar sin mencionar otros de los valores innegables de su literatura: el humor, la enorme capacidad de ironía, el juego sutil con las palabras (cada uno de los títulos de sus libros podría resignificarse), y muchísimos elementos más que merecerían cada uno un ensayo. Pero no caben en éste, así que no seremos tan ambiciosos como para ello.

La creación de la zona saeriana

Y ahora para terminar, nos vemos obligados a volver al motivo (o mejor: al motivador) de este artículo, que no es otro que el primer libro publicado, hace justo sesenta años, del escritor del que se viene hablando. 

Seré breve: En la zona anuncia, desde su título mismo, la apertura del “sistema narrativo Saer”. Cierto que en esos cuentos, como he dicho escritos antes de los veinte años, persisten todavía las influencias más notorias del autor: Borges, para empezar. De las dos secciones en que está dividido el libro (“Zona de puerto” y “Más al centro”), la primera reproduce en escala santafesina (y actualizada) el mundo de orilleros mafiosos, prostitutas y rufianes característico de la fase “criollista” del mayor escritor argentino. Localizados a medio siglo de distancia, los escenarios, personajes y acontecimientos parecen coincidir en grandes líneas con la épica cuchillera del Hombre de la esquina rosada, con su culto al coraje y la lealtad, y sobre todo con sus códigos cerrados sobre los que se constituye el destino trágico de los protagonistas. Incluso uno de los temas favoritos de Borges, la repetición cíclica del tiempo, aparece encarnada abiertamente en uno de los relatos: También Bruto

Sin embargo, ese Saer borgiano adelanta ya en esa primera sección de ese primer libro, algo que va a constituir uno de los ejes centrales de toda su obra, la construcción de un “sistema” que nunca permanece cerrado. En efecto, a medida que leemos esas historias independientes entre sí, vamos advirtiendo que alrededor de ellas es posible -inevitable más bien- para el lector ver dibujarse un contexto más amplio al que, emparentadas, todas las historias pertenecen. Un primer círculo que resultará la base cronológica de la construcción de un mundo ficcional propio que lo acerca a dos de sus grandes influencias: el Faulkner de Yoknapatawpha; y, ésta curiosamente casi no se menciona en la crítica habitual, el Juan Carlos Onetti de Santa María. Tanta es, en mi opinión, la influencia del uruguayo en la primera etapa saeriana, que casi diría que Palo y hueso es un cuento de Onetti. 

Pero la segunda parte, que transcurre en escenarios urbanos menos marginales, no sólo adelanta las primeras apariciones de la galería de personajes que constituirán el mundo saeriano definitivo -como César Rey y Clara, pero sobre todo Barco y Tomatis- sino que introduce, como complemento y contraste del mundo rígido y brutal de la primera parte, al alambicado e incierto mundo de los intelectuales. Dos mundos que de alguna manera prefiguran la visión saeriana de la sociedad y de los lectores y los escritores: el de quienes creen firmemente en la realidad y viven de acuerdo a sus leyes presuntamente inmutables, y el de quienes viven desconfiando permanentemente de ella. Y como tercera pata, en una voltereta netamente pavesiana, otra de sus influencias claves, la irrupción fugaz del mundo rural como falsa utopía bucólica. 

Y de este modo, en el conjunto, el libro constituye a la vez un segundo círculo del “sistema” que se irá ampliando y construyendo en un futuro que Saer parece haber tenido enfocado desde su primera línea, aunque en apariencia quizás sólo el último de los cuentos, Algo se aproxima parece tener una relación directa con el definitivo mundo del autor. Un sistema que apenas en 1969, en referencia a Cicatrices, definía brillantemente María Teresa Gramuglio: “La construcción externa presenta a los relatos como rígidamente separados, como círculos aislados, y son eso, pero son al mismo tiempo parte de un círculo mayor, el ‘sistema’ que es la novela. Cuando percibimos que esta misma relación se repite entre novela y novela, y también con algunos cuentos, advertimos que en el proyecto de Saer, Cicatrices es a su vez un segmento de ese otro sistema, aun no acabado, que es la obra total, y cuyas leyes son accesibles para quienes estén afuera, es decir, el escritor y el lector, reunidos en una misma clarividencia”. Un “sistema” que ya queda enunciado en el nombre de aquel primer libro: En la zona. Entre el libro que hoy rememoramos y el último, la zona ficcional de Juan José Saer – temática y estilística – tardó cuarenta y cinco años en quedar cerrada. Y quedó cerrada, claro, sólo por la imprevisible irrupción de lo único absolutamente previsible: la muerte.

______________________________________________________________________________

Enrique Zattara es poeta, novelista, promotor cultural y Director de la casa editorial El Ojo de la Cultura. Su última novela Lazos de tinta fue publicada a comienzo de este año.