Por Juan Toledo

Antes de que concluya este año, he aquí una reflexión sobre uno de los poemas más importantes de la literatura contempóranea, que influyó a autores de nuestra lengua como José Gorostiza, Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz. Hablamos de The Waste Land de Thomas Sterne Eliot


Hay quienes fijan el comienzo de la modernidad de la literatura Occidental a 1915, con la publicación de La metamorfosis de Franz Kafka. Y hay otros, entre quienes me incluyo, que afirman que ese comienzo en realidad se dio siete años más tarde con la aparición de dos obras mayúsculas en inglés pero ninguna de ellas escrita por ingleses: Ulysses y The Waste Land. Prueba esto de que usualmente son los advenedizos quienes muchas veces terminan siendo las figuras más emblemáticas de la literatura y las artes.

Ulysses tan solo pudo haber sido escrito por un irlandés católico que trataba de rechazar el insidioso legado del imperio británico y su protestantismo patriotero. Para James Joyce ese libro fue no solo un proyecto literario sino también un manifiesto republicano y un panfleto histórico pan-europeo (aquellos que siempre se han opuesto al Brexit bien harían en leerlo) lleno de mofa, parodia y experimentación. Fue un esfuerzo tan singular como individual.

En contraste con Ulysses, de la lectura de The Waste Land podemos inferir que el poema de Thomas Sterne Eliot fue un proyecto colectivo a modo de narrativa social llena de musicalidad e imágenes tan indelebles como ininteligibles. El poeta afro-americano Ralph Ellison escribió que la primera vez que se topó con The Waste Land, siendo estudiante, le impresionó la forma en que «el poema lograba conmoverlo sin poder descifrar del todo su significado. De alguna manera sus ritmos estaban más próximos a la música jazz que la poesía de muchos poetas de origen africano.»

The Waste Land es una polifonía de citas que van desde la literatura clásica como Shakespeare, Dante o Baudelaire intercaladas con narraciones vernaculares de dos mujeres en un pub, canciones populares («O O O O that shakeperean rag / It’s so elegant / So intelligent«) y hasta rimas infantiles. Son voces haciendo eco de un mundo soprendido por el triunfo de la revolución bolchevique y desgastado no solo por la carniceria de una guerra atroz que significó el fin de la aristocracia europea, sino también por esa primera pandemia global: la gripe española. En la Primera Guerra Mundial murieron alrededor de 10 millones de personas -sin contar por supuesto su secuela de millones de mutilados e inválidos- mientras que se estima que la gripe española mató entre 20 y 40 millones de personas. La cifra verdadera es imposible de establecer debido a la falta de estadísticas confiables (algo muy similar sucede hoy día con las fatalidades del Covid). El caso es que el virus sí fue dos o cuatro veces más efectivo que las balas, los gases y las bombas.

El génesis de The Waste Land se remonta a 1921. En otoño de ese año Eliot pidió unas vacaciones extendidas de su trabajo en Lloyds Bank debido a lo que hoy reconocemos como depresión. Su matrimonio estaba ya en ascuas, su esposa Vivienne Haigh-Wood no solo le había sido infiel con el filósofo Bertrand Russell sino que también ya empezaba a dar señas de inestabilidad mental. Eliot se refugió en Margate y estuvo allí tres semanas, disfrutando de uno de los octubres más calurosos hasta esa entonces. Todos los días Eliot salía de Albemarle Hotel en Cliftonville hasta la orilla del mar en Nayland Rock. Durante esas excursiones él escribió unas 50 líneas del poema que luego concluiría en un sanatorio en Suiza. Reminiscencias de esas momentos contemplativos en Margate hacen parte de lo producido: “On Margate Sands,” escribió, “I can connect / Nothing with Nothing. / The broken fingernails of dirty hands.” Es un poema colmado de frases celebres que basta leerlo tan solo por su calidad oral si no hay ninguna otra razón para hacerlo.

Son precisamente esos fragmentos de citas literarias, conversaciones de bar, rimas populares mezclado con lo íntimo y lo personal que hacen de The Waste Land una obra literaria que nos aproxima a la realidad tal y cómo la percibimos. Es una realidad que nos llega «como si hubiese sido disparada hacia nosotros con un revolver» tal y como lo afirmó el filósofo estadounidense William James.

Y es de todos conocido la labor editorial de ese otro americano expatriado en tierra europeas, Ezra Pound, en la composición del poema. Pound fue un editor tan brutal como decisivo y no es desmedido decir que su contribución en The Waste Land es probablemente uno de sus actos literarios más redimibles ya que sus Cantos aún permancen hoy día sin ser leídos y su legado personal fue manciallado totalmente con la seducción que él sufrió por el fascismo italiano. La labor de “il miglior fabbro”, como llamó Eliot a su mentor, fue en realidad más que nada un acto de eliminación. Para aquel, el poema de su coterraneo y pupilo era «la justificación del movimiento moderno desde 1900.» Una modernidad caracterizada por el desboronamiento del viejo orden social, la fragmentación y la incertidumbre.

En su contundente exposé, The Intellectuals and the Masses, John Carey demostró que escritores como Eliot, Joyce, Bernard Shaw, Virginia Woolf, D.H. Lawrence, E.M. Foster y, por supuesto, Ezra Pound desconfiaban de los avances democráticos y electorales (las mujeres mayores de 30 años habían conseguido el derecho al voto en 1916) y de la educación de la clase trabajadora. Era un disgusto que muchos de ellos expresaban de un modo casi visceral. Su disgusto con los avances electorales de las mujeres y la expansión de la educación los ponía a la par con las ideas de Platón y la antigua Atenas pero la guerra, los bolcheviques y la gripe cambiaron todo eso. Es por eso que para Eliot, y en una medida un tanto menor para Joyce, el mundo moderno era un caldera de desesperanzas con respecto a la condición humana. Desesperanzas cocinadas con la leña dejada por el derrumbe del orden social de esa entonces. El mismo Eliot comentando sobre la monumental creación de Joyce, unos meses antes de que su poema viese la luz del día, catalogó a Ulysses como un libro que «representa el inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia de nuestros días.» Es en ese sentido que las preocupaciones de ambos escritores parecen reflejarse social, moral y filosoficamente. Verbigracia, baste recordar esa íntima conexión entre lo político y lo personal en ambas obras, así como las alusiones a la llamada «alta cutura,» a la cultura popular y hasta al sexo tanto en Ulysses como en The Waste Land.

Pero fue precisamente ese supuesto desbarajuste social y moral lo que ayudó a propulsar los avances en literatura, música, artes y hasta filosofía. Eliot, lo mismo que Joyce y, posteriormente, Virginia Woolf fueron quienes mejor representaron el vértigo de la modernidad a pesar de ser algo de lo que ellos mismos mismos deploraban de manera aristocrática. Ironicamente, Eliot es uno de los nombres más predominantes en esa lista de personas que como Louis Armstrong, Stravinski, Picasso o Wittgenstein contribuyeron con las ideas que en los primeras dos décadas del siglo anterior ayudaron a moldear la estética del siglo más destructivo y creativo de la historia de la humanidad. Muy pertinentemente, en la primera parte del poema -y esto antes de los 50 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial- Eliot cita a Dante «I had not thought death had undone so many» mientras observa a hordas de trabajadores «flowing» sobre London Bridge. En el corazón de The Waste Land palpita angustiosamente tanto lo colectivo como lo personal. Eso hace que este poema todavía tenga tanta vigencia como cuando fue concebido y publicado.

La importancia del poema se extiende mucho más allá del mundo angloparlante. No es un despropósito decir que poemas como Muerte sin fin del mexicano José Gorostiza no hubiese sido escrito sin el antecedente de The Waste Land. Gorostiza se desempeñó como diplomático mexicano en Londres en los años en que el poema de Eliot empezaba a ser leido y comentado más ampliamente. De manera similar está Espacio, esa obra tardia y magistral de Juan Ramón Jiménez, al igual que el monumental Piedra de sol de Octavio Paz, para muchos es el mejor poema extenso escrito en lengua castellana en el siglo xx.

El caso es que un siglo después, el pesimismo de Eliot aún persiste. Las ilusiones albergadas en los progresos de la ciencia y en la posibilidad de los transformaciones sociales se han desvanecido. Han habido cambios sociales, por supuesto que sí, pero no en la escala y no siempre de la índole que muchos de los radicales más optimistas anhelaban. Es por eso que The Waste Land aún tiene tanta prevalencia entre nosotros. Su mensaje sigue muy latente en esos sentimientos de fragmentación de la verdad, de desasosiego cultural, de cinismo político y de pesimismo ecológico que, al igual que las generaciones anteriores, nos imaginamos más urgentes y ominosos que nunca antes. Habrá que seguir leyendo The Waste Land pues no hemos aprendido a descifrar la advertencia hermenéutica encapsulada en la majestuosa música que Eliot nos legó hace cien años.


Imágenes en este artículo. Portada de la revista literaria londinense The Criterion de octubre de 1922 donde se publicó The Waste Land por primera vez. Ezra Pound en 1920, foto de E.O. Hoppe y la portada del manuscrito que corregió Ezra Pound que incluye un epígrafe con el final de la novela The Heart of Darkness de Joseph Conrad, epígrafe que fue eliminado por Ezra Pound.

The Waste Land, leído por su propio autor. se puede escucharse en su totalidad aquí / Un podcast de ZTR Radio en castellano discutiendo el poema puede ser oído aquí / Finalmente, el podacast del programa de la BBC, In Our Time, hablando sobre The Waste Land