Por Carlos Rojas Cocoma

Es vital para nuestra salud mental y estética lidiar una guerra contra el cliché, pidiendo prestado un título de Martin Amis. Y es que el cine, como la mala poesía, es un festín de lugares e ideas comunes. Desde Berna, Suiza, nuestro nuevo colaborador nos advierte de la necesidad de sobrevivir a esos asombros de la adolescencia


En el año 2020 se hizo un breve pero sincero homenaje mediático a una de las grandes películas del cine argentino, la cinta Nueve Reinas de Fabián Bielinsky. Puede haber un consenso más o menos establecido de que esta cinta se convirtió en una piedra angular de un cine latinoamericano que estaba ávido de un lenguaje fresco y dinámico, que devolviera el alma y la identidad a un cine que pudiera entretener y a la vez dejar algo para pensar. Se trata de una cinta que además a veinte años de exhibida todavía conserva la frescura y transmite la tensión de la incertidumbre en el espectador, o al menos es lo que produjo y produce en mí.

Gracias a esa y otras conmemoraciones, el efecto de recuperar cintas que vi en otro tiempo y darle una mirada actual ha resultado un ejercicio de nostalgia interesante. En mis tiempos de universitario en Bogotá, cuando queríamos buscar cine independiente o latinoamericano, había que acudir a los espacios culturales como el Museo de Arte Moderno o la Cinemateca para encontrar una proyección, o buscar las películas en los antros de cine bar, Cineclubes, alquiler ilegal de videos o estantes de los San Andresitos. Hoy que a través del Stream es tan sencillo verlo prácticamente todo, el aire de bajos fondos que significaba apasionarse por el cine se ha convertido en otra cosa.

El cine al igual que los recuerdos envejece, y aquello que nos pareció fresco y divertido hoy nos puede resultar pesado y anticuado. Me atrevo a decir que el cambio de opinión sobre un fetiche de nuestra infancia o de nuestra adolescencia constituye una señal fehaciente de que nos hemos hecho viejos. Podemos ser obstinados y seguir amando nuestras viejas pasiones, pero debemos escoger entre hacernos patéticos y defender patrias caducas o aceptar con dignidad que nos hicimos adultos y cambiamos.

Es en ese escenario que decidí retomar una película significativa: El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela. El año 2022 se cumplirán 40 años de esta cinta que además de premios y reconocimientos, significó para muchos un movimiento. Me arriesgo a decir que en algún lugar de Hispanoamérica alguien la está viendo en este mismo momento. Es nuestra Casablanca, la cinta llena de diálogos cargados de lírica para memorizar y recitar mientras se reproduce. Cuando Subiela pasaba por Colombia a la exhibición de alguna de sus películas, y esto me consta por muchos testigos, siempre debía enfrentar una hilera de jóvenes de todo género que se agolpaba para conocer al Maestro. No, yo no fui de esa fila, pero confieso que la primera vez que vi la cinta, a mis 14 años, quedé profundamente impactado. Creo que no había visto nada parecido. A pesar del buen efecto, creo que la misma devoción terminó por quitarme la emoción de querer verla de nuevo. Sabina lo dijo mejor: “Al lugar donde fuiste feliz no deberías tratar de volver”. No volví, hasta este momento.

debemos escoger entre hacernos patéticos y defender patrias caducas o aceptar con dignidad que nos hicimos adultos y cambiamos

Exhibida en cuanto cineclub existiera, El lado oscuro del corazón enseñó a adolescentes a recitar a Girondo y comprar libros de Benedetti, legales o por cuartillos cerca de los cinemas donde fue exhibida. Fue un manual de cine argentino así como un manual de poesía del extremo del Cono Sur. Hasta entonces, el cine de esta zona era conocido sólo por la denuncia hacia la dictadura con notables producciones que hasta fueron transmitidas por televisión. Incluso la cinta sobrevivió al propio director, quien fue perdonado de hacer años más tarde cintas como “Lifting de corazón” o la propia secuela de El Lado Oscuro del Corazón.

La película era como la recordaba. En el año 96, que fue cuando la vi por vez primera, el diálogo con la muerte me había parecido de lo más original. Que además flirteara con ella me parecía de ataque; y que finalmente ella quedara enamorada me pareció genial. Al verla de nuevo pensé que no sólo era un invento viejo, sino que cada frase sonaba más pesada y pretenciosa que la anterior. Cada frase del guion intenta sobreponerse a la otra para parecer más irónica, más inteligente y más reflexiva. A lo mejor nos pasa a todos, que queremos sonar tan inteligentes que hay que rematar todo en forma de aforismo, pero en este guion se va al exceso hasta cuando se toma un café. Cómo hace falta ver la naturalidad del cine argentino posterior, como ver a Soledad Villamil caminando por la calle y decir: “¡cuidado pisás la caca!”, así, sin más. La película era como la recordaba. Yo era el que había cambiado.

Otros momentos de la cinta me resultaron más irritables, como el diálogo entre la puta y el poeta. Es un mérito de los dos actores como quisieron dar naturalidad a lo que puede ser la conversación más artificial del cine de los años 90. Una puta inteligente diciendo al poeta que es una puta cultural  y …  por esta clase de cosas alguien se inventó el emoticón de la boca neutra y los ojos mirando hacia arriba. Luego hay más cosas, el sonido del saxofón, el artista que se burla del mercado, el poeta que invita chorizos con poemas, la ciega que dice “¿cuándo volvemos a no vernos?”, Oliveiro diciendo a la muerte “dile a tu jefe que me retraso”. Es un festín del cliché como no lo podía recordar. O no sabía, a los catorce años todo me pareció tan nuevo que pensé que veía una revolución. Si la vuelven a ver recuerden por si acaso, que al final de la película Oliveiro levita por la ciudad. Sí, porque sabe volar.

Y con todo, creo que la película fue una digna revolución. Seguramente sin Subiela armando el maquillaje, Bielinsky no lo hubiera limpiado veinte años más tarde. Hacía falta devolverle al cine el aire onírico, por superficial que fuera, para oxigenar un cine de denuncia del que no se veía cómo salir. De allí retornar a un cine de lo real se hizo necesario, y aunque América Latina poco demuestra que camina hacia un mejor lugar, su cine al menos mantiene una fresca capacidad narrativa.

Hace unos años, visitando Buenos Aires pasé al museo Fernández Blanco y me enteré por casualidad de que la casa contigua, abandonada y con grietas, ocupada por oficinas, fue la casa del propio Oliverio Girondo. Al recorrerla me emocioné, sentí un sudor frío por la espalda, algo de fetiche y fascinación. Una turista miraba por la baranda hacia el jardín. Tomé una fotografía. Sentí que regresaba y sentí que debía mencionarlo en esta crónica, por cursi que pudiera parecer. Tenía razón el poeta. Sabina no Girondo.


Carlos Rojas Cocoma es historiador y fotógrafo. Es autor de algunos textos sobre el pasado -no el presente- de las imágenes y es amante no correspondido del cine. Como buen historiador comenta sobre varias cosas siempre y cuando no sea la actualidad. Actualmente reside en Berna, Suiza, y esperamos que este sea el primero de muchos más artículos para nuestro Perro.