Por Claudia Jaramillo
En las grandes ciudades, muchos sitios de bebida y entretenimiento, al igual que las personas, pedecen de agudos problemas de indentidad. Es una esquizofrenia que termina reflejadose en los personajes que por decisión o equivocación van a ellos. Esta entretenida crónica madrileña narra una noche sin alcohol pero con karaoke, bailes varios e intentos de seducción
Me pareció raro que en la puerta del «pub irlandés» hubiera tres tipos vestidos de agentes del servicio secreto: chaqueta negra, micrófonos y músculos de gimnasio. Sospechoso, pero entré igual.
Adentro, todo parecía confirmar que estaba en el lugar correcto: suelos verdes, acabados de madera, grifos de cerveza en la barra, ambiente oscuro. Solo faltaban las mesas. No había ninguna. Ni sillas, ni rock, ni cerveza negra. Salvo por los borrachos, nada se parecía a un pub.
En el sótano había una mesa de billar medio coja y un tablado con karaoke. En la planta de arriba, bajo una especie de nube con olor a vainilla, tronaba urban music. Y en la planta de en medio, un DJ se esforzaba por entretener con música disco de los ochenta a las cinco personas que había en la pista de baile.
La mayoría éramos latinos, salvo por un africano que bailaba cualquier cosa de la misma manera y lo echaron porque no consumía alcohol. Y a pesar de que todos, o la mayoría veníamos del mismo continente, había como un abismo entre nosotros, tal vez fuera generacional.
No era la primera vez que iba sola a un bar, pero me sentía observada. Claro que había más personas de mi edad. Estaban juntos en una esquina oscura, al lado de la barra, cerca de los baños y lejos de la atención. Me negué a quedarme en el rincón geriátrico y bajé las escaleras.
En el escenario, una chica con una minifalda que no tapaba nada, aunque quizá habría sido mejor dejarlo todo a la imaginación, hacía lo posible por cantar, pero los micros de karaoke no hacen milagros. Pregunté cómo se pedían canciones y las instrucciones involucraban transacciones monetarias. Entonces me di cuenta de que hacer el ridículo es mejor con amigos, de borrachera y una cuenta bancaria con fondos.
Arriba chirriaba champeta. ¿Cómo? Cuando era pequeña sabía que era una música marginal del Caribe colombiano, pero ahora sonaba en los márgenes de Madrid, en este antro-pub irlandés que no era ni pub ni irlandés. ¿Dónde me había metido?
Me sentí sola en ese experimento social. Al fondo había cuatro tipos de unos veinte años haciéndose los duros, mirando todo con desprecio, como si fueran aprendices de matones. Nada grave. Yo me crié entre la escoria. No daban miedo, y menos con los hombres del servicio secreto conectados a sus micrófonos como James Bonds de pueblo.
Aprendí un poco de champeta en Medellín, mediante el estricto método de la observación. Y, de verdad, no se parecía en nada a lo que estaba pasando en aquella sala. Sobre todo la chica de rojo, que se retorcía como si sufriera de retortijones, iba vestida de invitada de boda a la fuga y contoneaba el culo en pleno proceso de descomposición. Imposible no fijarse en ella.
Hasta que ella se fijó en mí. Me miraba y se removía, hacía gestos obscenos. Todo era muy animal. Vino directa, me atacó de un salto y me estampó contra la pared. Restregaba su cuerpo contra el mío como queriendo limpiarse algo pegajoso. Inmóvil, no sabía qué pensar. No es que desconfíe de mi sex appeal; es que carezco por completo de él. Me susurró algo al oído que no entendí en absoluto porque la música ocupaba hasta la respiración. Creo que era algo relacionado con el alcohol. Yo no estaba tomando nada. Es posible que fuera eso, pero vivo en el mundo real y nadie acepta nada de nadie en una discoteca. Aunque, a mi edad, no tendría de qué preocuparme.
La bestia metió la mano en mi bolsillo, sacó mi teléfono y dijo que la dejara apuntar su número. Le hubiera entregado la billetera, pero no la vida.
Mónica. Escribió su nombre en mi agenda. También me dijo que era su cumpleaños y que me quería como regalo. ¿Qué estaba pasando? No terminaba de entender. Si era una prueba, estaba recibiendo pésimas señales. Le sonreí y bajé las escaleras, esta vez dispuesta a ir al rincón de los viejos. Ya había visto lo suficiente de esa discoteca latina con crisis de personalidad. ¿Qué clase de experimento era ese?
Sonaba merengue, ese ritmo que hay que bailar con las rodillas como si tuvieras muchas ganas de hacer pipí. La música estaba muy alta, como si poniendo música tropical escondiera la decadencia del lugar, pero le añadía vulgaridad. Estaba a dos metros del rincón geriátrico cuando me interceptó la mujer más hermosa del mundo. Miss Universo brasileña. Se contoneaba a tres tiempos y yo seguía sus pies izquierdos como la hubiera seguido hasta el fin del mundo. Habría abandonado todo por esa diosa de ébano. Era ese tipo de mujer sirena que te dice «ven» y lo dejas todo.
Me da vueltas, le doy vueltas, nos pisamos varias veces y yo sigo flotando en mi nube hasta que caigo despatarrada. Tengo la edad de ser su madre. ¿Qué querría realmente? Ni siquiera puedo ser su sugar mummy. Nací poeta, que es una forma casi culta de decir paupérrima.
No me había dado cuenta de que, a lo mejor, me estaba usando como lugar seguro frente a todos los depredadores al acecho. Esa figura materna se me ocurrió en la calle, cuando ya había escapado de aquel experimento científico llamado pub irlandés que de Irlanda no tenía ni la cerveza.
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Todo lo que cabe en un puño y Al margen de las cosas pueden adquirirse ya en formato digital en nuestra tienda o en Google Books
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