Por Claudia Jaramillo
Una forma de exilio harto peculiar, frustrante, pero al fin de cuentas demoledora, es la invisibilidad literaria de un escritor publicado que escribe en un país y una lengua adoptiva, pero cuyos libros no se consiguen en las librerías a pesar de haber sido traducido. ¿Será por su origen, la falta de una oferta literaria más amplia en las ciudades no capitales, la apatía de sus libreros o simplemente el destino común de muchos autores? Nuestra editora adjunta nos ofrece el diario de una búsqueda, así como también una pregunta
Leí en el periódico una reseña de un nuevo libro de Velibor Čolić y supe que tenía que sacarlo de mi lista de animales fantásticos. El verano pasado, durante un pequeño viaje a Marsella, lo busqué en las librerías de la ciudad. Ni rastro de él, es como si me lo hubiera inventado. Había leído Manual de exilio, Los bosnios y El libro de las despedidas: su prosa me había conmovido y sentía que su literatura me llevaba de vuelta a mi propia historia. Quería llevarme un par de libros suyos que aún no habían sido traducidos al español. Čolić no nació en Francia, pero lleva más de treinta años de exilio; incluso el francés es su lengua de escritor. Por necesidad había adoptado el idioma del exilio y lo había aprendido en la escuela de refugiados políticos.
Probé primero en la librería Maupetit. Al ver las mesas con las novedades y las estanterías repletas de libros hasta el techo, pensé que sería fácil encontrar a aquel escritor que, según sus propias palabras, era un hombre de casi dos metros que había ganado algunos premios literarios en su país, pero que, al exiliarse, había perdido su patria, su lengua y su prestigio literario. No hubo suerte.
Es curioso sentir la frustración de una tarea autoimpuesta en una ciudad que apenas conozco. Había estado ignorando la belleza de su caos milenario por estar buscando un imposible, un hombre en la frontera entre los vivos y los muertos. La última vez había venido a visitar a mi amigo Nicolás el día de la final del Mundial de fútbol de Alemania. Era 2006. Zidane le dio un cabezazo a Marco Materazzi en respuesta a una provocación del italiano, fue expulsado del terreno de juego, Francia perdió el campeonato y la ciudad ardió en llamas casi simultáneamente al pitido del árbitro.
Pero no desistí. Seguí buscando: tres o cuatro librerías más en la calle La Canebière y sus alrededores, de camino al Vieux-Port. Nada. Como si no existiera. Como si Velibor Čolić no constara en el mundo, a pesar de que su obra había sido publicada, traducida y distribuida en otros países. Incluso probé en la Grande Librería Internacional, donde había ido a presentar mi libro de poemas, por si acaso. A sabiendas de que allí solo vendían libros en árabe, alemán, italiano y español, me entretuve entre aquellas estanterías variopintas, en las que ningún libro encajaba con otro, haciendo gala de la extravagancia del mundo. Y entre todos aquellos nombres no figuraba ni el mío ni el suyo.

Entonces me surgió una pregunta: ¿qué es lo que te convierte en escritor? ¿Que te publiquen un libro? Hay muchos libros que no han sido escritos por el autor que aparece en la portada: son los llamados escritores fantasma. Čolić era otra clase de fantasma: un escritor que publicaba libros con su nombre y que, sin embargo, parecía no existir en las librerías.
Nadie lo conocía en Marsella. No aparecía en las secciones de literatura eslava o balcánica, ni entre los autores que escribían en francés. Era como si, además de haber adoptado otra lengua, hubiera perdido su identidad. El camino del exilio nos hace perder muchas cosas por el camino; en su caso, incluso lo hizo desaparecer del mapa literario.
A Velibor Čolić no lo encontré en las librerías; él me encontró a mí en el barrio de Belle de Mai. Resulta que Velibor había visitado la ciudad. Lo descubrí en la página 131 de El libro de las despedidas: «Los martes y los jueves imparto algunos talleres para justificar la beca. Voy al barrio de Belle de Mai a dar talleres de escritura a analfabetos». Lo cuenta en un solo párrafo porque no hay nada más que decir. Me pregunto qué diría si supiera que, para la ciudad, él es un anónimo.
Belle de Mai es actualmente un barrio exuberante de vida, y ahí queda el Cinéma Le Gyptis, donde trabaja mi amigo Nicolás y donde pude ver los entresijos y tripas de un cine-teatro, de los que quedan pocos, porque los convierten en mutiladas salas de cine en miniatura. Por supuesto que no había ninguna placa conmemorativa de la ilustre visita del escritor por ninguna parte. No es usual hacerle homenaje a los fantasmas en vida.
No volví de Marsella con las manos vacías. Compré unos libros que no estaba buscando y me llevé el recuerdo de haber visitado una ciudad encantadora e imprevisible. Durante la semana que estuve allí me tocaron tres huelgas, gente de carne y hueso luchando por sus derechos. Yo había ido a presentar mi librito de poemas, Otro mundo colgado de promesas, escrito en español y sin traducir a ninguna otra lengua. Entonces entendí que publicar un libro tampoco me hacía escritora. Quizá lo que me hace escritora es esa necesidad de escribir, incluso cuando mi nombre no aparezca en la prensa.
Imagen principal, Velibor Čolić, Le Temps
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