Por Mario Flecha
El amor es también una forma de alquimia en la manera en que irremediablemente nos transforma. Este relato de uno de nuestros colaboradores más queridos habla de ese objeto mágico que a veces acompaña esa transmutación sentimental y personal; mientras nos advierte que a través de lo artesanal también podemos aspirar a una forma menor, pero no por ello menos íntima y feliz, de perfección
Sólo hay un remedio para el amor: amar más.
Henry David Thoreau
I
Al regresar a casa de mis padres para las vacaciones de verano, mi madre me informó que Agnes iba a ir a vivir con ellos en el antiguo edificio de principio del siglo XX con aspiraciones indefinibles, que quedaba en el barrio que me vio crecer.
Sin ser el mismo que me fui, cuando volví las imágenes del pasado surgían como en una película que comenzaba al terminar. Recordaba esos días de peleas, risas y lágrimas, cuando era necesario reafirmar nuestra identidad en esos sinsentidos llamados infancia. Por la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, fui a vagar por la Avenida Montes de Oca, recorriendo las calles en las que tuve que pelear cotidianamente para confirmar mi existencia, esquivando las barras de pibes que jugaban en las esquinas. Yo huía de la alegría y la violencia de la que eran capaces estos pequeños delincuentes que se entretenían en peleas ficticias con golpes simulados y corriendo a los intrusos a piedrazos y a piñas.
Estaba perdido en una nube de recuerdos cuando vi venir hacia mí al Chueco Choffi. Corrimos el uno hacia el otro y nos confundimos en un abrazo. Hacía 3 años que no nos veíamos. El deseo de contarnos qué habíamos hecho durante ese tiempo hacía que nuestras palabras se tropezaran y se mezclaran con nuestras risas.Hablamos del pasado, de los amigos del barrio, de la final de fútbol que perdimos en el patio-cancha de la iglesia San Juan Evangelista en el barrio de la Boca, en la que el Chueco fue nuestro arquero. De pronto, Chioffi abandonó las sonrisas de nuestra conversación y con seriedad me dijo:
—Me casé.
—¿Con quién?
—La Edmunda, la hija del vendedor de sueños.
—¿El Mago Carlitos?
—Sí. Pero hay más.
—¿Qué?
—Está embarazada.
—¿Te felicito, desde cuándo?
—Desde hace dos horas.
Lo miré desconcertado, nos despedimos con risas de satisfacción. Seguí caminando por la avenida hasta llegar a la calle California, donde doblé en dirección a La Placita Herrera, que era un aburridero con cuatro árboles, un poco de pasto quemado, un pedestal donde lo único notable era la ausencia del busto de Eva Perón. Parece ser que una tarde de diciembre del 55, sofocados por la falta de aire y una humedad capaz de mojarte los zoquetes, un grupo de gorilas descerebrados ataron el cuello de la estatua y comenzaron a tironear hasta que consiguieron desencajarla del pedestal. Una vez en el piso, ataron la soga a un coche y la llevaron a las orillas del riachuelo mientras gritaban —¡Viva el cáncer! — y la arrojaron a las aguas pestilentes del Río Matanza. Comprobé la ausencia de Eva Perón y volví a la casa.
II
Soy Agnes, nací en Ibiza, de madre escocesa y, según creo, de padre francés. Durante mi juventud en Londres traté de encontrar obsesivamente el objeto perfecto capaz de representar la esencia de lo absoluto y vivir en armonía con el cosmos, mientras mis hormonas corrían como si fueran un ejército de hormigas desesperadas sobre mi piel.
Estudié filosofía y creí encontrar la respuesta en la alquimia. Leí todo lo que caía en mis manos sobre la transmutación de metales y la inmortalidad posible. Mientras mis amigas se dedicaban a buscar novios, yo me entretenía con un sueño recurrente… Soñaba que la perfección tenía la forma de un huevo de oro. La forma oval lo hacía inasible; era el origen de la vida y, rodeado de sal, se dirigía hacia la eternidad. Los libros esotéricos de Ouspenski, Gurdjieff y compañía que yo devoraba confirmaron que hay otra realidad para los elegidos. El alquimista Basilio Valentino me abrió los ojos el día que leí: «Donde quiera que haya metal, hay mercurio, azufre y sal, alma, espíritu y cuerpo. El mercurio y el azufre son el origen de la alquimia. Cuando la naturaleza del azufre logra desarrollarse en el mercurio, entonces es el “agua de fuego” y el “fuego que no quema” De la unión del mercurio y del azufre se obtiene el “oro vivo”. Vivía feliz, ahora ya era cómplice de la verdad. Crearía la piedra filosofal, elixir de la juventud, sustancia legendaria capaz de transformar el plomo en oro y darle vida eterna a quien lo elabore. Estaba convencida de que lo conseguiría, que mi persistencia y conocimientos me permitirían transformar la esencia de mi vida hasta que mis ilusiones se convirtieron en desilusiones incomprensibles.
—No puedo más—me dije un día.
Tenía en la cabeza un enredo existencial. La noche del fracaso se presentó en toda su oscuridad. Había entrado a un callejón sin salida. Entonces me dediqué a buscar novios como mis amigas. Abandoné mis ambiciones de eternidad, compré un huevo, le hice un agujero minúsculo en la parte inferior de la cáscara con una aguja de coser, apoyé mis labios sobre el orificio y comencé a chupar extrayendo la clara y la yema que quedaron flotando dentro de mi boca hasta que la sensación de asco me hizo escupirlas. Luego lo pinté de color dorado. Escondí el huevo en una caja, que llevo a todas partes. No seré inmortal, pero tengo el objeto perfecto y me acompañará siempre, pensaba.
Estamos en Londres porque hace 5 años que mi madre y yo escapamos en un ferry a Barcelona de la violencia de Phillip. Llevábamos unas bolsas llenas de ropas sucias y la cabeza llena de ilusiones.
¿Era Phillip mi padre? Nunca supe la verdad y Sharon siempre ignoró mis preguntas. De Barcelona fuimos a París y de ahí a Londres. Nos instalamos en la casa de la tía de mi madre. Sharon consiguió trabajo y la tía Agnes, por quien fui bautizada con su nombre, estaba feliz. Según mi madre, Ibiza era una fiesta que siempre terminaba en tragedia. Cuando Sharon se ponía seria, no muy a menudo, trataba de educarme. Hablaba del pasado con resentimiento.
—Escucha Agnes. El paraíso Hippy de amor y paz en la isla de los deseos era un cuento infantil, los hijos de la burguesía europea y norteamericana no sabían si iban o venían. Con inocencia o estupidez creyeron que con libertad sexual, pelo largo y marihuana revolucionarían el mundo.
—Ayudaron en algo —dije.
—No mucho, vivían con los ojos cerrados.
—Soñaban.
—Si, el sueño chino que tanto amaba Borges: “Ayer soñé que era una mariposa, hoy no sé si soy un hombre que soñó ser una mariposa o soy una mariposa que sueña ser un hombre”.
El escapismo colectivo que, como toda ficción, siempre es más económico que la realidad. Los andrajosos burgueses que vagaban por la isla tenían en la cabeza una hoguera de chispas. Vivíamos en Camden Town, yo estudiaba en el Colegio de Camden Girls. Un día gris de esos que solo suceden en Londres, cuando se acabaron mis coqueteos con el esoterismo y estaba terminando mis A-Levels, reconocí al Lobo caminando por Camden Road. El Lobo era un artesano que trabajaba haciendo carteras y cinturones de cuero en Ibiza para los turistas alemanes e ingleses, un argentino hijo de puta y bonachón. Su casa-taller frente a la muralla de la ciudad vieja era un sudadero donde albergaba a los desesperados argentinos que aparecían por la isla y a cambio de trabajo les pagaba con un poco de hachís, unas pesetas y una cama donde dormir. Los explotaba con una sonrisa; el Lobo se beneficiaba hasta de sus perros, decía Sharon. Tenía dos podencos de mal carácter, el Picasso y el Magritte, que se sentaban sobre la muralla de la ciudad como esfinges egipcias custodiando el paisaje encendido de color naranja en los atardeceres mediterráneos. El Lobo me reconoció enseguida.
—¿Agnes?
—Sí, soy Agnes.
—¿Te acuerdas de mí? Soy el Lobo.
—Sí, claro que me acuerdo.
—Las estuve buscando.
—¿Por qué? —pregunté.
—Necesito hablar con tu madre.
Esa masa humana me aturdió, decidí invitarlo a casa donde Sharon seguramente me estaría esperando. Conversamos en el camino.
—¿Los podencos?
—Están viejos y más mansos.
—¿Y mi padre?
—¿No sé nada de él, y vos?
—Yo tampoco sé nada, lo imagino envuelto en humo de hachís en algún lugar de la isla rodeado de jóvenes americanos que evitaron el reclutamiento para la guerra en Vietnam huyendo al paraíso mediterráneo y de pintores suecos que escapaban de la noche de Estocolmo pensando que la luz de las islas sería suficiente para transformarlos en pintores geniales.
Sharon abrió la puerta de entrada y sin sorprenderse hizo pasar al Lobo, se miraron por un instante y luego estallaron en risas incomprensibles.
—¿Qué haces?
—Te estuve buscando, porque estoy enfermo.
—¿Enfermo?
—Tengo un cáncer que me está matando. En Buenos Aires acumulé una pequeña fortuna que desaparecerá si nadie la aprovecha.
—¿Y tu mujer?
—Mi mujer me abandonó y se fue a vivir a Tetuán con un marroquí.
—Uf, huyó de tus golpes.
—No estoy aquí para discutir el pasado. Vengo a ofrecerte que seas mi heredera. Solo me han dado dos meses de vida.
Comprendí que en algún momento de nuestras estadías en el Rincón de la Muralla, El Lobo y Sharon fueron amantes. Mi madre decidió quedarse en Londres y me envió a Buenos Aires a cobrar la herencia.
III
Me olvidé de contarles que me llamo Elfrido Ramírez y estoy siguiendo la carrera de medicina en la Universidad de Córdoba. Cuando la familia se enteró que Luis se iba a casar, mis tías estaban escandalizadas y cuchicheaban entre ellas con suspiros de desaprobación.
—Una extranjera, una gallega.
—Habiendo tantas chicas lindas en Barracas.
Agnes les resultaba un enigma, arrastraba una palidez mortal y sus cabellos desordenados, como si no conociera el peine; además, escondía una caja en su bolsa de mano. La Chichi decía que no había misterio en el cofre que Agnes paseaba, seguro que tenía las cenizas de su amante muerto, mientras que La Coneja, mi otra tía, prefería pensar que escondía una joya y, como no confiaba en nadie, la llevaba a todas partes.
Amé a Agnes la Ibicenca antes de conocerla; cuando escuché que el tío Luis se casaría con una europea, la curiosidad encendió mis fantasías. Alguien nacida en el paraíso de las Islas Baleares en Ibiza. ¿La hija de escocesa tendría cabellos rojos y habría tenido relaciones sexuales envuelta en humo de opio? Soñaba. Sería hermosa como la luna, descripción de la belleza que había aprendido leyendo Las mil y una noches. Agnes vino a Buenos Aires a reclamar la herencia que el Lobo le había dejado a Sharon, quien se negó a cruzar el Océano Atlántico aludiendo que no quería saber nada de países latinos. Agnes, paseando una tarde en la Costanera Sur, conoció a mi tío Luis y se enamoró de él. Él conquistaba a las mujeres fácilmente, era un charlatán simpático que con el chamuyo les calentaba las bombachas a las minas. Mientras que yo me escondía en mi timidez alimentando pasiones irrealizables.
Se casaron. El día que la conocí, me deprimió su altura. Parado frente a ella, mis ojos le llegaban justo a la mitad de su cuerpo, entre su ombligo y sus tetas. Llegó con los ojos ausentes, me saludó con un gesto vacío y se sentó sobre un banco al lado de la mesa de la cocina, apoyó una caja que traía en su cartera sobre la mesa e inmediatamente la ocultó entre sus brazos. Repartió sonrisas a mis padres y a mí me ignoró. Me hizo sentir como un enano deforme. Juré que me las pagaría, que su trato fugaz y descalificador tendría su merecido.
—Venganza a la musulmana —me dije.
Me sentaría debajo del portal a esperar a que pase su cadáver. Me encantó el romanticismo de la imagen; yo, sentado en el escalón de la puerta de entrada, esperando un mes, un año o tal vez diez años sin que ella se muriera. Me iría debilitando día a día hasta que el hambre, la sed y el aburrimiento me destruyeran.
Ayer, ella pensó que estaba sola en el comedor de la casa, y la vi abrir la caja y sacar un huevo de oro esplendoroso que brillaba como si tuviera alas de fuego. Pasó la yema de sus dedos acariciando la superficie infinita del huevo y comenzó a murmurar incoherencias que se me antojaron palabras mágicas. Me quedé quieto en el lugar que me había ocultado y, mientras escuchaba su voz, mi piel se iba erizando y percibía la erección de los pelos de mi brazo. La amé.
Mario Flecha es escritor, crítico de arte, antologista, ex-editor de la revista de arte Untitled y uno de los colaboradores mas asiduos de Perro Negro. Es autor, entre otros, de los títulos Profesor Monday Zofana y El Trapecista. Actualmente divide su tiempo entre España e Inglaterra. Agnes La ibicenca hace parte de su último libro de relatos Tiquismiquis (2025) publicado por Ediciones de Jafra Project
No Comment! Be the first one.