Por Jorge Ramírez
Según Borges “un libro, cualquier libro, es un objeto sagrado”. Y en el monoteísmo de Occidente y Medio Oriente el libro se ha identificado con la palabra de Dios. La revolución digital y la Inteligencia Artificial han trastocado no solo ese aspecto sacro de ese objeto tan singular sino la forma en que leemos. ¿Hasta qué punto estos cambios cuestionan la privilegiada posición que hasta hoy día ha ocupabado el libro? Se ha llegado a decir que en un cuarto de siglo se habrá convertido en “un melancólico objeto del pasado”. Jorge Ramírez nos cuenta la historia del que -a pesar de los embates- sigue siendo uno de los mejores amigos de la humanidad
Todo lo dicho o hecho por la humanidad o, mejor aún, todo lo imaginable, está en un libro. Esta es una vieja creencia o bien podría tratarse de una superstición nueva. En la tradición monoteísta de Occidente y del Medio Oriente se confunde el libro con la palabra de Dios. Acaso de ahí provenga esa veneración por la palabra escrita, empaquetada en páginas fácilmente manipulables hacia adelante o hacia atrás. Según los círculos esotéricos, el vocablo “libro” representa el mundo como totalidad; en las esferas más mundanas, se le relacionó con el saber humano. Por eso se le ha dicho al libro “cofre de la sabiduría”. Se cuenta que cuando Tolomeo se decidió a construir la biblioteca de Alejandría, un filósofo griego le aconsejó que incluyera en ella los libros sagrados de todos los pueblos. Si logró tal propósito es cosa que nunca sabremos, pero lo que queda claro de esta anécdota es que existe una antigua predisposición a concederle estatuto de pueblo tan sólo a aquellas comunidades poseedoras de un libro reconocible.

Del Viejo Mundo pasó el libro, y su aura mágica, al Nuevo Mundo, en donde la historia de la palabra escrita tomó un sesgo inesperado al toparse con pueblos indígenas carentes de escritura alfabética. Para ellos ver a un español diciendo en voz alta lo que leía en una hoja de papel debió constituir un raro y cómico espectáculo, quizá por eso llamaron “paños que hablan” a los libros. Pero no siempre el encuentro entre las dos culturas asumió ese cariz surrealista, pues en ocasiones el choque fue brutal. En la primera entrevista entre el Inca Atahualpa y los hombres de Francisco de Pizarro, el 16 de noviembre de 1532, el religioso que los acompañaba, fray Vicente de Valverde, conminó al Inca a que aceptara al Dios único y verdadero. Atahualpa le replicó que dónde sacaba lo que predicaba con tanta soberbia. El misionero respondió que todo ello se encontraba en los evangelios; entonces el Inca le pidió que se los enseñara. Y en cuanto fray Vicente se los entregó, los hojeó y declaró tajantemente “no me lo dice, ni me habla a mí el dicho libro” y acto seguido lo arrojó al suelo. Esta inesperada salida del Inca fue, según los cronistas de Indias, el pretexto que usaron los conquistadores para desencadenar la conquista de Perú.
No obstante este terrible comienzo, en Latinoamérica el libro ha gozado de una honorable reputación desde los tiempos mismos de la colonización, acaso porque en ese entonces tanto la censura de la Inquisición como el estado de cosas del continente, hacían que la circulación de obras fuera un lujo inaccesible a la vasta mayoría de la población. Pero el prestigio de la palabra escrita ya estaba establecido: los conquistadores se encargaron de eso con la oficiosa ayuda de los escribanos, infaltables, hasta el momento actual, en el negocio de administrar a los hombres.
Durante la Ilustración, la censura de la corona a todo tipo de escrito que pusiera en cuestión la autoridad del rey o la infalibilidad de la iglesia, hizo que los criollos, ávidos del saber subversivo que agitaba a los pueblos europeos, leyeran clandestinamente obras de Rousseau, Voltaire y demás autores descreídos. En la tradición republicana del continente, se cuenta que El contrato social era leído de México a Argentina con el delirante fervor de una nueva revelación. En Santafé de Bogotá el precursor de la independencia, Antonio Nariño, se jugó la vida por traducir Los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1794. Tuvo suerte, pues su desafío al poder colonial lo pagó con el destierro.
La lectura, como tantas otras actividades humanas, está experimentando una profunda transformación. Nunca antes habían circulado tantas palabras como hoy, pero cada vez son menos las que pasan por el libro. La irrupción del ordenador personal y, sobre todo, de Internet, ha abierto posibilidades inimaginables hace apenas unas décadas. El texto ha dejado de ser patrimonio exclusivo del papel para instalarse en la pantalla, donde se reproduce, se modifica y se transmite con una rapidez desconocida hasta ahora.
Las grandes empresas editoriales observan este fenómeno con una mezcla de entusiasmo y preocupación. Entusiasmo, porque las nuevas tecnologías permiten reducir costes de producción, almacenamiento y distribución; preocupación, porque el libro tradicional parece perder el monopolio que durante siglos ejerció sobre la transmisión del conocimiento. El lector contemporáneo busca cada vez con mayor frecuencia la información inmediata, fragmentaria y actualizada que ofrecen las redes electrónicas.
Hay quienes sostienen que el libro impreso desaparecerá en el curso del próximo medio siglo. Otros consideran exagerada esa predicción. Recuerdan que, a lo largo de su historia, el libro ha sobrevivido a numerosas revoluciones técnicas: la invención de la imprenta, la aparición del periódico, la radio, el cine y la televisión fueron recibidas, en su momento, como amenazas definitivas para la cultura escrita. Sin embargo, ninguna consiguió desplazarlo completamente.
El escritor norteamericano Stephen King sorprendió recientemente al publicar una de sus novelas directamente en formato electrónico, descargable desde Internet. La experiencia fue considerada por muchos como un anuncio del porvenir. Si los autores pueden dirigirse a sus lectores sin intermediarios, las funciones tradicionales de la industria editorial podrían verse profundamente alteradas. No obstante, incluso quienes celebran estas innovaciones reconocen que la lectura en pantalla todavía presenta limitaciones frente a la comodidad y permanencia del libro impreso.
Quizá el futuro no pertenezca exclusivamente ni al papel ni a la pantalla, sino a una convivencia entre ambos soportes. El libro posee cualidades difíciles de reemplazar: no necesita energía para funcionar, resiste el paso del tiempo cuando está bien conservado, puede subrayarse, anotarse y volver a abrirse exactamente donde el lector lo dejó. Además, conserva un valor simbólico que trasciende su utilidad práctica. Para muchas personas continúa siendo un objeto íntimamente ligado a la memoria, al aprendizaje y al placer de leer.
Borges imaginó el Paraíso bajo la forma de una biblioteca. Tal vez esa imagen siga siendo válida incluso en la era digital. Aunque la información viaje cada vez más deprisa por las autopistas electrónicas, resulta difícil pensar que el libro vaya a desaparecer del todo. Es posible que deje de ocupar el lugar privilegiado que tuvo durante siglos, pero seguirá acompañando a quienes buscan algo más que información inmediata: el tiempo lento de la reflexión, el diálogo silencioso con un autor y la experiencia irrepetible de la lectura.
Pese a la vigorosa pujanza de la industria editorial contemporánea, la posición privilegiada del libro en el quehacer cultural ha comenzado a ser cuestionada seriamente por la revolución tecnológica que estamos atravesando. Los avances en la informática y en las telecomunicaciones han comenzado a desplazar al libro en diversos ámbitos de las prácticas sociales e individuales.

Información, conocimiento, recreación y arte son movilizados con singular rapidez y eficacia por todo el planeta. Hace un cuarto de siglo, el novelista estadounidense Stephen King publicaba por primera vez una obra suya de manera exclusivamente electrónica; y lo mismo hacíá Ernesto Sábato en el Clarín Digital de Buenos Aires. Julián Gallo, editor de El Clarín anunciaba que “el libro electrónico ofrecerá toda la literatura, todas las cartas, todos los diarios, todas las revistas, todos los informes, todos los mapas, todas las reproducciones de cuadros, toda la música, todas las películas, todas las fotografías” y augura que en cosa de medio siglo el libro seríá ya un “melancólico objeto del pasado”. Han pasado un cuarto de siglo de tal augurio y el libro impreso no se convirtió en ese “melancólico objeto del pasado”, sino que ha coexistido con los nuevos formatos. Y muy a pesar de la irrupción de los teléfonos inteligentes, las redes sociales, los audiolibros o la inteligencia artificial, que han transformado aún más el panoramad e la lectura y distribución de textos.
En el otro campo, los defensores del libro impreso sostienen que su lectura es un quehacer a la vez precario -por el tiempo y el espacio que requiere- y un lujo que estimula las facultades críticas y la autoconciencia de un modo tan único que es de las pocas actividades que realmente nos ayuda a discernir el sentido de la historia. Claro está que afirmar esto es postular un modelo de personalidad: el intelectual, como una vieja herencia del Renacimiento. Y acusan a la tecnología digital y móvil de ser los culpables del descenso en la lectura entre los estudiantes, también responsabilizan a tales medios de ser los causantes del debilitamiento de la capacidad de reflexionar, resolver problemas, argumentar y representar discursivamente algo. En cuanto a esto, argüiría que mas de un docente de secundaria desprobaría vehemente tales afirmaciones.
Como invariablemente ha ocurrido en la época moderna, cada vez que hay una nueva revolución tecnológica la opinión pública se divide entre defensores y opositores. Los primeros siempre han presentado el progreso como un asunto de artefactos, pero la historia ha mostrado que cada nuevo avance técnico no resuelve de por sí los problemas sociales, pues siempre se han necesitado movimientos populares para que el progreso llegue a los ciudadanos comunes y corrientes. Cuando la revolución en las técnicas de impresión hizo posible la publicación barata de periódicos, libros y revistas, reformadores y pueblo tuvieron que luchar hombro a hombro para que la alfabetización llegara a la mayoría de la población.
Quizá ése sea el camino a tomar: las comunidades apropiandosen de los avances digitales y de la Inteligencia Artificial para así crear una consciencia global más integral, menos oblicua y menos ideológica que realmente sirva a la colectividad humana y no únicamente a las élites u oligarquías tecnodigitales □
Jorge Ramírez (1951-2026) fue educador, escritor, podcaster y acérrimo promulgor de los Derechso Humanos. Sin duda una de los seres más brillantes y chispeantes que hemos conocido y alguien muy muy cercano a esta revista. Colaboró, comentó y crítico nuestra labor desde su creación hasta el día de hoy. Hemos decidido honrar su memoria con la recuperación y publicación de varios de sus artículos e ideas.
Imágenes: la principal es la EGO SUM VIA VERITAS ET VITA-Soy la vida, la verdad y la vida (Juan 14:6). Mosaico en la Basílica de Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington. Dentro del artículo: IIustración de Atahualpa y el libro parlante, Crónica de Cajamarca, Perú y Mujer leyendo en una habitación de Carl Holsoe.
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