Por Claudia Jaramillo
Una breve narración a manera de elegía -o si se necesita- de plegaria a esos espacios, lugares y personas que ya no están y cuyas presencias son recuerdos emotivos y quizá la razón de ese nomadismo sentimental y geográfico que aún se alberga en muchos de nosotros
La llaman la playa, pero no tiene mar ni arena. Antes era un precioso paseo de río y lo taparon con cemento para dejar correr los carros. Dejó de existir. Como ellos: los hombres con los que caminé por esa avenida ruidosa. Aunque los recuerde, dejaron de estar en mi vida; sus cuerpos ya no respiran con el mío. Están vivos en algún lugar del mundo, pero no en Medellín. Allí apenas queda gente de mi infancia.
La muerte recorre sus rincones buscando perdidos. Yo nunca me encontré ahí. Recorrí las calles, vagabundeé la noche y el día, pero nunca me hallé. Estaba perdida en mi propia vida. No era nada, no podía construir nada. Necesitaba ser polvo, un punto de partida, y me fui.
Así nací. Nací grande, criada y sin pañales.
Construí una casa para quedarme y dejar de correr. Uno no puede huir de sí mismo. Inauguré un bar para los recuerdos, que vienen rodeados de amigos hasta que te cambias de barrio y desaparecen en la noche de Madrid, una ciudad que duerme poco. El bar se lo tragó la gentrificación y ahora es una tienda de tés que huelen a perfume barato.
Aparecen de vez en cuando con un mensaje de texto diciendo: «Feliz Día de la Madre», «Feliz Año Nuevo». Hasta que, en un cruce de caminos, te encuentras con ese cuerpo que creías ausente. Y no viene solo: te trae toda tu infancia con él, los recuerdos que habías abandonado en la basura esperando que nadie los encontrara.
Sentí el estómago revolverse. Quería vomitar, pero no pude. Así no se extirpa el dolor del amor perdido. Lo miras a los ojos y dejas que sangre el corazón. Lo oyes partirse en pedazos; incluso puedes ver los trozos esparcidos por el suelo. Y lo único que hay que hacer es esperar a que ese hombre, que una vez lo fue todo, se vaya para perder la dignidad y agacharse a recoger los destrozos de una vida pasada.
Salen los créditos de la película que no viviste, y no está tu nombre. Aunque busqué una respuesta, no había nadie a mi alrededor que me dijera que era una idiota inmadura. Eso me lo estoy diciendo a mí misma. A veces, el espejo muestra una realidad que uno no está preparado para ver. Y la del espejo dice: «Deja de soñar y no te quedes ahí mirando esta cara vieja. Aprovecha que no está lloviendo y date una vuelta que te empape de realidad. La gente de afuera no vive de los sueños y, por favor, no pierdas más el tiempo escribiendo poemas. La poesía es hambre, palabras y palabras que no se comen».
¿Habrá una última parada, un tren para el fin de los días? Arranca el tren de los corazones rotos, pero voy en dirección contraria. Tal vez hacia otra vida, en un vagón lleno de nombres nuevos, retazos de otras vidas, encaminados a la última estación sin perder la esperanza.
Es fundadora de la revista, diseñadora gráfica y escritora. Ha publicado los libros de poesía Al margen de las cosas y Otro mundo colgado de promesas. Reside en Madrid
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