Por Mateo Duarte del Castillo
El rock y sus multiples derivados casi siempre se han iniciado desde la protesta pero cuál es su impacto o legado una vez ese género musical ha sido absorbido y comercializado para las nuevas generaciones de escuchas. Desde los Andes colombianos nos llega esta reflexión sobre los origenes y los límites de la originalidad así como las perennes mutaciones musicales por tratar de permancer auténticos, críticos y significativos
Conocí a un chico con tenis Vans, Levi´s 501 / Me dijo que pensaba que éramos unos vendidos / Todo lo que sabes de mí es lo que te he vendido, tonto / Todo lo que lees y usas o ves y escuchas en la televisión es un producto / Cállate y compra mi nuevo disco / Fuck you buddy.
Hooker with a penis, Tool, Aenima 1996
Durante la Unión Soviética —especialmente bajo el control cultural heredado del estalinismo—, la música estaba fuertemente censurada. Géneros occidentales como el jazz y el rock eran considerados peligrosos o “subversivos”, por lo que no se podían escuchar oficialmente.
Ante esta prohibición, surgió una subcultura juvenil rebelde que buscó formas clandestinas de acceder a esa música. La solución fue tan ingeniosa como precaria: grabar canciones en radiografías médicas recicladas, las radiografías —con imágenes de esqueletos— se recortaban en forma de disco y se perforaban manualmente para poder reproducirlas. Aunque la calidad de sonido era mala, permitían escuchar artistas prohibidos y se volvieron muy populares. So pena de terminar en un gulag, la circulación de estos discos muestra hasta qué punto la música representaba una forma de libertad y resistencia.
En el mundo occidental, más “libre”, las rebeldías en su esencia tenían la longevidad de un mosquito antes de ser devoradas y luego escupidas en forma de bandas prefabricadas por el mainstream. Ahí estuvieron agrupaciones como Creed, algo de Collective Soul, pero en resumen, los productores viendo esa mina de oro buscaban cantantes que pudieran hacer el famoso maullido noventero y luego, les ponían pantalones cargo, una camisa de cuadros amarrada a la cintura, les escondían el shampoo, el jabón y listo, a facturar. La respuesta a eso en el año dos mil fueron The Strokes, Yeah Yeah Yeahs y otras bandas que aparecen en el bello documental Met Me in the Bathroom. Había sucedido algo similiar con la rebeldía que propuso la música Disco, que fue absorbida por el mercado y su respuesta fue el nacimiento del House. La pista de baile ha sido y será espacio de contracultura señores(as) metaleros, el pogo no es lo único en esta vida.
Hubo casos emblemáticos de la más pura sublevación como el de Fela Kuti, cuando en respuesta a la impunidad por la muerte de su madre, llevó a cabo un acto de “cruda rebeldía”, mandando construir un ataúd y lo transportó en procesión hasta el cuartel militar de Dodan en Lagos, y dejando el féretro en la puerta de la residencia del gobernante militar, Olusegun Obasanjo, luego escribió la canción Coffin for Head of State: “Se roban todo el dinero/ Matan a muchos estudiantes / Queman muchas casas / Queman mi casa también / Matan a mi mamá / Así que llevo el ataúd…
O el jazz de prostíbulos -Billie Holiday, Charlie Parker- que después se volverían banda sonora para la intelectualidad, y no, eso no va a pasar nunca ni con el reguetón underground ni con el vieja guardia, lo aclaro de una vez.
Hay obviamente casos exitosos donde no se perdió la creatividad, ni hubo ventas de almas al diablo para hacer música memorable, hablo de Radiohead, porque tuvieron más o menos una actitud en la creación o concepción de sus discos haciéndole constantemente el quite a la fama, a sonar en radios y listas top ten, componiendo canciones icónicas y cuando veían que se popularizaban agarraban otra dirección creativa en el siguiente disco, así fue que nutrieron su trabajo buscando no ser complacientes y se diversificaron un poco a las malas, los beneficiados a la final fuimos nosotros.
Entonces si de rebeldía o anarquía -o como quieran llamarlo- se trata, toca hablar del Punk, y aquí se pisan callos todo el tiempo porque caramba si son quisquillosos cuando se habla del género, empezando por la misma escena bogotana hace unos años cuando a los Odio a Botero, Los podridos, (una vertiente cuchillera punketa) los buscaban para lincharlos porque, oh sacrilegio, se burlaron del Punk, muy poquita licencia a la autocrítica tienen. El sacol pone a la gente muy seria y sensible.
Hay cosas de ahora interesantes como El ministerio de la vagancia, pero me parece que si no se pellizcan es preocupante, porque la estética y la narrativa se les está repitiendo y desgastando. Lo más punketo que he visto en Colombia, la verdad, fue un par de grafitis en una pared perdida cualquiera de Bogotá, sin colores, sin dibujos, simplemente la frase: Bambuco is not dead, y el otro: “Quisiera ser anarquista pero no tengo plata“. Mi punto es dejar a un lado la solemnidad y encausar esa rabia hacia la autocrítica, ahí hay una veta creativa por explotar.
Pero digamos que gracias a internet ya todos nos sabemos el cuento de Joe Strummer (The Clash) y la cumbia, y los Sex Pistols odiando a Pink Floyd, pero desde hace unos buenos años se vieron cosas muchísimo más contracultura en otras músicas en Colombia, como por ejemplo los primeros discos de Systema Solar o los festivales de Mutaxion y luego Bogotrax de electrónica underground por toda Bogotá, donde con una planta a gasolina, debajo de un puente o en potreros y un Sound System decente, armaban unos pogos, donde estos ojos vieron a esos mismos podridos poguear con drum and bass. ¿El formato? Una USB de 12 gigas que cabe en un bolsillo.
El Punk en EEUU y Europa hoy día tiene a bandas en grandes festivales casi de headliners, IDLES de Inglaterra y su filosofía del amor, la anti- explotación laboral y el antimonarquismo, los Viagra Boys con un humor más que corrosivo, Amyl and The Sniffers, y el dúo electro- protesta Sleaford Mods, con una discografía bastante extensa.
Para terminar en este 2026, se recordará por la aparición y viralización masiva de los Angine de Poitrine, prueba viviente que la gente está pidiendo a gritos originalidad, propuestas no prefabricadas, porque ya nada parte de ceros, los de Quebec tienen como 7 influencias clarísimas pero la música que presentan es nueva en muchos sentidos, vamos a ver que hace el mainstream con ellos, los dados están rodando y las apuestas hechas.
Ah, y por favor, ustedes devotos del vinilo, los Angine ya tienen sus dos discos en ese formato, vayan y paguen 136 dólares por cada uno y nos cuentan si valió la pena, cansones!!
Mateo Duarte del Castillo es artículista, es de los pocos colombianos que escriben sobre música y ha trabajo en cine y medios audiovisuales. Reside en Bogotá, Colombia y ahora nos entretiene y nos engalana con sus notas.
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