Por Juan Carlos Florez
Desde Los Andes nos llega esta nota que es parte diario de viaje y parte confesionario de las impresiones de un latinoamericano visitando dos grandes naciones asiáticas. En esta primera primera entrega Japón: desde su cocina y pulcros indigentes hasta la madera de sus pagodas y la plácida obesidad de su deidad
Para alguien que casi nunca escribe es dificilísimo empezar a escribir. Por eso no se por qué acepté la invitación de Juan Toledo a describir mi viaje a un sitio que parece otro mundo para nosotros los de la tierrita, Bogota City, como cariñosamente y un poco sarcásticamente la llamamos los casi “cachacos”, si esa raza todavía existe, aunque creería que ya murió con la generación anterior.
Más que una crónica sobre el viaje, esta es mi impresión sobre lo que sentimos en Japón, sentimos un hijo semi adolescente, enfermedad que esperamos se cure a los 30 años; mi esposa psiquiatra y yo, un ingeniero. Esto es para darle un contexto a las opiniones o, a veces en mi caso, salvajadas
Y si para escribir en Perro Negro siente uno una especie de desafio intelectual, de manera similar visitando Japón -desde los Andes suramericanos- se siente uno como un Neandertal. Es un mundo paralelo en términos de educación, orden, civismo, cortesía y otras cositas que nosotros en nuestra amadísima Colombia, hay que reconocerlo, ni siquiera imaginamos.
Veníamos de pasar quince días en China, que sería el orden lógico de esta crónica, pero el orden no es mi fuerte, así que esa será la segunda parte, si no se aburren y esta nota pasa la prueba editorial de la revista.
Es interesante observar las diferencias obvias con nuestra forma de ser y concebir el mundo. El orden, casi aburrido de una sociedad que respeta al otro en una forma que para los occidentales es casi absurda e irreal pero en Japón parece funcionarles de maravilla. Por ejemplo, hay habitantes de la calle, pero ellos dejan el “cambuche” perfectamente organizado, limpio y aseado, en los andenes en el área del centro financiero y administrativo de Tokio. ¿Demasiada contradicción o demasiada civilización? Cada cual que saque su propia conclusión.
Japón no tiene grandes monumentos. Y la opinión, repito, de este buen salvaje ingeniero es sencilla: nadie les dijo que la madera se quema!! Entonces todos sus palacios son ya la cuarta reconstrucción, todavía en madera, del original del siglo XII. Europa -quizá por las continuas guerras- se dio cuenta que la piedra duraba más. Y hay tanta homogeneidad, todo es igual. Entre pagodas, templos y castillos hay que ser un experto en historia, arquitectura, religión y otras ciencias para diferenciarlos. Una pagoda más y me convierto al budismo o al sintoismo. Aparte cada una tiene en el centro una divinidad simpática y un tanto obesa en un país donde la obesidad es casi inexistente.
La historia de Japón, como la de muchos países, es la historia de guerras por el dominio de su territorio. Y en un país milenario, la garrotera también ha sido milenaria. Una disputa de 1500 años entre el emperador y los señores feudales- los Shogun- alternándose la destrucción y consecuente reconstrucción. Y como el idioma está fuera de mi alcance saber quién es quien y su cronología habré de dejárselo a otros.







La gente se olvida que es un archipiélago con sitios bellísimos, como los alrededores del monte Fuji, el cual se dignó a dejarse ver por 32 segundos, así que démonos por bien servidos, pues se deja ver 60 días al año.
Sus ciudades increíbles son enormes y modernas. Tokio, Osaka y Kioto, todas con personalidades diferentes, Tokio la más cosmopolita con lo bueno, lo malo y lo feo, de las grandes ciudades. Un New York pero diez veces más limpio, seguro y ordenado. Con el sistema de metro, diría yo, más avanzado del mundo que en verdad es como una ciudad debajo de otra ciudad. Osaka es más manejable y por ende más tranquila mientras que Kioto es el intermedio entre las dos.
Paseo memorable a Hiroshima y la isla cercana, obvio con su Tori y Pagoda correspondiente. Este Tori es famoso por estar semisumergido. Hiroshima le deja a uno el corazón arrugado, su museo es un recuerdo duro, una herida en lo profundo de la historia de Japón. El único país que ha sido bombardeado atómicamente pero la cuentan sin rencor, casi que parece que lo aceptan. Entienden que ellos también han demostrado mucha crueldad hacía otros. Algo aprendemos todos de esa historia.
Tuve disputas con la comida pues es muy diferente a la colombiana. Parecen no saber lo que es un buen pedazo de carne y eso, para un carnívoro suramericano como yo, es difícil aceptarlo. Sí, tienen Kobe, pero en palabras de mi muy engreido hijo “es muy grasoso” además de costoso. Y pues al décimo pedacito de pescado crudo a uno le ha sabido igual desde el quinto, quizá el tercero, en fin.
Allá, el “ir de compras” es a otro nivel: tres o cuatro pisos de almacenes que parecen tener la misma extensión de la ciudad, o por lo menos lo que vimos. Lo que uno quiera -literalmente- lujo, ultra lujo e hiper lujo, si es que esa categoría existe. Un mercado increíble de cosas de segunda, al cual uno entra por primera vez con algo de aprensión y sale con su camisa Polo, seminueva, que está mejor que las dos que tiene en casa. Y si le gustan los relojes, ni se acerque a Nakano Broadway o su tarjeta de crédito saldrá un poco aporreada.
Un viaje memorable, un poco overrated, según mi hijo, que igual se la gozó. Un consejo, no se dejen persuadir por los superlativos de los influencers o de otra manera terminaran perdiendo dos horas haciendo fila para comerse el “mejor pastelito” que -la verdad- bien puede ser muy parecido al que venden al lado.
Juan Carlos Florez es un ingeniero que reside en Bogotá y cuyas pasiones -más allá de su trabajo- se extienden a la pintura y viajar. Esta es su primera colaboración para Perro Negro
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