Por Juan Toledo
Hay una simbiosis entre los cuentos y los ensayos Borgianos. No se trata de una analogía sintáctica de cuentos que se leen como ensayos y ensayos que son en esencia historias cortas como La muralla y los libros. No, es más bien que aún no se ha comentado lo suficiente cómo varios ensayos ulteriores a esos relatos filosóficos, “deshumanizados” y deslumbrantes presentes en El Aleph y Ficciones sirven de explicación de las conjeturas e ideas esbozadas en algunos de esos cuentos
Noté que las carteleras de fierro de La Plaza Constitución habían renovado no se qué aviso de cigarrlios rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se alejaba de ella y que ese
cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no.
El Aleph.
A Jorge Ramírez, in memoriam
Si la cultura es una pausa, un paréntesis en el que podemos tener un tiempo propio, esa pausa -como todo lo humano- se da en un tiempo y un espacio determinado. No así, es necesario advertir que no nos estamos refiriendo a esa noción tan contemporánea, como errada, que afirma que “todo es cultura”. Es la falacia que deriva en un relativismo cultural pues asume que ninguna práctica, hábito o creencia puede ser juzgada como incorrecta por el simple hecho de pertenecer a una cultura determinada. Si así fuese, muy posiblemente viviríamos en un mundo con muchos más conflictos de los que ya existen. Nos veríamos obligados a explicar a los más jóvenes los devenires de las guerras de las empanadas o la de los chorizos en Sudamérica, por ejemplo.
La “cultura” a la cual nos referimos es aquella que observa los parámetros de ciertos valores universales como los Derechos Humanos y el libre albedrío, la misma que reconoce la capacidad de los seres de evaluar y de superar su propio entorno y circunstancias. Esa idea de cultura se ve obligada a ocupar un espacio y un tiempo específico para existir. De igual manera, toda evaluación obliga a una abstracción, a un alejamiento temporal del yo y el ahora o, si se prefiere, evaluar es también hacer una pausa.
La pausa que genera la lectura de algunos de los relatos de Borges es más perdurable que la de muchos otros escritores. De otra manera cómo explicar su ubicuidad en la “cultura” de nuestros días. Varios de sus cuentos, muy particularmente aquellos agrupados en Ficciones (1944) y El Aleph (1949) fueron narraciones compuestas durante la Segunda Guerra Mundial y años antes que quedara totalmente ciego. Es ese el Borges que hasta lectores ávidos rechazan por caprichoso, arbitrario e incomprensible. Lo cierto es que en algunos de esos cuentos su autor nos está presentando ideas vanguardistas sobre la lectura y la identidad en los diversos tiempos y espacios en que ejercitamos ese “acto rudimentario” (que es leer) o en que nos redefinimos o sucumbimos a la fatalidad inherente en la identidad que nos ha sido dada por el azar.
Dos cuentos, ya canónicos, nos ofrecen una explicación de los tiempos y los espacios en los que reside la cultura y, la obviedad, de cómo esa residencia cambia con el tiempo y las generaciones de lectores. Hablo de Pierre Menard, autor del Quijote (en Ficciones) y El Aleph (en su libro homónimo). Borges se sirvió de ese par de narraciones, a primera vista un tanto pueriles, jamás prosáicas, para presentar su hipótesis del tiempo y el espacio -respectivamente- a los que se adhiere la cultura a través de las lecturas que se hacen de un mismo texto en diferentes años y geografías.

En literatura la línea que separa el plagio de la cita siempre ha sido si no del todo borrosa por lo menos sí bastante entrecortada. Es un ámbito bastante trajinado donde lo ilícito y lo permisible conviven en armonía y hasta con cierta felicidad. No es baladí por lo tanto imaginar la literatura como un mero ejercicio de citar y copiar incesantemente. Más ahora con la mecanización y accesibilidad digital a todo tipo de textos.
Para decirlo con una tautología: Pierre Menard, autor del Quijote aborda de lleno esa posibilidad cada vez más posible de llegar al punto de no poder distinguir entre un plagio y una inacabable serie de citas. Borges argumentaría que al final ambas son lo mismo. Por eso en ese relato lo hace a manera de broma seria y no con pocas dispersiones -al comienzo del cuento- para su propio entretenimiento y el nuestro. Hay un depliegue de ese juego literario que él tal vez no inventó pero sí patentó, id est la reseña verdadera de la obra inventada. Así, entre las obras previas que Borges enumera de Menard están: “e) Un artículo técnico sobre las posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre.” y “k) Una traducción de La aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La boussole des précieux.”
No hace falta apuntar que el libro de Quevedo sí existe y es una vituperación donde el modernísimo autor del Siglo de Oro Español ataca y ridiculiza el estilo literario “culterano” de Luis de Góngora. En cuanto al artículo técnico sobre cómo mejorar el ajedrez, ese sí no se encontrará a pesar de que se den a la más ardua y minuciosa búsqueda.
Tras enumerar la obra “visible” de Menard, Borges pasa “…a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo ventidós”.
Acto seguido, Borges en su cuento, preambula la justificación de su mofa literaria: “Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.” Aquí el juego borgiano se extiende hasta admitir su propia contradicción. Es la misma idea en la infinita Biblioteca de Babel donde para un libro existir debe también existir el libro que lo desmienta o lo contradiga. “[Menard] No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino El Qujote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.” En el párrafo anterior, y de manera deliberada, Borges enunció: “Quienes han insinuado que Mernad dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.”
La idea de que lo que transforma a un libro en un misterioso objeto con un infinito número de posibles permutaciones no es el texto sino sus lectores, está enunciado en el ensayo Nota sobre (hacia) Bernard Shaw que hace parte de Otras inquisiciones (1952). En él se lee explícitamente: “La literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es”…”Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída: si me fuera otorgado leer cualquier página actual -ésta por ejemplo- como la leerán el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura el año dos mil.”. Inferimos así que los libros que leemos hoy día dependen menos de la innovación, los prejuicios y las simpatías de los escritores y mucho más de ese anómalo e indefinible ente que es el llamado público lector. Una idea análoga se expresa en Kafka y sus precursores. Hay autores tan importantes como Kafka, Joyce o Borges que cambian la manera en que leemos a otros autor ya sean anteriores o posteriores a ellos.
Hacia el final del relato, leemos estas líneas: “He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la previa escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente. sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas.…” Ese otro Pierre Menard es el siguiente en la serie infinita de lectores que leerán un texto y se apropiaran de él en la medida en que sus sesgos e inclinaciones se lo permitan pues al fin y al cabo toda lectura es autobiográfica.
En un gesto nihilista, Borges no se abstiene de observar la poca importancia de estas tareas mentales. “No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura esa caducidad es aún más notoria….El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.”
Si Pierre Menard, autor del Quijote es una reflexión de cómo localizamos la cultura mediante las lecturas que hacemos de textos -clásicos, debemos agregar- en un tiempo o época determinada; El Aleph nos advierte dónde y de qué manera podemos y debemos percibir la cultura. El cuento mismo al comienzo es una serie de letanías sobre el propio patetismo de Borges como cortejador. Ella se llamaba Estela Canto, una joven escritora, traductora -hablaba inglés- y periodista con quien Borges mantuvo un intenso pero no retribuido vínculo sentimental que lo cautivó por los años en que Borges estaba urdiendo sus relatos más ambiciosos. Él no solo le dedicó El Aleph sino que le propuso matrimonio, oferta que Estela Canto rechazó.
El Aleph, como relato ya completo, fue publicado por primera vez en 1945 en la mitológica revista Sur. Ya para esa entonces Estela Canto había rechazado la oferta de matrimonio de Borges. Esa relación sentimental duró hasta 1952 y luego se transformó en una amistad de décadas. En el cuento Estela Canto se convierte en la ya fallecida Beatriz Viterbo. Con la distancia del tiempo podemos leer ese detalle inicial como algo inicuo pues no es del todo central en el desenvolvimiento de la trama de El Aleph. El narrador convierte en hábito el visitar cada 30 de abirl -fecha de la muerte de Beatriz- la casa donde ella vivió. Establece una relación con su primo hermano, Carlos Argentino Daneri. Borges describe esas visitas anuales como “Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las confidencias de Carlos Argentino Daneri.”
Entre esas confidencias están los esfuerzos poéticos de Daneri, a quien el relato lo presenta como un poeta menor cuya rimbombancia solo es superada por su mediocridad. Más adelante nos enteramos de que esa incongruente altisonancia poética del primo de Beatriz se debe al hecho singular que Daneri está trabajando en un poema que anhelaba describir la totalidad del mundo titulado La Tierra que “tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca disgresión y el gallardo apóstrofe.”
Un lector tan oportuno y heterodoxo como Borges no iba a dejar pasar la ocasión que le brindaba el personaje que él mismo había creado para interpolar una mordaz observación literaria: “Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable.”

Un día Danieri llama agitadísimo para anunciar que su casa iba a ser demolida. “Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para poder confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos.”…-¿El Aleph?- repetí. -Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todo los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.”
Para poder ver El Aleph, Borges el narrador, necesitó entrar a oscuras en el sótano de la casa ubicado debajo de una escalera, en total oscuridad, recostarse de costado y contar diecinueve escalones para encontrarlo. “El diametro del Aleph sería de dos o tres centimetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo.”
La idea de El Aleph, y la totalidad que poder ver a través de ese orificio ofrece, apunta hacia la preocupación de cómo percibimos la cultura desde una ubicación determinada. Y en la cultura la localización lo es todo, en ella el sitio subordina al momento. La explicación de qué “ver” y qué consumir culturalmente fue explicada años más tarde es un ensayo que fue leído con mucha atención por los escritores del boom, El escritor argentino y la tradición. No hay que olvidar que ni la cultura ni la tradición son puras, aseverar lo contrario equivale a alimentar una falsa ideología. “Quiero señalar otra contradicción: los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo.”
De esa manera El Aleph se transforma en una metáfora sobre cómo situarnos -nosotros los latinoamericanos- frente a la cultura Occidental. “Por eso repito que no debemos temer y que debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas, y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos: porque ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara.”
De la misma manera que Borges tuvo que asumir una postura muy particular para poder ver el Aleph, su magistral relato nos invita a que nos posicionemos, sin temor ni titubeos, ante “ese sueño voluntario que se llama la creación artística” pero de una manera que abarque el mundo entero y a la tradición humana sin excepciones. Solo así seremos verdaderamente latinomericanos, buenos o tolerables lectores y empáticos ciudadanos del mundo.
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