Por Dr Isabel Bussy
Se acaba de graduar de médica con una futura especialización en pediatría pero aún así encuentra tiempo para despacharnos estas meditaciones sobre el arte de contar una historia y la diferenciación semiótica entre historia y relato y cómo el tiempo encaja en los dos. Es una nota breve que abarca mucho: desde el determinismo del tardio Leibniz hasta la idea heracletiana del eterno devenir empezando con un modelo de narrativa adoptado por García Marquez en su saga de Cien años de soledad que justo comienza por la mitad del relato
Siempre tendría que ser desde la mitad, o desde algún otro punto en el tiempo. Pero esa frase ya viene demasiado cargada. Al decir “punto” asumo que el tiempo se deja dividir, que admite ser detenido el instante suficiente como para señalarlo con el dedo; asumo, en el fondo, una naturaleza estática, un tiempo que se comporta como una superficie y no como una corriente. Y al decir “mitad” asumo todavía más: que hay un final previsto, que hay un recorrido, y que ese recorrido es lineal.
Así que ni siquiera sé si mi propia pregunta es válida. Puede que esté hecha de la misma materia que quiere interrogar.
Quizá el problema sea que confundo dos cosas distintas. Una es la historia: eso que supuestamente ocurre, que se extiende, que tiene densidad. Otra es el relato: el gesto de alguien que decide dónde empezar a hablar. Los comienzos no pertenecen a la primera; pertenecen a la segunda. Nada empieza por sí mismo. Empezar es una operación que hace quien cuenta, y siempre la hace tarde, siempre desde después. El comienzo es una decisión retroactiva: no está al principio, está al final, disfrazado de principio.
Y sin embargo pedimos comienzos. Tal vez porque la única forma que tenemos de volver habitable el tiempo es fingir que se lo puede cortar; que hay un antes y un después y una figura recortada entre los dos. Que tenemos el control. Contar sería eso, parecería ser: imponerle una forma determinada a algo que supuestamente no la tiene, y aceptar que la forma es nuestra y no del tiempo.
No sé cómo empezó mi historia. Estaba en la cocina de mi casa hablando con mi hermano sobre filosofía y ahí llegamos al determinismo. Afuera, la sombra del árbol de la vereda se proyectaba encima nuestro, cubriendo mi pecho hasta caerse sobre la mesa y dejar todo el piso oscuro. Un auto pasaba en medio de la noche. Ninguno de los dos había prendido la luz. Seguíamos a oscuras, y mi hermano sostenía su vaso con las dos manos, como si el agua le pesara. Me decía que, si el determinismo es cierto, entonces la pregunta por el comienzo se disolvía sola. En un universo determinista, no habría primeros movimientos sino continuaciones. Todo instante seria la consecuencia entera del anterior y la causa entera del siguiente, y no quedaría ningún lugar donde meter el dedo y decir “acá”, “acá paso”. Mi hermano decía así mientras apoyaba el índice en la mesa. La mesa estaba oscura, por lo tanto, su gesto desaparecía.
Yo le contesté con Leibniz porque era lo único que había leído esa semana. Que Leibniz fue bibliotecario, genealogista, inventor de una máquina de calcular que casi nunca funcionaba, y que dos años antes de morir escribió noventa párrafos cortos para explicar de qué está hecho el mundo. Que cada una lleva adentro, plegado, todo su pasado y todo su porvenir, y que expresa el universo entero desde su punto de vista, sin recibir nada de afuera. Que si eso fuera así, la conversación que estábamos teniendo ya estaba escrita en nosotros desde antes de sentarnos, y también la sombra, y también el momento en que dejaríamos de vernos las caras.
Afuera, otro auto volvía a pasar.
Doctora Isabel F Bussy es una joven escritora argentina, traductora quieb hace poco residía en Florida y ahora está afincada en Buenos Aires. La terquedad de su generosidad la ha convertido en una colaborada esencial y multifaceta de nuestra revista. A ella le debemos, poemas, transcripciones y traducciones de ensayos y notas filosóficas de Alfonso Reyes y Estanislao Zuleta.
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