Por Marla Melissa Rojas
Los terremotos tienen la capacidad de sacudir, física y mentalmente, nuestra percepción no solo de lo trágico y de lo que es justo cósmico o por voluntad divina, sino también de resaltar esa apabullante vulnerabilidad e ineptitud que sentimos ante la magnitud de ciertos desastres naturales. Esta nota nos llega directamente de Venezuela y la publicamos tal y cual la nos llegó
La vida me ha exigido aplomo y yo lo he adquirido en rugosas circunstancias que se han suscitado en todo mi duro devenir con un average que va más allá del promedio. La templanza, el carácter rígido y resiliente me acompañan desde mi madurez.
Tal vez no sea fortuito que cada situación que atravieso (a veces es ella la que me atraviesa) me circunda en forma elíptica.
Si, así cómo un loop interminable de situaciones viscosas de diversa índole. Temas de salud, económicos, emocionales, sentimentales, familiares y otros tejidos averiados, los habría resuelto de diversas maneras. Sin embargo, a estas alturas de mi vida, jamás me había sentido tan sobrepasada por una situación tan ajena a mi voluntad como la que impuso la naturaleza el pasado 24 de junio de 2026, en mi país natal.
Venezuela se convierte ahora, no en el centro de una geopolítica trasnochada teñida por los tiburones de Rubén Blades acechando literalmente nuestras costas y cuyo desarrollo posterior no necesito traerlo ya que ya conocemos la historia . Venezuela ya no es tampoco la fila de reinas de belleza que expiran con un contrato anual. Venezuela tampoco ha figurado nunca como una de las democracias mejor ejecutadas en lo que va de la historia nacional. Y así podría seguir. Pero paro aquí con un frenazo frente a una maniobra inesperada tutelada por la pacha mama.
Nunca, en toda mi vida, repito me había sentido tan vulnerable o más frágil que una pluma o más indefensa que un neonato. Éstas imágenes que escribo no bastan para describir el carrusel multisensiorial de los movimientos telúricos que diluyeron como castillo de naipes zonas neuralgicas de nuestro amado hogar geográfico porque escuchen bien. Venezuela no solamente no es todo aquello que nombro. Venezuela en este momento se convirtió en una gran carpa a dónde acuden mi paisano y el tuyo ausentes de bienes materiales, con problemas de salud y muchas veces con estatus de deceso o desaparecido. Venezuela es pues, un país vulnerado por la furia telúrica que cede su condición de casa segura por una hila de sucesos desesperanzadores.
Ahora toca reconstruirla una vez más entre todas las manos que se han prestado a ayudar aunque el trayecto a transitar sea muy largo.
Necesitamos pues, un país remendado que sane viejas cicatrices y ahora cure insondables grietas.
Marla Melissa Rojas, Venezuela 1974, es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Central de Venezuela. Trabajó en áreas como la Comunicación Corporativa, la producción audiovisual y publicitaria. Es coautora del libro Barinas: tan imaginaria y tan real (PublicArte, 2014). En la actualidad escribe poemas, crónicas y ensayos para su blog: Habitante Plural.
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