Trump obviamente no tiene mucho que decir de un filósofo alemán del siglo XIX -o de cualquier otro filósofo aparte de mentar a Marx como una amenaza permanente- pero la filosofía de Hegel sí tiene algunas cosas de valor que aportar sobre lo que ha sucedido en Estados Unidos y las consecuencias que tendrá para todos nosotros el mandato del cuadragésimo séptimo presidente de la autoproclamada “mejor nación del mundo”
En Los Fundamentos de la Filosofía del Derecho, publicado en 1821, Friedrich Hegel escribió: “La opinión pública tiene sentido común pero está infectada por accidentes de creencias, ignorancia y perversidad.” Es una cita que por estos días resuena de manera lacerante entre “liberales y progresistas” de las llamadas democracias occidentales y entre ellas incluyo a varias de Latinoamérica. Igualmente, quizá sea válido decir que Trump es ya una figura histórica -hasta hace poco muchos pensábamos que él era una mera aberración o accidente- cuyo instinto político y modus operandi encarna de manera grotesca y aparatosa el Zeitgeist o “Espíritu de nuestro tiempo.”
Ese Zeitgeist que Trump y sus lugartenientes ahora simbolizan es el de un mundo escindido en dos mitades casi iguales. Trump ganó con un poco más del 51% de los votos (porcentajes similares se dieron con Brexit y recientemente en las elecciones de Turquía, Colombia, Chipre y Hungría entre otras) pero su victoria ha sido completa pues por primera vez desde 2004 no solo ha ganado el voto popular para los republicanos sino también el control del Senado, el Congreso y qué no decir del poder que ya ejerce sobre la Corte Suprema de Justicia. En Hegel la necesidad del cambio histórico se genera por un sentimiento de enajenación, en este caso ejemplificado en lo lejos que ya está para muchos “el sueño americano.” Ese cambio se hace a través del proceso dialéctico. Lo dudoso en el caso de Trump es si la dialéctica de tesis, antítesis y síntesis conlleva una forma más elevada de conciencia histórica y no lo contrario. Lo que sí ha revelado la dialéctica de estas últimas elecciones -si así se le puede denominar- son las profundas contradicciones para la mayoría de los grupos que votaron por Trump: el 52% de mujeres blancas, el 40% de latinos, la gran mayoría de la clase trabajadora yanqui y el 20% de afroamericanos.

Para Hegel “la contradicción es una determinación del pensamiento.” Las contradicciones personificadas en alguien como Trump son demasiadas y todas son problemáticas. De hecho, ha habido un proceso regresivo. Hegel, un idealista con tendencias cuasi-religiosas, concibió la historia como un proceso racional y de desarrollo. No obstante, esta victoria electoral desenmascaró de una vez por todas la real y fea faz política de la mayoría del electorado estadounidense. Votantes infantilizados con un deleznable discurso político y engañados ya por varias décadas con el mito del mencionado “sueño americano.” Un mito ahora alimentado por un sentimiento que combina la ignorancia con un nacionalismo arrogante. Es la “falsa conciencia” de la que hablaba Marx: “el pensamiento de los individuos que nunca llegan a ser consecuentes con sus condiciones materiales de existencia.” Individuos que votan en contra de sus propios intereses. Gente menos privilegiada imaginando a Trump como defensor de sus causas; inmigrantes latinos que han votado supuestamente para que millones de sus propios coterráneos y hasta amigos sean deportados tal y como lo prometió; mujeres blancas para quienes la misoginia de su candidato y las nuevas leyes antiaborto dictaminadas por la Corte Suprema no fueron suficiente para que ellas votaran por la segunda mujer candidata derrotada por Trump.
Otro aspecto en que podemos considerar a Trump, y a otros autócratas, dictadores y teócratas, en un espíritu opuesto al de Hegel es el de la existencia del Estado en contraposición a la de supuestos mesías políticos. “Una vez el Estado ha sido fundado, ya no puede haber héroes. Los héroes solo entran en escena en situaciones incivilizadas.” Hegel compuso estas líneas seis años después de la Batalla de Waterloo, cuando el reino del emperador francés llegó a su fin. Napoleón, recordemos, fue admirado por el pensador alemán quien lo llamó “la historia del mundo a lomo de caballo.” El populista, el demagogo y el emperador son antítesis de la función del Estado. Lo que Hegel tal vez falló en anticipar fue el cinismo que engendra esa brecha entre discurso oficial y realidad social, así como la naturaleza polivalente de los populistas modernos. Las instituciones republicanas son supuestamente más robustas que los embates de cualquier “héroe” político. Y es precisamente esa noción de la sobrevivencia de las instituciones gringas la que va a estar en juego a la vista del mundo entero.
No nos debe sorprender que el mejor artículo que se ha escrito sobre Trump no haya sido redactado por un periodista ni norteamericano ni británico sino cubano. Carlos Manuel Álvarez, editor de la Revista El Estornudo, asistió al mitín de Trump en el Madison Square Garden una semana antes de las elecciones. Fue un evento ampliamente comentado pero solo Álvarez dijo esto: “Trump miente continuamente, pero él no es una mentira. Sus palabras no son verdad, pero él, como palabra o como signo, sí lo es. El ego de Trump no puede separarse del ego nacional, no es distinto de él. Mientras más pasa el tiempo, menos puede verse a Trump como una persona. Es una especie de medium o un vacío alrededor del cual se articulan una serie de fuerzas abstractas, muchas veces contradictorias entre sí.” Y aquí regresamos una vez más al escenario de las paradojas y las contradicciones. ¿Cómo no hacerlo si su triunfo en las urnas se debe en gran medida a los votos de diversos grupos de personas que él ha insultado de manera cruel y sistemática? Es una victoria tan atroz como inesperada. No sería tan dolorosa o peligrosa si fuese otro país y no la república que al parecer el mismo Dios le ha dado la no poca responsabilidad de ser los adalides de la libertad y los policías del mundo.

El artículo entero de Carlos Manuel Álvarez en El País puede leerse aquí.
Nos olvidamos muy a menudo de que Marx denominó Ideología a la “falsa conciencia” y no a un sistema de ideas políticas como se lo entiende habitualmente.
Gracias Enrique por tu comentario. Lo interesante es que al parecer el mismo Marx nunca usó el término “falsa consciencia a pesar de que su nombre está intimamente ligado con ese concepto.” Quien supuestamente lo hizo por primera vez fue Engels en una carta de 1893 y luego ampliado por György Lukács en su libro “Historia y conciencia de clases” de 1923. Después Marcuse y Lefebvre lo retomarían y elaborarían aún más. En cualquier caso conceptos como ideología (como bien dices), mitologización y hasta hemegemonía -que Gramsci introdujo después- están todos relacionados de una u otra forma a la idea de la “falsa conciencia.”