Por Pablo Manzano
La filosofía del automejoramiento -y muy pronto los colorarios de su mercadeo e industria- ha alcanzado ahora el terreno de la neurociencia. Los correspondientes apóstoles de esta nueva ciencia hablan de potenciar y esculpir nuestros cerebros. ¿Su objetivo postrero?: acallar las voces de nuestros cerebros, ganar concentración y erradicar la depresión y posiblemente hasta la tristeza
La primera vez que oí hablar de neuroplasticidad (esa palabrita) fue en boca de una diva de la ética periodística. Recuerdo que dijo algo así como que la meditación (en realidad pronunció mindfulness) propicia cambios en el cerebro y te hace ser mejor persona. Desde entonces me he encontrado con el mismo optimismo (opio del pueblo, diría un personaje de Kundera) en varios artículos de neurociencia dominical (por su tono de homilía y porque suelen publicarse ese día de la semana), siempre ilustrados con fotos de alguien en posición de loto que te recuerda la importancia de vibrar alto, el breathwork, las organic vibes, el adiós a los patrones limitantes, resonar, soltar, sanar y brillar. En estos publirreportajes nunca falta una cita de Ramón y Cajal (siglo XIX), aquello de que cada cual puede esculpir su cerebro. Aunque hoy la expresión en boga es «hackear el cerebro». Es decir, controlarlo y potenciarlo, aprovechando su capacidad para cambiar y adaptarse (en respuesta a experiencias, aprendizajes, lesiones o enfermedades), con el fin de ahuyentar sentimientos negativos.
En el marketing de la neuroplasticidad dominguera, la negatividad son las rumiaciones asociadas a la depresión diagnosticada, institucionalizada, medicada (que al tener mejor lobby que la simple y compleja infelicidad está más naturalizada, aceptada, tolerada). «Ya que el cerebro tiene la habilidad de ver lo negativo como positivo, y al revés –dice un experto–, hackearlo favorece cambios en las conexiones neuronales y por tanto en pensamientos, sentimientos y conductas». Esto no solo permitiría alejarse de los estados de depresión y ansiedad, sino también aumentar la atención y capacidad de concentración.
Pero ¿cómo ser tu propio hacker? «La forma más sencilla es con esfuerzo, constancia, persistencia, autodisciplina, entrenamiento, superación». ¿Ha dicho sencilla? «Es una superhabilidad que se puede desarrollar durante la vida adulta», añade este entusiasta neuroplástico. Luego despliega un catálogo de eslóganes para persistir en el consumismo romántico: vivir siempre (a pleno) en busca de lo nuevo, lo diferente, «desafiarse a hacer algo nuevo cada día». Viajar (¿Acaso hay alguien que no pueda permitírselo?). Leer, escribir. «Mantenerse intelectualmente activo, no dejar de ejercitar la mente». Hacer actividades deportivas y culturales. Aprender a tocar el piano. Comer rico. Y por supuesto la meditación: «El mindfulness o conciencia plena es tener la mente en el momento presente para evitar enredarse con pensamientos negativos». La conclusión es que esta clase de experiencias y aprendizajes transforman la expresión de los genes (la epigenética, una vez más, usada para vender estilo de vida) y estos modifican el patrón anatómico de las conexiones entre las neuronas. El resultado es un cerebro hackeado y potenciado.
Por muy necio que uno sea, no se puede negar el carácter potenciador de todo lo anterior. De hecho, he oído que hay personas que salen a correr y se sienten mejor, ni siquiera parece afectarles verse embutidas en los diseños y colores de la ropa deportiva (o portar esos cascos para montar en bicicleta que tan felices lucen). La meditación sin duda también ayuda; yo consigo meditar diez minutos seguidos, y luego consigo estar más concentrado, experimentar al fin la soledad (sin voces en el cerebro), silenciar la culpa y el resentimiento, y hasta ser mejor persona (por otros diez minutos) ¿Qué más? Leer, escribir, sí, eso me mantiene a flote (más allá de que alguien me lea o no). Está claro que todas estas actividades son beneficiosas. Lo que ocurre es que, como dijo Miles Davis (o algún otro genio dotado para la música pero con una inteligencia limitada y tendencia a tratar mal a los demás), el día tiene muchas horas. «No existe un techo en el potencial que cada persona puede alcanzar –insiste el doctor motivacional–. Con constancia cada cual puede progresar en su capacidad cerebral hasta el último día de su vida». Pero en realidad sabemos que con los años no nos volvemos precisamente más listos, que no escribimos mejor que antes y que un cerebro más joven y bien nutrido de data nos pasa por encima. En realidad, sabemos que con los años el cerebro es un órgano más fácil de jaquear que de hackear. Vale, no vamos a dejar que nada nos deprima, menos un domingo. Más neurocoaching: «El científico español Ramón y Cajal consideraba que cada ser humano tiene la capacidad de esculpir su cerebro para su mayor bienestar y que la clave para hacerlo está en la neuroplasticidad». Al fin y al cabo, solo tres cosas importan en estos tiempos (es hora de asumirlo): pasarlo bien, tener buena conciencia, ser optimistas.
Un ejemplo muy citado cuando se habla de plasticidad neuronal tiene que ver con la adaptación sensorial. El cerebro reorganiza sus recursos para compensar la pérdida de un sentido como la vista, al cambiar la distribución y excitabilidad de las sinapsis en ciertas áreas. Que ante semejante desgracia las experiencias táctiles y auditivas empiecen a colonizar la corteza visual es algo maravilloso (o por lo menos un consuelo de domingo). Robert Sapolsky (Brooklyn, 1957) nos recuerda sin embargo que la tan celebrada neuroplasticidad es algo más amplio, con aspectos no menos relevantes, como la cantidad y los tipos de adaptación y cambio que puede experimentar el cerebro de cada persona.
«No existe un techo en el potencial que cada persona puede alcanzar –insiste el doctor motivacional–. Con constancia cada cual puede progresar en su capacidad cerebral hasta el último día de su vida»
El cerebro también puede cambiar en respuesta a ciertos traumas y trastornos haciendo que el hipocampo se atrofie, se encoja, alterando el aprendizaje y la memoria (esto también es neuroplasticidad). Sapolsky se centra en factores determinantes relacionados con el entorno: tu ambiente fetal y social, tu crianza, tu infancia, tu adolescencia… Si los adolescentes suelen ser como son, es porque la corteza frontal, un freno clave en el control de los impulsos, no es del todo funcional a esa edad. «Es la región cerebral menos moldeada por los genes y más moldeada por el entorno –dice Sapolsky–. La adolescencia es la última etapa en la que el entorno y las experiencias van a moldear tu cerebro y determinar tu versión adulta». (Esto también es neurociencia, aunque quizá no tan dominical).
Entonces, no es solo que cada cual pueda esculpir su cerebro (palabra santa de Cajal), sino también que el cerebro que hoy tienes fue esculpido (hackeado) por factores sobre los que no tuviste ningún control, lo que determinó cuán amable, inteligente, relajado, motivado o disciplinado has llegado a ser en esta vida. No es solo que el mindfulness, las clases de guitarra, los viajes, el deporte, la cultura, la cata de todo lo nuevo transformen la expresión de los genes, sino también que los genes regulan la facilidad o dificultad con la que tu cerebro cambia en respuesta a esas actividades de agenda completa. Para la epigenética, los genes se manifiestan según las señales del entorno (no se trata solo de hábitos o estilo de vida), que los activa o desactiva. Esta variabilidad, en función del entorno, contribuye, por ejemplo, a la síntesis de la bendita serotonina y otros neurotransmisores, lo que explicará las diferencias individuales en materia emocional: ánimo, actitud, comportamiento, pensamientos, sentimientos… Todo muy pertinente para estimar (voluntarismos al margen) cuán alegre o triste podrá ser una persona, o si podría superarse con algo de resiliencia (otra palabrita).
«Los tratamientos más audaces se han realizado con electrodos en el cerebro, conectados a un miniordenador implantado en el pecho…Se conoce el caso de un paciente que tuvo una recaída; al ser examinado se comprobó que la batería del ordenador estaba agotada. Se la cambiaron, y volvió a experimentar un bienestar antes desconocido»
Como has visto y verás, hay diversas maneras de hackear tu cerebro para que (nada más importante) puedas sentirte bien contigo mismo/a/e. Desde meditar y huir de la rutina hasta experimentarlo todo al máximo. Sin olvidar los fármacos para la señalización de un neurotransmisor, o bien para bloquear su síntesis, liberación o acceso a un receptor.
Desde hace una década, además, se han sumado otras alternativas de hackeo, como técnicas para estimular la zona correcta del cerebro, que permiten reprimir (o inducir) emociones. Los tratamientos más audaces se han realizado con electrodos (o chips, no entiendo muy bien) en el cerebro, conectados a un miniordenador implantado en el pecho. El ordenador detecta si algo no va bien y envía suaves descargas que paralizan el área supuestamente responsable de la depresión. No es que hasta ahora haya sido un éxito ni mucho menos, sin embargo varios pacientes en Estados Unidos e Israel han reportado la ausencia mágica y repentina de aquellos pensamientos oscuros de toda la vida. Se conoce el caso de un paciente que tuvo una recaída; al ser examinado se comprobó que la batería del ordenador estaba agotada. Se la cambiaron, y volvió a experimentar un bienestar antes desconocido.
Son más comunes, sin embargo, otros tratamientos menos invasivos (y menos polémicos) a través de la estimulación transcraneal. Aquí se usa un casco con electrodos que consigue inhibir o estimular ciertas actividades cerebrales. Aunque de momento los resultados tampoco son para tirar cohetes, una periodista de la New Scientist que se sometió al experimento dijo que nunca antes se había sentido tan centrada. «Fue casi una experiencia espiritual. No es que me sintiera iluminada. Más bien tuve la sensación de que por primera vez en mi vida mi cerebro por fin se callaba. Fue decepcionante cuando me hicieron quitar el casco».
Por ahora estas técnicas de hackeo solo consiguen potenciar el cerebro y aumentar las capacidades de concentración por un corto periodo de tiempo. Pero quién sabe (más allá de los impedimentos actuales) cuál será el escenario a largo plazo. Se dice que la meta es un cambio o desplazamiento de la estructura cerebral que podría producir una nueva revolución cognitiva. Seres modificados mediante la técnica, capaces de alcanzar su bienestar y su máximo potencial sin haber tenido que pasar ni cinco minutos por el tedio de concentrarse en su propia respiración (ni consumir neurociencia de domingo). Seres emocionalmente distintos, ni tristes, ni cabreados, ni gregarios, ni identitarios, que podrían hacerte parecer obsoleto/a/e, con tu hedonismo talibán y tu buena conciencia.
Pablo Manzano es cuentista y escritor argentino quien reside actualmente en Viena. Es autor de los siguientes libros de ficción: Spoiler (Editorial Batata, Buenos Aires, 2025) Celebración (Equidistancias, Londres-Buenos Aires, 2022), El rencor de los bufones, El puente de la jirafa (Barataria,. España, 2006 y 2008), El asesino de canciones (Tandaia, España, 2017). En 2008 tradujo cuentos de O’Henry, publicados con el rótulo de Esto no es un cuento y otros cuentos (Barataria). En 2009 participó en la antología argentina La erótica del relato (Adriana Hidalgo Editora). Ha colabroado con diversas publicaciones literarias, como Quimera, Hermano Cerdo y Boca de sapo, e igual y más recientemente en la publicación digital Revista Polvo
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