Por Sergio Sotelo
Se ha dicho que el sentido de la vida -si es que la tiene- está en los pequeños rituales cotidianos de la existencia. Esos actos que repetimos una y otra vez por necesidad o deseo y que construyen la realidad que habitamos y también nuestra identidad. Nuestro editor adjunto al otro lado del Atlántico nos invita a pensar en la posibilidad de disfrutar de lo que no está ni estuvo nunca, de disfrutar de lo que no será, de lo que no fuimos. Disfrutar de la expectativa truncada y hasta del deterioro
He oído hablar de una forma de éxtasis que no la provocan ni el entendimiento ni la belleza, sino la obstinada repetición. Uno empieza y termina, va y viene, recomienza y concluye, se adentra por los mismos senderos para luego volver sobre sus pisadas. Una, otra, y otra vez. La circularidad del mundo, como la del deseo, no es un trazo que se cierra sobre sí mismo. No es ni siquiera una voluntad de complitud. Es un mero abandonarse al esfuerzo, un desapego de la expectativa. Ahora que la primavera empieza a ser memoria me siento tentado por la idea de que hay un clímax de lo mismo y un placer que es hábito, que es rutina sin ceremonia. Al mismo tiempo, me pregunto si no será ya hora de disfrutar de lo que no está ni estuvo nunca. Disfrutar de lo que no será, de lo que no fuimos. Disfrutar de la expectativa truncada y el deterioro. Miro el álbum de fotos que traje de casa de mi hermana y me siento viejo, incapaz de seducir o dejarme seducir. No lo sé, tampoco estoy del todo seguro. Por más que aparente lo contrario, empiezo a no tener claro cuándo fue que se aceleró el tiempo. Cuándo y cómo fue que se nos arrugó el corazón. Tengo las manos hinchadas de tanto trabajar en el huerto; con la piel agrietada en el contorno de las uñas negrecidas. Perdona mi insistencia: por favor, cuando entres o salgas, cierra la verja tras de ti…
Cuanto más te alejas de ti mismo, más probable es que acabes sucumbiendo a tu destino. No tenemos un ángel que nos guíe, ni siquiera un demonio. Somos un ángel endemoniado con alas de cera y plomo que vuela a fuerza de errores y cuya clarividencia —no la mía o la tuya, sino la nuestra— es apenas más concluyente que un verso libre. En la inmediatez del yerro, en la evidencia metálica del mañana, en el instante donde recordaste tu segunda muerte reside la verdad precaria de lo que somos. Tú, a tu manera; yo, a la manera de entonces… Ahora, en palabras de prosa apresurada, es hora de dar cuerda al reloj.
Hay silencio. Apenas se oyen uno o dos coches en la avenida. También, el susurro de la calefacción de gasoil, que no cuenta porque no distrae. Oigo un pájaro que gorgojea; luego, otro. Agudizo el oído, no sea que el sonido esté solo mi cabeza, o en mi imaginación. Pronto entrará diciembre, y parece un poco tarde para que todavía se oiga cantar a los gorriones. Pero se oyen. Un día como hoy, hace siglo y medio, muy cerca en el calendario, un pedagogo frustrado y fabricante de lápices que invirtió el orden de sus nombres de pila —de D.H. a H.D.— anotó en sus journals, unas palabras que cargo en el bolsillo como unas monedas de las suerte. Decía Thoreau que es preferible, o más sencillo, escribir en un lenguaje llano, común. Luego añadiría: “El poeta ha echado mejores raíces en su tierra natal que cualquier otro hombre, y por eso es más difícil de trasplantar. Si hay un lugar donde un hombre es rico y fuerte, debe ser en su lugar de origen. Aquí he estado cuarenta años aprendiendo el idioma de estos campos para poder expresarme mejor. Si viajara a las praderas, las entendería mucho menos, y mi vida pasada me serviría de poco para describirlas. Muchas malezas aquí representan más vida para mí que lo que lo harían los grandes árboles de California, en el caso de que pudiera viajar hasta allí. Solo necesitamos viajar lo suficiente para dar un respiro a nuestras mentes”.
…si cierro los ojos —y aún sin hacerlo— hay veces en que consigo que mi ansiedad se licue en un plomo líquido de deseo, en la sensualidad del asombro…
Solo yo sé lo arduo que ha sido llegar hasta aquí; superar mis bloqueos y la sensación de haberme extraviado sin remedio, como ese pingüino en la película de Werner Herzog —Encuentros en el fin del mundo— que abandona la manada para encaminarse en la dirección opuesta, donde sin el amparo del grupo y sin acceso a comida, en la intemperie de una tormenta que se arrebuja en un cielo distante y aún así inminente, no sobrevivirá solo. Mi ánimo ha sido siempre un poco perdidizo, zambraniano, lo que admito sin afectación, no por tirarme un lance que sería ridículo, sino porque a estas alturas he entendido que de nada sirve obviar las cosas o esconderlas, sino integrarlas mal o bien o peor en tu vida. Desde anoche, tengo una imagen en la cabeza que me tonifica y me dibuja una media sonrisa. Como un cantante que se baja del escenario en mitad del concierto, hago gestos a mi tropa de ángeles y demonios, para invitarles a que me sigan por entre el patio de butacas, y de ahí al vestíbulo, y luego a la calle. Yo murmuro las letras de mi canción, con voz de falsete, con ademanes y aspavientos, alentando a la banda a que continue tocando no mi música, sino nuestra música. Por mucho que ensayemos, nunca terminamos de sonar afinados, esta troupe de pobres diablos que somos, pero como dicen en el Rio de la Plata, “la pasamos bien”. Hace una tardenoche templada, y la luz de las farolas nos secunda en nuestros pasos mientras encolumnados vamos brujuleando con ánimo festivo, de carnaval, por las calles del centro de la ciudad. Poco a poco, procurando no llamar la atención, me voy rezagando, con disimulo bobo, para que el trompetista y el trombonista, la violinista y el tipo flaco que toca la percusión, el saxofonista y la bajista, vayan tomando ellos la delantera. A ratos suenan los fraseos de una murga uruguaya, luego un vals. Más tarde, los ritmos de una canción klezmer que nos enseñaron unos judíos anglófonos de Montreal. Caminando y caminando, hemos alcanzado un barrio de la periferia. Al igual que un ciclista que busca el rebufo del pelotón, todavía con miedo a quedarse colgado, pero ya no tanto, todavía con la comparsa de una música que ahora oigo en la distancia, me subo los pantalones caídos, tentado de encender un pitillo rubio que no fumo. Siempre un cigarrillo gauloise. Con un gesto coqueto, me subo también el cuello de la americana, mirando a mi ensemble irse en la distancia, a punto de que se los trague la noche… Espero que de ahora en adelante sepan valérselas sin un solista. Yo, la verdad, nunca quise ser un frontman.
“El poeta ha echado mejores raíces en su tierra natal que cualquier otro hombre, y por eso es más difícil de trasplantar.”
Quién no se ha acercado algún rato a la orilla de una playa o un río, para con descuido, o todo lo contrario, como sin darle importancia al gesto, aunque también, coger del suelo una piedra aplanada —¿un canto?— y con un movimiento grácil y rápido, incluso forzado y teatral, como de golfista amateur, extender el brazo, la muñeca, los dedos, entrecerrando los ojos y dilatando la respiración, proyectando un deseo hacia el futuro y ver e imaginar cómo ese canto, ¿esa piedra plana?, bota y rebota en dos, o tres, o cuatro golpes, sobre el espejo de una agua mansa y calma… pah, paah, paaah, paaaah. Yo lo hice ayer, una vez más, asomado a un mar que baña por igual todas las geografías, sin saber si es Buzzards Bay o la ría de Noia o la playa de Hornbaek.
Negua es una palabra de una excepcionalidad discreta, como casi todas las que dan sentido a mi experiencia más o menos íntima del mundo. No debería sorprenderle a casi nadie: todas las lenguas que hablamos en las naciones de las “zonas templadas” —ahí o aquí, entre los trópicos y los círculos polares— reservan una palabra para designar al invierno. Para mí, que tengo el euskera cada día más olvidado, más de lo que me gustaría admitir, negua nombra mucho más que una estación o un período del año. Negua es también un estado interior de recogimiento. Una expectativa diferida.
Hasta que me mudé a Nueva Inglaterra, un lugar en el que pocas cosas son tan definitivas como las drásticas variaciones de clima y paisaje, nunca había entendido, en rigor, que la vida y la naturaleza están flechadas hacia la repetición. Hacia lo que vuelve. Miro una foto que tomé hará un lustro, inventariando una composición que conozco de memoria. Ese árbol desnudo de hojas con apenas una franja de cielo por arriba; enmarcado entre el ocre de una arboleda al fondo y unos helechos secos; con la nieve de un blanco saturado orillada en su margen inferior. Nunca daté esta imagen que hice de camino a la la estación de tren de Alewife, junto a la bicisenda del Minutemen. No obstante, recuerdo bien que la tomé en una de esas tardes ferales y ventosas típicas de los febreros eternos de Nueva Inglaterra. La imagen evoca un paisaje de invierno, pero también su negativo. La primavera y su promesa. Los arces plenos de verde y los magnolios en flor. Evoca el trazo demorado de un círculo. Es solo cuestión de esperar. Esperar. Negua.
Los suelos nunca duermen, y aún así, aquí en Massachusetts, en tres, o cuatro, o cinco semanas, según la latitud, en el Boston metropolitano, y en Cape Cod, y en los Berkshires, tras las últimas heladas, la tierra despertará a la vida. Luego, un mes después, en demorada progresión, o no tanto, los farmers y horticultores locales cosecharán rábanos tempraneros, manojos de espinaca, atados de col de Toscana… Más tarde, patatas “nuevas”. Después ya será verano. Con convicciones que son a veces frágiles pero también resilientes, uno renueva cada equinoccio de marzo su fe en el tiempo circular y en la economía asequible de los cuidados. En esas estoy estos días, sembrando los plantines para mi huerta bajo una luz LED en la cocina; fotografiando en el trabajo la vista sugerente de los campos que unos inmigrantes italianos de apellido Volante, empezaron a señorear hace ya un siglo largo. Primero en Newton, y luego en Needham.
Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.
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