Se lee a los clásicos con prejuicio y sus adaptaciones al cine o la televisión a menudo cometen el doble pecado de la profanación y el desengaño, ya que toda lectura es -en última instancia- autobiográfica. Pedro Páramo y Cien años de soledad consideradas hasta ahora casi inabordables para la pantalla han sido ambas estrenadas en menos de una semana. ¿Es diciembre del 2024 el momento en que Netflix refutó a puristas, escépticos e incrédulos?
Lo que une a Juan Rulfo y Gabriel García Márquez no es poco y es variado. Hay una simbiosis entre estos dos autores que con el pasar del tiempo se hace más notable. Para empezar está la conocida anécdota literaria que en 1961 el poeta colombiano Álvaro Mutis luego de haber convencido a García Márquez de irse a vivir a México le entregó una copia de Pedro Páramo a Márquez diciéndole: “lee esto para que aprendas a escribir”. Márquez, con sus tendencias mitómanas, declaró tiempo después que era capaz de recitar la novela de Rulfo al derecho y al revés. Igualmente, ni Rulfo ni Márquez fueron ajenos al cine. Este, junto con Carlos Fuentes, escribió en 1964 el guion de una segunda novela de Rulfo, El gallo de oro, que inicialmente apareció en la pantalla, y no en un libro.
Pedro Páramo y Cien años de soledad fueron ambas concebidas y escritas en Ciudad de México, algo que no pudo haber sucedido en la más urbana y europea Buenos Aires. Las dos obras presentan problemas para la narrativa convencional del cine y a las dos las alimenta el credo del animismo. un concepto que une cosmológicamente a mayas y aztecas con las creencias hindúes de los Upanishads. El animismo le atribuye un áníma a todos los objetos del mundo sean orgánicos o inanimados: árboles, piedras, el polvo o un sartén. Todo está interconectado en una especie de anticipo y expansión del concepto contemporáneo de Gaia. En Cien años de soledad Melquiades, el gitano que cada año lleva el progreso a Macondo, con “áspero acento” declara mientras le demuestra a José Arcadio la mágia de los imanes: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”. Así, los muertos no desaparecen del todo sino deambulan por las habitaciones, calles y veredas que conocieron. De hecho en Comala un muerto se convierten en la principal voz narrativa mientras que Macondo es fundada para tratar de escapar la presencia del fantasma asesinado de Prudencio Aguilar a quién José Arcadio Buendía mató con una lanza cruzándole el cuello. Prudencio, tras haber perdido una apuesta en una pelea de gallos le dice enardecido a José Arcadio -«A ver si ese gallo le hace el favor a tu mujer»- reprochándole no haber consumado su matrimonio con Ursula Iguarán tras un año de vida conyugal porque su joven esposa estaba convencida de que iban a parir hijos con cola de marrano. Fue una afrenta que el primer Buendía no pudo ignorar.

En 1967, tres años después de El gallo de oro y el mismo año de la publicación en Buenos Aires de Cien años de soledad, Comala y su patriarca, Pedro Páramo, fueron llevados por primera vez al cine. Hubo muchas expectativas ante esa producción. Personas del medio y los círculos literarios, incluyendo el mismo Rulfo, creían que era un acierto y el momento adecuado para llevarla al celuloide. El rodaje y la producción recibieron gran ayuda estatal; el guion fue escrito por su director Carlos Velo con la colaboración de Carlos Fuentes. La cinta fue estrenada en Cannes. No obstante, el papel de Pedro Páramo no le fue dado a un actor mexicano, que los había en cantidad y buenos, sino al galán hollywoodense John Gavin. Además, Velo decidió presentar la narración de manera lineal por suguerencias de otros.
Al final no solo los críticos sino el director y hasta los mismos actores expresaron su decepción con el producto final. A pesar de los bombos y platillos de su estreno, el público permaneció indiferente y Rulfo, que inicialmente habia expresado su entusiasmo por el proyecto, lo declaró un monumental. desacierto. No hay que olvidar que Rulfo fue un dedicado y consumado fotógrafo del México rural con un gran refinamiento estético y un lenguaje fotográfico a la vez lírico y poético, como en sus libros.
A pesar de su epíteto de “inabordable”, lo cierto es que tras el debacle de 1967 han habido al menos tres intentos más de filmar a Comala y sus habitantes. En 1977 apareció Pedro Páramo. El hombre de la media luna dirigida por José Bolaños. Una adaptación de casi tres horas que obvió por completo los aspectos oníricos de la novela para convertirla en una producción cuasi-italiana a juzgar por los resultados. Baste decir que el personaje de Susana San Juan fue interpretado por la actriz rubia y ojiazul Venetia Vienallo. En 1981 el telenovelista y cineasta Salvador Sánchez hizo otra versión de Pedro Páramo. Tres años antes había hecho El recurso del método de Alejo Carpentier y ocho después haría Gringo viejo, la novela de Carlos Fuentes. La versión de Sánchez ha virtualmente desparecido pues es casi imposible obtener referencias de ella y menos aún ver la película. Y lo que pasó con el Pedro Páramo del 2009 con un guion y posible dirección de Mateo Gil lo comentaré un poco más adelante.
Tras los éxitos de la serie Narcos y el largometraje Roma, Netflix parece haber entendido el atractivo global de ciertos elementos de la narrativa y la estética latinoamericana. Después de todo el realizador británico Christopher Nolan ya ha hecho varias películas relativamente existosas adaptando temas de su autor preferido: Jorge Luis Borges. Entonces, si Hollywood ha podido vertir algunas de las más complejas obsesiones borgianas al cine por qué no intentarlo con dos narraciones tan aclamadas y conocidas sobre esa América dejada atrás por el gran discurso de la historia. Mundos de sociedades sin Estado ni Dios, dominadas por figuras patriarcales y plagadas de superticiones. Netflix sabía que los dos proyectos, a la vez únicos y complementarios, requerirían encarar dos textos acervos de la literatura de América Latina. Libros que idiosincraticamente han logrado forjar una consciencia continental y proyectarla al resto del mundo. Las dos tareas implicaban un gran esmero tanto literario como visual y para validarlas habría que hacerlas con la parrticipación de talento local.
Pedro Páramo
Borges la describió en su momento como «una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aún de la literatura». Posee una de las prosas más poéticas jamás escritas en castellano. Es una enrevesada y troceada narración de horror presentada al lector en 70 fragmentos. Su formato anticipa a Rayuela y su temática -en parte- a Cien años de soledad. En realidad es una historia de horror, un gótico mexicano de amor fustrado, muerte, muertos, incesto y asesinatos. Es también una homilía contra la injustica de los desposeidos. Asimismo es un libro atmosférico, delirante y agobiante. La versión fílmica de un libro tan original como Pedro Páramo tiene que darle sentido a una narración heterodoxa mientras que debe capturar su ambiente opresivo y esa realidad en la que Rulfo transformó lo simple e inocente de lo mundano en algo siniestro y premonitorio.
Netflix estrenó la película el 6 de diciembre. El rodaje duró un poco más de cincuenta días. Se filmó en Nayarit, San Luis de Potosí y Ciudad de México. Tan solo en San Luis de Potosí se emplearon más de 2.500 personas entre ellos extras (unos novecientos), artesanos, cocineros y músicos. Fue dirigido por Rodrigo Prieto, un cineasta nativo de la capital mexicana quien ha colaborado con realizadores de la talla de Iñarritu en Amores perros, pero más recientemente Greta Gerwin en Barbie y Martin Scorsese en Killers of the Flower Moon. El guion fue trabajo del canario Mateo Gil quien en 2009 iba a dirigir una nueva versión de Pedro Páramo que fue cancelada por problemas de financiación. Gil es un polifacético de la cinematográfia: es director, editor y productor. Una elección atinada pues se requiere una edición muy diestra para darle coherencia a una novela tan breve pero de tan díficil lectura. Se dice que la novela misma sufrió un enorme proceso de edición en la que Rulfo la redujó a una fracción de su versión original hasta dejar un texto que en palabras del propio autor “ni él mismo entendía”.
En cuanto al reparto, la versión de Netflix cuenta con varios actores mexicanos ya un tanto curtidos al sol de Hollywood. Manuel García-Rulfo, quien supuestamente está emparentado con el gran escritor, interpreta a Pedro Páramo. Él ya ha trabajado con Netflix en la serie The Lincoln Lawyer. Tenoch Huerta hace de Juan Preciado, el hijo que llega a Comala en busca de su padre desconocido y Dolores Heredia es Susana San Juan. El mejor de los tres, tal vez porque también tiene el papel más exigente, es Tenoch Huerta. Es un tanto irónico -por aquello de su apellido- el hecho que a Manuel García-Rulfo le falte un poco de la maldad y lo canallesco del gamonal descrito en el libro. Mientras veía la película pensaba en la cara del ex-presidente colombiano Álvaro Uribe y me conformaba con la idea de que el arte no siempre logra imitar la realidad pues no es más que un simulacro. El sexo, la muerte y la maldad intrínsica quizá sean pruebas fehacientes de ello.

De las tres interpretaciones cinemáticas de la fantasmagórica Comala, es la de Netflix la que mejor representa los aspectos oníricos y sobrenaturales del libro. La escena explicita del incesto, verbigracia, es impactante pues en vez de ser filmada en un recinto cerrado y lúgubre se hace en una choza destechada en medio de un desierto y a la luz del día. Una mulata desnuda bajo un sol abrazador y de pie ante un hombre tirado en el suelo -el Juan Preciado de Tenoch Huerta- es una imagen difícil de borrar. Igualmente la pensión de Eduviges Dyada en la que Juan Preciado se aloja es tan opresiva y oscura como se vislumbra en el libro. Un último aspecto que esta última versión omite es el humor existencialista que surge más de una vez en la novela. Es algo que pasa casi imperceptible en la lectura del libro y solo se evidencia en su relectura. Luego de ver el estreno de esta nueva versión, la escritora mexicana Alam Delia Murillo escribió: “Este país, donde la Muerte se escribe con mayúscula porque nos define de manera inexorable, a veces brutal y otras poética, no ha encontrado una metáfora más poderosa que la historia de Pedro Páramo”. Lo mismo, tristemente, podría decirse de otros países de América Latina.
Cien años de soledad
Cinco días después de haber lanzado Pedro Páramo, Netflix estrenó la obra que pusó a Latinoamérica en el mapa cultural del mundo. La novela que logró que por primera vez los europeos y norteamericanos nos empezaran a copiar en vez de nosotros copiarlos a ellos. El caso es que Comala y Macondo comparten bastantes similarities: el segundo nombre es casi un anagrama del primero, son pueblos míticos que ya solo pueden existir en un tiempo fraccionado y circular en donde nos topamos con luchas revolucionarias, pobreza rural, patriarcalismo, incesto, animismo y ciertamente lo fantasmagórico. No obstante en Cien años de soledad nos encontramos con un ente de razón muy diferente a Pedro Páramo. Aquel exuda una prosa delirante con décenas de ramificaciones y está condensado en poco menos de 500 páginas y 20 capítulos. La exuberancia de Cien años de soledad contrasta con la lúgebre melancólica que Rulfo usó. La fuerza vital de Márquez es poco menos que un anatema para la prosa del mexicano. La otra diferencia fundamental, y que aquí nos concierne de sobremanera, es que nunca antes se había intentado filmar la novela del colombiano. Al parecer, antes de su muerte en 2014, Márquez rechazó varias propuestas de Hollywood para filmar su libro. Tal vez la versión europea de Crónica de una muerte anuciada y la estadounidense de El amor en los tiempos del cólera lo dejaron convencido de la futilidad de llevar su prosa a la pantalla. Para él, su saga familiar no podría ser abarcada con justicia en una sola película donde Arcadio Buendía fuese un Robert Redford hablando no con ese seductor castellano garciamarqueziano sino en un inglés con dicción pero sin convicción.
Ahora sabemos que los hijos de Márquez han estado este año activos con su legado. Primero la publicación de una novela postuma, En agosto nos vemos, que el propio autor pidió fuese destruida ya que “este libro no sirve”. Borges afirmaba que quien no destruía su propia obra en realidad no deseaba su total desaparición. Rulfo destruyó dos veces La cordillera, su novela pos Pedro Páramo que la gente le solicitó con ahínco. La otra insurbordinación a los deseos del novelista muerto ha sido la serie de Neflix. Márquez nunca creyó posible adaptar su más famoso libro al cine o la televisión pero sus herederos, obviamente, han pensado de manera diferente.
¿Ha valido la pena la desobediencia filial? En una palabra: sí. Indudablemente habrá quienes defenestren lo que ha hecho Netflix; primero por ser un producto de Netflix y luego por infinidad de cosas más: algunos acentos no del todo colombianos (el gitano Melquiades tiene un acento español que a mí parecer es muy acertado), la escogencia de ciertos pasajes y la exclusión de otros, la falta de más realismo mágico -esta producción parece optar por presentar lo mágico de una manera real- y el reparto de ciertos personajes que en nuestras lecturas los imaginamos diferentes. No obstante, uno de los grandes aciertos de la serie ha sido el no ser totalmente fiel al libro y, como en el caso de Pedro Páramo, tratar de capturar la esencia de ese delirio existencialista y esa alborotada tristesa que permea la historia de las siete generaciones de Buendías en Macondo. Y está una intermitente voz narrativa que por instantes logra conferirle la idea que estamos viendo una de las grandes obras literarias de nuestro tiempo.
Netflix dice haber gastado U$50 millones en la producción de la serie. Estos ocho primeros capítulos solo cubren la mitad de la novela y los siguientes ocho se espera estén listos a mediados del 2025. Siguiendo el mismo método de filmación que en México, la serie se grabó exclusivamente en Colombia donde dos Macondos fueron contruidos bajo gigantes hangares de avión cerca de las ciudad de Ibagué, en el occidente colombiano. Según el gigante del entretenimiento yanqui, se emplearon más de 900 personas en la produccion, el 97% de los actores son colombianos y se filmó en 22 municipos de Colombia.
Quien haya leído y disfrutado el libro no puede acercarse a esta seríe sin escepticismo. La exhuberancia de la novela hace que cualquier intento de filmarla se convierta en una interpretación más que una adaptación. Hay tantos relatos en Cien años de soledad que cualquier seríe tendría problemas incluyéndolos a todos. Es un texto épico y una serie igualmente épica (van a ser 16 horas de televisión sobre un solo libro). Lo que ha hecho Netflix puede disfrutarse -en muchos casos quizas más- sin haber leído el libro. Es lo suficientemente larga para que los personajes sean vez más creíbles y familiares. En la serie, como en el libro, abunda la poesía que el argentino Alex García López y la colombiana Laura Mora han logrado vertirla a imágenes que permanecen en el espectador. Están, por mencionar varias, la perenne nostalgía de ultratumba en el rostro de Prudencio Aguilar, sus continuas apariciones y su amistad espectral con Jose Arcadio; Úrsula Iguarán dando luz a su primogénito en medio de la densa cienag, agarrada de pie a un palo; Úrsula, de nuevo, bañándose a la luz de la mañana; el rescate del cuerpo muerto de Melquiades con un buitre parado sobre su estómago; el momento en que José Arcadio pierde su cordura y se necesitan varios hombres para controlarlo y derrumbarlo al suelo y junto al castaño donde permanecerá atado; cuando Amaranta decide quemarse la mano tras el suicidio de Pietro Crespi, su admirador rechazado; la luz y la composición escénica que acompañan la figura de Rebeca comiendo tierra y por supuesto el hilo de sangre como una delgada y elongada culebra que sale de la alcoba de Rebeca y José Arcadio, se desliza por debajo de la puerta y recorre la calle hasta llegar a la casa de los Buendías pasando en medio de los nietos de Úrsala, que juegan en el suelo del comedor, antes de detenerse a los pies de ella.
Entre mis recelos se encontraba cómo la serie iba a negociar las partes más controvertidas del libro y entre ellas los varios pasajes con sexo. El sexo y el erotismo son magistralmente descritos en los libros de Márquez. Ambos son fuerzas vitales y transgresoras de la moralidad y catálizadores en la transformación de personajes. La serie contiene desnudez, hay sexo y erotismo y la visualización de ninguno de los tres decepciona. Verbigracia, el instante en que Aureliano José le ve “los pezones morados” a su tía Amaranta Buendía y “toda su piel se eriza”, José Arcadio acostandose con Pilar Ternera o cuando Rebeca decide subirse por primera vez a la hamaca del mismo José Arcadio, todas están bien filmadas. La clasificación de la serie es de 18 años (una rareza menor en Netflix). Otro acierto, en menor grado, es el humor. Existe pero lo que vemos en la pantalla parece incidental comparado con esa mofa soterrada pero continua que Márquez sostiene a través de toda la novela.
Y para no ser tachado de subjetivo, he de mencionar dos cosas que me desobligaron. La primera es la falta de un presupuesto suficientemente como para que el galeón español que encuentra José Arcadio Buendía y sus compañeros en medio de la cienaga no hubiese sido un mero mástil de barquito. Lo segundo es más sustancial. La narrativa de la guerra civil es más prominente en la pantalla que en la novela. Es un tema importante en el libro pero está subordinado a las realidades de la convivencia y precariedad en Macondo.

La ficha de presentación de la serie se ufana de haber hecho más de diez mil audiciones antes de decidir el elenco. Hay prueba de que sí hubo un esfuerzo concertado. José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán tanto en su juventud como en la madurez son estúpendos. Marco Gonzáles y Susana Morales representan a la jóven pareja mientras que a Diego Vázques y a Marleyda Soto les corresponde los años ya maduros del matrimonio patriarcal. La actuación de Soto crece con cada capítulo. Viña Machado como la seductora Pilar Ternera, es un deleite verla. A ella la seguimos y somos testigos tanto de sus veleidades como de sus sufrimientos. Es una actuación impecable. Remedios Moscote, la menor de edad e hija del corregidor enemigo José Arcadio Buendía y de quien el Coronel Aureliano Buendía se enamora -aquí Márquez bastardiza el Romeo y Julieta de Shakespeare- es interpretado por Cristal Aparicio quien logra comunicar la candidez y derroche de amor con que Márquez la describe en el libro. Hubiese sido imposible que esas actuaciones hubieran superado la sensación de incredulidad en una versión cinematográfica de dos horas y media. La extensión de la serie ayuda a disolver varias de nuestras suspicacias.
Netflix ha confrontado a puristas, incrédulos y escépticos con un esfuerzo monumental, con dinero (algo que muchos no van a poder aceptar del todo) pero también con bastante respeto por estas dos novelas esenciales para los latinoamericanos. Son versiones que existen por sí solas, nos guste o no, independiente de los libros. Y es precisamente por eso que también está la posibilidad -nada negligible en los dos casos- que sus espectadores se conviertan en lectores.
En ZTR Radio encuentran un par de coversaciones sobre estas dos fascinates novelas: Pedro Páramo, una homilía contra la injusticia y Gabriel García Márquez Medio siglo después de Cien años de soledad
No sé si son gazapos o,… pero:
Similitudes ?
Tristeza ?
Por qué “Márquez” ? Y no García Márquez ?
Coincido con el autor en su apreciación sobre Pedro Páramo. Visualmente lograron capturar ese mundo de sueños-pesadillas de manera magistral. Añadiría que también hay investigación sobre Rulfo y sus influencias. De hecho, Cristina Rivera Garza menciona en su libro Había mucha neblina o humo o no se qué, el hecho de que el escritor mexicano fue lector de Maria Luisa Bombal y su novela La amortajada. Hecho que se refleja en esa primera escena que más que un descenso al hades, es un devenir raíz desde la muerte. En lo personal quedé también gratamente impresionada con la versión e interpretación de la novela.
Ahora, sobre la Serie Cien años de soledad, dada la extensión de la novela, haberla convertido en serie fue un acierto, comercial y del guión. Igual coincido en los aciertos, respecto a la fotografía de la serie, me pareció muy buena. La mayoría de las actuaciones también fueron acertadas en la selección de actores. Claro que he escuchado críticas frente al acento costeño, pero como mi oído es bastante ignorante en esas cuestiones, creo que los actores logran aproximarse a este (desde ese acento que los cachacos afirmamos es costeño). La dirección de arte, que se fija en los objetos de la escenografía, es bastante acertada. Me gustó la serie y coincido con sus apreciaciones. Solo hay algo personal frente a las series en lo que siento un mal sabor, su enfoque de mercadeo: tener a la audiencia cautiva por tantas horas. Al menos en las películas hay certeza de que son solo 2 o 3 horas y ya acabó. Pero claro, la novela tiene una extensión que amerita muchas horas de rodaje.