Fue una de las figuras públicas más reconocidas de la Argentina. A raíz de su fallecimiento ha sido exaltada como la gran intelectual que fue pero también ha disparado -a causa de sus posiciones políticas de los últimos años- un reguero de insultos, acusaciones y, sobre todo, mentiras. Aquí una nota personal de alguien que la conoció personalmente y que puede dar crédito de su honestidad intelectual
En el año 1980, la editorial Fondo de Cultura Económica lanzó en la Argentina Nadie nada nunca, una de las principales novelas de Juan José Saer. Se vendieron no más de cien ejemplares. Uno de los compradores fui yo, más concretamente en la Librería Hernández de la calle Corrientes de Buenos Aires. Saer, casi desconocido entonces, no lo era para mí, que había leído por lo menos La mayor, Cicatrices, En la zona y esa genialidad titulada El limonero real. No es que yo fuera un lector aventajado: conocí la literatura de Saer a través de la persona que dirigía un grupo de investigación (los otros dos eran Jorge Warley y Carlos Mangone, y creo que había alguien más que no recuerdo) sobre la histórica revista Martín Fierro, que Borges y sus amigos habían editado en la década del 20. Pero no sólo a Saer me abrió el camino esa persona, por ella descubrí -entre muchos otros- a dos analistas culturales que se convertirían probablemente en la columna vertebral de todo mi aparato crítico: el inglés Raymond Williams y el francés Pierre Bourdieu. En plena dictadura militar, con una universidad arrasada por la represión, quienes intentábamos dentro del país reactivar el debate intelectual, hacíamos eso: fundábamos revistas culturales, casi artesanales, organizábamos lecturas, armábamos grupos de investigación. Y nos aferrábamos a aquellos intelectuales -de izquierda- que habían permanecido en el país, a veces en condiciones desventajosas, como la persona de que hablo. Tenía entonces (yo) 25 años y ella 38.
Esa persona, y perdónenme que inserte aquí una anécdota personal, no solo fue para mí una guía intelectual: en momentos difíciles llegó a socorrerme económicamente, y me consiguió trabajo como corrector (y sinonimista) en el Centro Editor de América Latina, donde además conocí a otras personas relevantes para mi aprendizaje como Susana Zanetti o Josefina Ludmer. Me dio espacio en su memorable revista “Punto de vista”. Y a pesar de haber dejado de contactar con ella durante décadas, se tomó su tiempo para responderme hace apenas unos años, cuando le pedí opinión sobre un artículo que escribí precisamente sobre Saer (publicado en esta misma Perro Negro). Esa persona se llamaba -ahora debo decirlo en pasado- Beatriz Sarlo.
Beatriz Sarlo fue seguramente la figura de mayor protagonismo en el campo intelectual argentino desde los 80 en adelante. No solo introdujo a las nuevas corrientes de culturales del mundo, en gran medida como editora de Punto de vista, sino que formó al menos a dos generaciones como docente universitaria, y escribió algunos de los libros más importantes sobre la literatura argentina, desde Sarmiento a Fogwill o Alan Pauls. Su muerte ha despertado tal catarata de artículos, notas y comentarios, que no creo que el mío pudiera aportar algo realmente nuevo a la descripción de su extraordinario papel intelectual en la segunda mitad del siglo pasado (y en el primer cuarto de este).
Pero al mismo tiempo, su participación tal vez desmedida en las polémicas políticas de las últimas décadas deja cicatrices difíciles de cerrar entre quienes no compartimos su aversión profunda y a menudo injustificada, con el que ha sido el mayor intento del campo popular argentino -así lo entiendo yo al menos, para dejar claro de entrada de qué lado me pongo- de oponerse a la marea neoliberal que arrasa el mundo: la versión kichnerista del peronismo.
Es difícil, para un lector que no es argentino, explicar por qué la realidad del país en que nací y donde dediqué al menos veinte años a la política revolucionaria, está marcada desde hace tres cuartos de siglo por una antinomia al parecer irreconciliable: de un lado los peronistas (que no son -somos- solo peronistas, sino aquellos que reconocemos el liderazgo histórico y transformador del peronismo aunque no compartamos muchos de sus postulados o sus estrategias); del otro los “gorilas” (denominación histórica que agrupa a toda la derecha, pero también a una amplia clase media que no necesariamente es de derecha, pero comparte con ella su desprecio racista por los sectores populares -los “negros”- , y una izquierda ridículamente anclada en presupuestos dogmáticos). Pero no es quizás éste el espacio más adecuado para tratar de explicarlo. Y sí, probablemente Beatriz Sarlo estuviera más cerca de los gorilas.
Sin embargo, la desavenencia política -que comparto- no puede justificar los juicios y descalificaciones viscerales que, en gran medida desde el prejuicio y hasta me atrevo a decir la ignorancia, cunden también en boca de ciertos comentaristas y -sobre todo- en el pantano pútrido de las “redes asociales”.
A quienes le echan en cara su tarea insidiosa y agresiva de demolición de los gobiernos kichneristas (en la cual coincidió sin duda con los peores reaccionarios del país y en las páginas de los medios de comunicación más cómplices de las derechas), vale la pena recordarles que tampoco tuvo empacho en calificar de “gobierno de los CEOs” al gobierno de Mauricio Macri que los reemplazó entre 2015 y 2019. Su pecado, en todo caso, fue el de una honestidad intelectual que no le permitió nunca tragarse su pensamiento ni aun cuando pudiera ir contra el mainstream. Recuerdo, por ejemplo, que fue una de las pocas que criticó de entrada el intento de “recuperación de las Malvinas” que la dictadura utilizó para reforzar su imagen interna en 1982 (y que una amplia mayoría, yo incluido, apoyamos ingenuamente dejándonos arrastrar por el discurso patriotero de quienes llevaban seis años reprimiendo al pueblo).
La militancia juvenil de Sarlo en Vanguardia Comunista, un partido maoísta de ambiguas actitudes respecto al peronismo, y el conflicto entre intelectuales que había provocado disidencias en la entonces importante revista “Los libros” aparentemente por diferencias al respecto (y que tuvo su eco tardío después en los comienzos de Punto de vista, como la salida de Ricardo Piglia de la misma), sirvieron para que muchos la acusaran de reivindicar el nefasto gobierno de Isabel Perón y el brujo López Rega. Me consta que no fue así: algunos (me contaba entre ellos) militantes de aquellos tiempos, nos negábamos a apoyar un golpe militar que suplantara al sistema democrático, por nefasto, represor y corrupto que ese gobierno se demostrase. Yo mismo, la mañana del 24 de marzo de 1976, me fui a la Plaza de Mayo a ver si se planteaba algún conato de resistencia al golpe (Sarlo también, aunque en ese tiempo yo no la conocía). La plaza estaba atiborrada de tanques de guerra, así que si algunos tuvimos intenciones de resistir, evidentemente no era la situación apropiada. Pero resistirse al golpe militar no significaba en absoluto defender al gobierno isabelista. Significaba, ante la disyuntiva, defender los mecanismos democráticos frente al autoritarismo dictatorial.
No todas las izquierdas lo entendieron así, e incluso algún partido de la izquierda tradicional llegó a reivindicar a Videla como supuesto integrante de un sector más progresista dentro de las Fuerzas Armadas. Los 30.000 desaparecidos posteriores no les dieron la razón.
Si algo caracterizó la vida de Beatriz Sarlo, fue su honestidad intelectual: supo autocriticarse, incluso, cuando ella consideró que había tomado posiciones equivocadas. Como cuando, renegando de su pasado maoísta, adhirió cada vez más a posturas socialdemócratas que fueron hegemonizando “Punto de vista”. No fue ajeno a ese viraje (sin que yo lo comparta en absoluto) la falta de autocrítica con que la misma izquierda peronista sacralizó la violencia de sus propias organizaciones sin aceptar -o mejor dicho, sin siquiera llevar a debate- los errores políticos cometidos, también responsables del fracaso de los ideales setentistas.
Que Beatriz Sarlo, fallecida poco antes de la Navidad de 2024, fue una de las más grandes intelectuales argentinas, casi no lo discute nadie. Pero me gustaría además dejar sentada mi opinión de que, coincida o no con sus actitudes políticas de las últimas décadas (y la respuesta es “no”), ella tuvo la valentía de defenderlas con argumentos, sus argumentos, y no suplantarlos con meras consignas, con el facilismo de seguir las corrientes dominantes, o el irracionalismo del insulto. Eso tiene un nombre: honestidad. Y no todos, ni entre los intelectuales ni -mucho menos- entre los políticos argentinos, pueden demostrar lo mismo.
Enrique D. Zattara es escritor, crítico literario y ensayista nacido en la Argentina y residente en Londres. Autor de más de veinte libros publicados. Director del proyecto cultural multimedia El Ojo de la Cultura Hispanoamericana (https://edzattara.wixsite.com/elojodelacultura) y de Ediciones Equidistancias.
El vídeo es una entrevista de Beatriz Sarlo en el programa Los Siete Locos de la TV argentina con Cristina Mucci
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