Es siempre un deleite lingüístico y emocional -para tratar de definirlo de alguna manera- el recibir las entregas, desde el otro lado del Atlántico, de uno de nuestros colaboradores más apreciados y leídos. He aquí una serie de reflexiones sobre esa paulatina metamorfosis tanto emocional y semiótica que conlleva esa extraña obligación que es vivir y sus siempre ocultos derroteros
Se me van juntando las palabras como pelusas debajo de la cama y el sofá. Aparte de anotarlas, aquí no sé muy bien qué hacer con ellas. Sensualidad, injerto, banal, rutina, detalle…
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Aguanto la respiración y me sumerjo con un movimiento de calculada demora, girando mis brazos hacia atrás. Seguidamente, pateando con ambas piernas, me impulso hacia adelante, aunque no necesite moverme para que el ejercicio sea exitoso. Todo lo que quiero es probarme a mí mismo que puedo permanecer bajo el agua el equivalente a llenar esta cuartilla, que llamo así por algo que no termino de decidir si es convención o amaneramiento. Mi voluntad se ha convertido en un ingenio tan precario que apenas si ambiciono más. Siento como el oxígeno se achica en mis pulmones, y ahí siento una presión leve en la frente, o sobre los ojos. Hace ya unos instantes que he dejado de moverme y, sin embargo, la imaginación prosigue su buceo. Hay algo aquí abajo que no había advertido ahí dentro. La conciencia está sobrestimada, como lo está el entendimiento: ni la una ni el otro, son motores, solo móvil. Muevo los brazos en círculos, confiado de que he batido mi mejor marca de hace años. Esta es mi profundidad. Puedo ser consecuente. Al menos hoy.
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Viajo en tren a Aarhus, aunque tan solo por un par de noches. A mi lado se ha sentado un hombre en el que me veo a mis setenta años. Me imagino en él. Lleva un reloj de muñeca de los que hay que dar cuerda. Lo sé porque le he preguntado sobre el detalle, lo que no le ha parecido una indiscreción. Eso, al menos, me ha parecido su sonrisa pícara. Tras sus gafas de montura fina, asoma un temple raro, con un punto de mansedumbre que es también fiera, o audaz. No sé cómo explicarlo, pero su rictus plácido tiene algo filoso. El hombre viste unos pantalones de rayas azules y blancas, muy parecidos a dos o tres pares de pantalones que he tenido a la vuelta de los años. Gasta un look atildado y bohemio, pero nada ostentoso. Sus pantalones han sido lo primero que me ha hecho pensar en mí mismo de viejo. Luego, enseguida, el libro que ha sacado de su mochila apenas se ha subido al tren; con parsimonia y movimientos demorados, sin regatear tiempo. Un libro sobre fósiles, que compruebo de reojo está lleno de ilustraciones de trazo artístico. No es un libro académico, sino un ejemplar con la factura amable de esas colecciones de divulgación científica. Viajo a Aarhus sin un propósito concreto. Aarhus entró en la geografía de mi curiosidad por capricho, gracias a un libro que compré hace unos meses en Porter Square Books. Más allá de su título –Creativity—, me llamó la atención por su pequeño formato. Adoro los libros de bolsillo, preferiblemente de no más de un centenar de páginas. Me gusta cargarlos en la americana o el chaleco como antes lo hacía con las cajetillas de gauloises franceses, los cigarrillos que fumaban los exiliados latinoamericanos en París de los libros de Cortázar o Rybeiro. Filias literarias. Yo los fumaba rubios, con filtro, haciendo acopio de cartones en los duty free de Londres o Biarritz. En las novelas que leía por entonces, los personajes los fumaban negros, como aquellos ducados que eran tan populares en España. Aquellos cigarrillos rasposos que te agrietaban la voz y el hambre. Los libros de bolsillo son hoy mis Gauloises, que abro con igual vicio, pero sin culpa, para matar un rato o la ansiedad. Ese librito sobre la creatividad forma parte de una serie de monografías muy asequibles, que en Estados Unidos publica la Johns Hopkins University de Baltimore. Pero, originalmente, los escriben académicos daneses de las facultades locales del campus de Aarhus. Tengo varios títulos de la colección: uno sobre la felicidad; otro sobre el juego; un tercero sobre la calma… Así de erráticas son mis derrotas emocionales y los planes volubles en los que invierto mis vacaciones. Fuera de la asociación entre esos libritos de bolsillo, no hay otro motivo para que haya incluido en mi itinerario a Aarhus, y no Odense o la sueca Malmö. Mi compañero de asiento siestea con los brazos cruzados sobre el vientre, en una postura grácil y noble que transmite sosiego. Su sueño me da licencia para observarle con detalle, e imaginar —especular venialmente— cuáles serán las emociones y pensamientos que constituyen la psyche de las personas más ancianas. Ignorante y frívolo, siempre he negado la mayor, no queriendo aceptar que lo mismo que lo hace el cuerpo, también la mente y el corazón deben de envejecer. No hablo de la mera fisiología. Durante mucho tiempo, descarté la idea de hacerme mayor con ilusión y autenticidad. No me interesaba hacerlo. Imagino que ello tiene que ver con el hecho de que nunca había encontrado sugestiva la vejez. No me pasa ahora que siento que mi deterioro físico es irreversible, y veo a mis hijos adolescentes salir al mundo hambrientos, con un afán que envidio. Sin querer dar una tonta trascendencia a pequeñas cosas universales, a cosas que son banales en el noventa por ciento de las ocasiones, no puedo no reparar en cómo mi ánimo y mi temperamento mudan. Es simple: conforme cumplo años se empiezan a aquietar mis deseos y anhelos, que también se vuelven un poquito más deliberados. Todo me importa menos, pero mejor. Con escepticismo, desprejuiciadamente, con una aquiescencia que ni me cuesta ni necesito expresar. Hay días en los que hasta me ilusiono con hacerme viejo, sin saber siquiera cuál será el devenir de mi vida o el provecho. Es extraño decirlo, sonrojante, pero me siento como un actor al que ya no le cuesta tanto recordar sus líneas o sus diálogos. O como un bailarín que sigue la coreografía vana de la vida sin tanto esfuerzo. Lo digo sin soberbia, de verdad. Me ha comentado varias veces mi amigo J., que es quien edita estos diarios, que le gusta la candidez con la que los escribo. Creo que por fin entiendo a qué se refiere. Mientras pienso en J., en la tutela inspiradora y discreta que ejerce desde mis tempranos veinte años, casi como un hermano mayor, oigo a mi vecino de vagón regresar de su sueño tras una secuencia de expiraciones nasales, ruidosas. Hago un retrato mental de su rostro sereno, que enmarcan un pelo cano que es escaso y aún así crespo, y una barba levemente descuidada, más mentón que bigote… En lo que queda de trayecto, rehuiré su mirada, en la superstición de que si se siguen cruzando nuestros ojos es probable que él pueda ver más en mí, que yo en él.
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Hoy ha sido uno de esos días que no había marcado en el calendario, inútiles de anticipar. Un día sin provecho ni sin el lastre de un mal sentimiento o prejuicio. No ha sucedido nada reseñable en este jueves, si acaso un tránsito de las horas inusualmente dócil. Hasta entrada la tarde me han rondado la cabeza dos palabras. Intemperie —como en el título de esa novela de Seix Barral en la que aparece la cabeza ladeada de una oveja— y cáscara. Intemperie. Cáscara. Intemperie, cáscara. Musitando para sí una y otra, resuelvo que debo aferrarme tan solo a una de ellas. Descartar la segunda.
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Hay algo que no soy yo, que ni siquiera me concierne, y que debería haber comparecido antes en estas páginas de tinta de plomo, si no hubiera sido por la espesura de una niebla de palabras que siempre, o casi siempre, tengo frente a mí. En derredor. Manoteo el aire, entornando mis ojos llenos de moscas de miope, como quiere tironear un cortinón, con el ansia de ver más allá. Alguien habló, y no recuerdo dónde o con qué propósito, del “oficio de tinieblas”. Un oficio que supongo antiguo como las cuevas de Lascaux. La belleza de la conjetura y la imposibilidad van mano con mano con la belleza cegadora de la existencia. Hablo de la mía, pero también de la tuya, de los ritmos circadianos de la memoria, la gran prestidigitadora. Es curioso que me hayan preguntado precisamente en Facebook cuándo daré a la luz de la tinta estas mariposas aleteando en la pantalla tersa del ipad. Me había excusado diciendo que estaba juntando el coraje para hacerlo, o buscándoles un título. Lo que necesitaba era convencerme —convencerme de las cosas es lo más difícil, lo más riesgoso— de que sería capaz de llegar algún día hasta este cruce de caminos. A esta encrucijada. Ahora creo que sé qué dirección tomar, y cómo concluir estos diarios. Ya en clave biográfica, aunque por última vez ahora que he resuelto cambiar de registro, diré que hay una mujer polaca a la que cantaré un día canciones italianas con ritmo de tango. Como Paolo Conte. Via, via… Vieni via di qui… Entra in questo amore buio.
Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.
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