Por Claudia Jaramillo
Nos alegra, y harto, volver a publicar otra entrega en esta serie de crónicas que son ráfagas de pensamiento y vivencias condensadas siempre en unas cuantas palabras. Aquí siete párrafos que diseccionan esos papeles de uniformidad, anonimidad y reinvención que con el tiempo todo migrante urde para dejar de sobrevivir e intentar empezar a vivir
Un migrante lo es para siempre
Vamos por una calle y mi hija pregunta por el uniforme de colegio y le digo que solo sirve para uniformar las ideas, ella me contesta que es práctico, así no tiene que pensar cada día en qué se pone. Silencio. No tengo nada que agregar a su lógica. Es verdad. Mi hija no lleva uniforme, es una máquina de estirarse, va directo a las estanterías que yo no puedo alcanzar. Porque yo soy bajita por cuestiones de genética y ella es alta como una palmera del Valle del Cocora. Yo estudié en un colegio público que era el único de la ciudad que no tenía uniforme. Hasta que un día nos obligaron a llevar la misma ropa. Había mucha evidencia entre los hijos de padres ausentes que se fueron a buscarse el futuro en la USA, que para compensar la huida de la paternidad, llenaban a sus hijos de ropa de marca y los otros hijos de padres en paradero desconocido. Para equilibrar la balanza, nos pusieron uniforme, para las chicas una falda azul tristeza que no combinaba en absoluto con mi frustración. Odiaba la idea de ir uniformada como si fuera de un comando militar, paramilitar, una milicia de barrio, un equipo de fútbol patrocinado por el narco del barrio. Al final me acomodé a esa ropa sin gracia porque me dio el poder de la invisibilidad.
Colombia está otra vez de moda, fue puesto en el panorama por Netflix con la serie Narcos, pero por un tiempo, nadie se acordó de esa esquina del mundo y nos dejaron tranquilos matándonos los unos a los otros. Ahora hay artistas del país que chillan por las radios con su música para mover el culo. En aquella época Colombia ya no sabía distinguir entre amigos y enemigo y puse distancia y un avión me dejó Madrid y aquí sigo usando la técnica del uniforme para pasar desapercibida. Escondí en lo más profundo de mi ser mi calor del trópico hasta volverse metafísico. Cambié mi tumbao por un paso ligero, con afán de no malgastar el tiempo, como si los minutos se fueran a alguna parte. Me adapté al medio por pura supervivencia.
España es la capital de Latinoamérica, es el país refugio de la opresión, de lo inevitable. Es el lugar de la reconquista, donde venimos a nombrar las cosas, nuestro mundo. Somos como una amalgama en la que cabe todo, nos juntamos con el resto del continente que perdió el derecho a llamarse América. El idioma nos une y nos separa a la vez. Las fronteras son políticas, eso lo sabe cualquiera. Una vez aquí conocí gente de Perú, Ecuador, Chile, Argentina, Bolivia, cada uno con su propio exilio de distinto significado pero igual peregrinaje, salir de casa, perder la identidad. No tener papeles es no tener rostro. No existes en el sistema y si no estás ahí, pierdes el derecho a ser persona. Un migrante lo es para siempre, tienes que aprender a nombrar el mundo. Hasta que te pones en la cola interminable de la burocracia y juegas sus reglas en un idioma que no quieren que entiendas. Si tienes suerte, en unos cinco años te sacas el diploma de la residencia y entras al sistema sin romperlo.
La palabra papeles es aterradora y algunos inmigrantes rompían el sistema desde adentro. Se hacían autocasting para protagonizar el show de sus vidas. Se prestaban el carnet de identidad y pasaban desapercibidos las batidas policiales que buscaban irregulares. Iban por la vida buscando su gemelo de cara y pasaban desapercibidos, silenciosos, como ninjas de los Andes.
Hace poco fui a un restaurante en el que jefe llamaba a los camareros por sus estudios: ingeniero, contador, arquitecto. Ese es el primer destino de muchos inmigrantes, es un mientras tanto: mientras la visa, mientras los papeles, mientras homologan el título, mientras la burocracia se ahoga en sí misma, mientras sale otra cosa. Pero ese mientras a veces se alarga un matrimonio, un hijo, una hipoteca y se convierte en un ahorita, un ya casi, un nunca.
El que migra lo hace para siempre. Me gustaría de verdad que la gente dejara de preguntarme que de dónde soy, ¡pues de la Tierra, de dónde voy a ser sino! De la misma parte de todos los demás, hijos de la muerte.
Yo, cuando desperté, no sabía bailar flamenco. Los papeles vienen sin nada. Tener la nacionalidad no te da privilegios. Yo era la misma mujer sin dinero en el banco pero con pasaporte Español.
Claudia Jaramillo es cofundadora y Editora Adjunta de Revista Perro Negro en Madrid. No sabemos si ella esté de acuerdo con su descripción, de madre, poeta, cronista y diseñadora. Y en ese orden. Sus poemarios Poemas, Otro mundo colgado de promesas y Al margen de las cosasen Amazonpedidos on line o en Google Books
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