Por Nicolás Sánchez
Colindando con la amazónica, está la selva del Guaviare colombiano donde recientemente se descubrió “La Capilla Sixtina” del arte rupestre. Esto prueba la presencia y obra de seres y tribus ancentrales contemporáneas a la revolución neolítica de la agricultura y la aparición de las primeras civilizaciones. Esta, primera de tres, es una nota exclusiva desde una zona que antes era territorio de violencia paramilitar y guerrillera
En Colombia se ha descubierto que hay más pasado que con los asirios, los griegos, los romanos, los incas, los africanos y los españoles. En San José del Guaviare, en el sureste del país, se encuentra la llamada “Capilla Sixtina” del arte rupestre; un lugar con cientos de cuevas, tepuyes y cañones de piedra en donde hace cerca de 13 mil años unos seres, muy parecidos a nosotros, pintaron en paredes animales antediluvianos, jaguares y también muchas lagartijas, tejidos geométricos, locuras y hasta viajes lisérgicos. Son como avisos para navegantes en medio de un mar de árboles que se pierden en el horizonte.

Llegar hasta San José del Guaviare no es una tarea tan salvaje como podría parecer viendo un mapa de Google Earth. En realidad, a pesar de estar prácticamente en el perímetro de la Selva del Amazonas, se llega en unas cuantas horas de camino por buena carretera, saliendo de Villavicencio, y otras cuantas más si se sale de Bogotá.
No es un viaje exento de contratiempos importantes, sobre todo porque yendo desde Bogotá a Villavicencio puede haber derrumbes mortales en la carretera que atraviesa la Cordillera Oriental, que es una suerte de barrera natural de 5 mil metros de altura que separa el centro de Colombia de toda esa extensa planicie que comparte con Venezuela. Es una cadena de montañas, muchas veces entrapadas de tanta lluvia, y otras tantas con caprichos tectónicos que desconciertan a los geólogos.
Esta travesía ha sido uno de los hitos más significativos de la ingeniería colombiana ya que, aunque es un recorrido de solo 125 kilómetros, hace 20 años eran necesarias unas 10 horas de paciencia y vómitos para poder atravesar su carretera serpenteante. Hoy en día ese recorrido se hace en 4 horas, 2 horas para salir del dentesco tráfico de la capital colombiana y otras dos para disfrutar de túneles, puentes, vestigios de derrumbes y valles abismales.

Dejando atrás esas montañas, las que también hace más de 200 años atravesó Simón Bolívar con un ejército de lanceros durante la campaña independista contra España, se llega a Los Llanos Orientales, entrando por Villavicencio, la capital del Departamento del Meta, para iniciar la segunda parte del recorrido. Este parte presenta otros riesgos que, aunque no significan caídas de gran altura como en la cordillera, puede encontrarse, por ejemplo, con que el Rio Ariari se ha llevado un tramo importante de la carretera.
Los ríos en Los Llanos orientales de Colombia son ríos viejos; tienen la costumbre de ir por un cause más o menos definido, con un caudal aparentemente perezoso, pero su fuerza es tal que, de vez en cuando, les gusta perderse en el monte y derribar lo que encuentren a su paso, no con el brío juvenil de una quebrada de montaña, sino con la paciencia y empuje de un cuerpo milenario, lleno de experiencia y con ganas de joder a más de uno. Esa es la belleza del Ariari, que es el río que acompaña nuestro camino desde San Juan de Arama, prácticamente en las faldas de la Sierra de la Macarena, hasta que este se derrama para convertirse en el Río Guayabero, en el, aún más poderoso y viejo, Río Guaviare. En medio de un paisaje completamente plano (se dice que la planicie entre Colombia y Venezuela era el fondo de un mar antiguo) vemos los cultivos de yuca, plátano, piña, pero, sobre todo, vemos unas extensiones enormes de palma de aceite que se ha convertido en el principal adversario de la selva; es un paisaje lleno de verde, pero es un verde engañoso, es un verde que se exprime al máximo como si fuera una granja de marranos. De la palma se aprovecha hasta la bilis que no tiene.
Después de darnos un baño reparador en la quebrada que baña San Juan de Arama, salimos en dirección a San José Del Guaviare; hacemos una parada para desayunar en Fuente de Oro, un pueblo que ha renacido después de que la violencia paramilitar y guerrillera de los años 90 y 2000 lo dejara casi en ruinas. Al igual que San Juan, Vistahermosa, Mesetas, y todos los demás pueblos que rodean la Sierra de la Macarena, Fuente de Oro se había convertido en un centro de tránsito de mercancías ilícitas y grupos ilegales que buscaban el cobijo de la sierra y de la selva, buscando todos cualquier excusa para mostrar su poder. Si un joven de 16 años era descubierto llevando diésel para una peligrosa cocción de aguapanela con queso y pan, la posibilidad de regresar a su casa era mínima (el diésel es utilizado en las cocinas de los narcos para el proceso de extracción de la pasta de cocaína), todos lo sabían y por eso era mejor arrasar el monte y cocinar con leña. Pero siempre habrá algún adolescente revoltoso con ganas de tentar al destino; esos adolescentes no tuvieron futuro, desaparecieron en el “conflicto armado” y pasaron a ser un número más, o no, de las estadísticas de la violencia: Son tiempos pasados que no fueron mejores y que todos desean que no vuelvan jamás.

Nuestra siguiente parada es Puerto Lleras, un pueblo con nombre muy digno, y que, en realidad, es un puerto de chalupas que llevan transitando de un lado a otro del Ariari desde antes de que existiera Macondo. Imagino que ese nombre se lo dieron en honor a una de las familias más parecidas a la tradición feudal por estas tierras, tanto que la familia Lleras es sinónimo de presidentes y terratenientes con cierto aire de cuento de hadas. En fin, el asunto es que en este puerto fluvial han construido un puente poderosísimo que comunica la margen norte del Ariari con una vía de acceso directo a la sierra de la Macarena por el sur. Cuando uno llega a ese puente la primera pregunta que llega es: ¿A dónde va? Al cruzarlo para despejar dudas, entendemos que va a la nada de la selva, las trochas y los caseríos de colonizadores que, como una espina de pescado, van haciendo pequeños caminos desde la troncal, metiéndose monte adentro, tumbando árboles “de a poquito”, pero siempre dejando una herida en la jungla para intentar escapar de la precariedad que, al final, siempre los atrapa. A pesar de estos accesos violentos a la virginidad de la naturaleza, este puente se antoja que sea un cruce estratégico para permitir que vehículos con armamento pesado puedan entrar por el sur de la Sierra en caso de que los guerrilleros se pasen de la raya. No hay certeza de que ningún tanque de guerra haya tenido que cruzarlo aún, pero es mejor estar preparados.

Ya estamos cerca, solo nos queda atravesar el poderoso Río Guaviare.
Nicolás Sánchez no es jugador argentino de rugby, es un ingeniero químico de profesión quienes en sus ratos libres se dedica a la lectura y a la música. Reside en Bogotá y esta es su segunda colaboración para Perro Negro
Imagen principal, arte en la roca en La Colina Cerro Azul, Serranía La Lindosa, región del Guaviare. Imágenes en el artículo en orden de aparición: Cordillera Oriental saliendo de Bogotá; vista de la Sierra de La Macarena desde San Juan de Arama; Chalupas en el Río Ariari; Puerto de La Libertad en Puerto Lleras. Todas las fotos cortesia de Nicolas Sánchez.
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