Por Marcos Lizenberg
Tercera narración de este periodista, editor y cuentista argentino radicado en un pueblo perdido del vasto Midwest norteamericano. Probablemente, tan perdido como nosotros en ese polvo cósmico de donde procedemos y a donde, en millardos de años, inevitablemente regresaremos
Mi padre fue un astrofísico reconocido que se pasó la vida de viaje, brindando conferencias y disertaciones por todo el mundo. Ahora me parece fantástico, pero cuando era chica no lo veía así. Mi infancia transcurrió en tres países distintos, donde se hablaban tres idiomas distintos, y si bien ese entrenamiento me hizo una mujer independiente y fuerte, nunca sentí que tuviera un hogar. Tampoco, del todo, un padre. No quiero ser injusta con él: nos amaba, tanto a mi hermano como a mí, y en la medida de sus posibilidades era un padre presente. Pero su pasión, la mayoría de las veces, estaba antes que sus hijos.
Papá era una persona feliz. No siempre exitoso, no siempre de buen humor, pero feliz. Yo me sentía incómoda cada vez que, después de un período largo de no verlo, nos volvíamos a encontrar. En general él se veía distinto, aunque usara la ropa color caqui de siempre y el mismo peinado con gel hacia atrás. Lo distinto no era su aspecto, si no ese aire de frescura jovial que lo investía con cada nuevo avance de su carrera, esa aura electrizante que exudaba como un sudor invisible su cuerpo regordete y torpe de intelectual. Sus ojos, siempre demasiado húmedos, hablaban de unas penurias y unos deleites de los que yo no tenía idea, una especie de vida secreta que mi padre se dispensaba impunemente en algún pliegue del mundo y que, en mi paranoia o en mi ingenuidad, yo sentía que se esforzaba en ocultarme. Pero él nunca nos ocultó nada. Aunque reservado, era leal y honesto. Y sin embargo, yo no podía sacarme de la piel esa sensación: la sensación de que papá tenía una amante, una amante muy particular porque su relación con ella era aceptada y venerada por toda la sociedad, incluida, por supuesto, mi madre. Esa
amante era su profesión, o como yo la llamaba para mis adentros (y su sonoridad dibujaba el rastro de una cintura balanceándose en las sombras), la Ciencia.
Una vez nos reencontramos en Hudson, Estados Unidos, y nos llevó a cenar hamburguesas a un local de comida rápida instalada en la cumbre de un cerro. Me acuerdo que las paredes del local eran de vidrio y que, tal vez por la distancia respecto de la ciudad, las luces resultaban chillonas, excesivas. Cuando salimos, caminamos un rato por el bosque. Mi hermano se adelantó, cantaba y saltaba, sumergido en esa realidad mágica en la que viven los varones preadolescentes, y yo sentí cierta inquietud. No quería quedarme a solas con mi padre. Temía que aprovechara el momento para ponerse cursi, algo que en los últimos años hacía solo conmigo. Empezó a hablar de las estrellas, señalándolas. A su favor, hay que
decir que era una noche espléndida, de una visibilidad perfecta. Pronto se me vino la idea, o mejor dicho el recuerdo, a la cabeza, pero lo guardé para cuando él terminara con el sermón. Entonces le dije que un profesor nos había enseñado que, cuando vemos una estrella brillar, en realidad esa estrella está muerta. Lo que pasa es que nosotros, por una cuestión temporal, la vemos como si estuviera viva, brillando, pero en realidad está muerta. Papá, por supuesto, se rió. Dijo algo sobre los italianos, que les gustaba mucho la ópera o algo por el estilo (yo en ese momento iba a la escuela en Milán, todos mis docentes eran lombardos), y aclaró que la cosa no era tan así. Dijo que el tiempo era espacio y que el espacio era
tiempo, y que, si un objeto estaba alejado en el espacio de otro, también lo estaba en el tiempo.
– No hay manera -dijo- de recorrer la distancia enorme que nos separa de esa estrella -y señaló una, supongo que al azar- sin recorrer también el tiempo que nos separa de esa estrella. Y, por lo tanto, como tardaríamos tanto en alcanzarla, al llegar ya estaría muerta… Pero eso no significa de ninguna manera que la estrella que vemos desde acá no tenga vida. Sin querer, asentí; otra vez estaba cayendo en la trampa.
– No entiendo -dije con un desdén iracundo, que pedía a gritos que se callara de una vez. Pero él se limitó a sonreír, con disimulada complacencia. Le divertía irritarme.
– Es lo mismo que si tu hermano, por ejemplo, de tanto saltar, no sé… se tropezara con una rama, rodara por el suelo y se… se raspará un codo. -Podría haber dicho se muriera, o al menos se rompiera un codo, habría estado más a tono con ese sentido del humor pretendidamente osado que tanto le gustaba blandir en público, pero los dos sabíamos por qué se negaba a ir tan lejos. – Si ahora mismo lo
oyéramos gritar del susto, podríamos correr lo más rápido posible, pero al llegar ya estaría lastimado. Simplemente porque estamos lejos. De ahí que tu profesor pueda decir, o mejor dicho le guste decir, que en el momento en que oímos el grito inicial, aunque tu hermano todavía no se lastimó, ya está lastimado.
-¡Eh! ¿Qué hablan de mí?, vociferó nuestro conejillo de Indias, aparecido desde atrás de un tronco.
– Lamentablemente, está espléndido -concluyó papá, y corrió a levantar a mi hermano, y lo acomodó sobre un hombro como un saco de patatas, y se puso a girar como un trompo. Después quiso hacer lo mismo conmigo, pero no lo dejé.
Pasaron los años, me licencié de ingeniera, me enamoré de un mozambiqueño, tuvimos un hijo en Francia y dos en Mozambique, volvimos a Italia, esta vez a Roma, mamá se enfermó y sanó, mi hermano se enfermó y murió, el mundo se tornó más peligroso pero también más mío, y mientras tanto papá seguía
de congreso en congreso, de simposio en simposio, de conferencia en clase magistral. Hasta que tuvo un infarto. Aquella tarde tomé un vuelo de urgencia a Blitz, un pueblito de Alemania donde lo tenían en terapia intensiva. Cuando llegué ya había muerto. Me dijeron que podía verlo, pero contesté con un rotundo no. Los cadáveres me impresionan, no entiendo a la gente que besa el cuerpo helado de sus seres queridos.
Era tarde para volar de regreso, pero odiaba la idea de hacer noche sola en Blitz. Al final me tuve que resignar. Alquilé un cuarto en un hotel boutique, y me acerqué a las calles del centro con la idea de encontrar un sitio decente para la cena. Terminé en un restaurante hindú. Era acogedor, hecho de madera y hierro, y aunque no estaba lleno, los comensales parecían animados. Después del postre pedí la cuenta, con la idea de acostarme lo antes posible, pero mientras la esperaba un hombre se acercó con timidez. Me preguntó si yo era pariente de Pablo Marteens. Supongo que me reconoció por los rasgos, o porque era la única persona del salón que no hablaba alemán. Con una amabilidad excesiva, casi culposa, me
manifestó su profunda tristeza, y yo le dije que papá había fallecido haciendo lo que le gustaba. El hombre sonrió al escuchar mi respuesta. Dijo que ellos habían viajado especialmente para asistir a la exposición de papá, pero que a pesar de haber sido cancelada estaban contentos de poder estar allí esa noche… Sus palabras me descolocaron; la noticia del paro cardíaco, la inesperada visita a una clínica ignota, tener que comunicarle el hecho por teléfono a mamá: todo eso me había dejado perpleja, confundida, acongojada. Pero la novedad de que él no había alcanzado a dar su charla tuvo la forma de un corte, un acceso ciego de rencor como una cuchillada. De cualquier forma, disimulé el impacto, y le dije al hombre que le agradecía con sinceridad la calidez de sus palabras. Él se volvió a disculpar y, tras
una suerte de involuntaria reverencia, volvió a su mesa.
Pagué la cuenta. Afuera había empezado a nevar. Cuando me levanté, antes de avanzar hacia la salida, busqué la mirada del hombre y lo saludé con una mano. La familia entera, en contrapartida, me devolvió el saludo con una pequeña multitud de manos agitándose. Di unos pasos hacia ellos. Enseguida me ofrecieron unirme a la ronda de postres que acababan de pedir, y cuando dije que ya había comido
propusieron cambiar los dulces por café. La mujer era pecosa y radiante, y parecía tan excitada como él de poder conversar conmigo. El mozo me alcanzó una silla, así que me senté. Sin que yo le preguntara nada, ella empezó a hablarme sobre papá, sobre lo que había significado su trabajo para el laboratorio antártico donde trabajaba como genetista, sobre una vez que lo había cruzado en los pasillos de una
sociedad científica en Viena, sobre la envidia buena y la envidia mala que le profesaban históricamente los jefes de su departamento. Pero yo estaba absorta en los chicos. Las nenas hacían chocar unos aviones de plástico, que por el acabado parecían artículos de coleccionista, contra los restos de unas hamburguesas. El bebé, en su silla, miraba a la madre con ojos ensoñados. Al rato el hombre me pidió
permiso para hacerme unas preguntas personales, y yo le conté sin vueltas cómo estaba compuesta la familia, el modo de vida que habíamos adoptado de chicos y cómo mamá se había echado nuestra crianza al hombro.
– Los hombres de ciencia suelen ser egoístas -sentenció él. Y se apuró a agregar: – No así las mujeres. -Pero enseguida acotó: – O no todas. Y la pareja estalló en una carcajada histriónica. Acababan de servirnos unas copitas de Jagger, un licor amargo tradicional de la zona del Oker, donde se había
criado él, y ella aprovechó para verter unas gotitas en la mamadera del bebé, lo que también era tradicional, bromearon ambos. Y yo me reí con ganas, y ellos también. Y debe haber sido ese momento de impunidad compartida lo que obró como un pasadizo hacia un clima más íntimo; porque él, con una repentina expresión de
tedio, como si le tocara cumplir con esa parte de la obra que nunca tenía ganas de actuar, dijo que su esposa era física, como mi padre, pero molecular, y que él era un matemático que investigaba la forma de los cuerpos, la topología o algo así, y que se les complicaba mucho criar a sus tres chicos, las dos mellizas y el bebé, con el movimiento constante que implicaba la profesión, toda una parafernalia de juguetes y llantos y pañales y mochilas colgando de sus cuerpos sudorosos, doloridos,
exhaustos, somnolientos, pero que con los años, creían, se empezarían a acostumbrar, porque a todo se acostumbra uno en la vida; y si no seacostumbraban, ya verían cómo hacer, porque al fin y al cabo nadie conocía el secreto.
– …¿No es así? -preguntó de pronto él, dirigiéndose a ella.
– Pues claro -respondió la mujer, con una sonrisa cansada.
Era evidente que no creían en lo que decían. Pero tampoco les preocupaba demasiado.
Cuando estábamos afuera, a la espera del taxi que los alcanzaría solo a un par de manzanas (en mi caso, aunque nevara, podía volver hasta el hotel a pie), él usó algunos vocablos extraños, y le pregunté de qué hablaba. Con asombro, me preguntó si estaba al tanto de las últimas investigaciones de papá. Sonreí, le dije que en absoluto. Y esta vez fueron los dos, a coro, quienes se lanzaron a enumerar alegremente polvaredas cósmicas, espirales de tiempo y agujeros negros, mientras el bebé lloriqueaba a un volumen bajo pero constante y las chicas hacían angelitos frustrados en la nieve insuficiente. En cierto momento se subieron al coche, y después ya no estaban más. Las calles eran blancas, y ellos no estaban más. El eco de sus voces todavía resonaba en mi cabeza cuando me dejé caer, vestida como estaba, en la cama del hotel.
Esta es la tercera entrega de Marcos Lizenberg para nuestra revista. Lizenberg ha sido periodista en Buenos Aires, editor en Copenhagen y ahora reside en un remoto pueblo yanqui del Midwest. En sus propias palabras: «Mi deriva por los países del primer mundo me concientizó sobre las contradicciones de haber nacido en una colonia, y hace unos años empecé a escribir desde ese lugar de perplejidad.». Anhelamos que siga compartiendo esa perplejidad con nosotros por mucho tiempo más.
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