Por Enrique Viana Suberviola
Muy complacidos le damos la bienvenida a un nuevo colaborador de nuestra revista y lo hacemos con una series de breves textos de lo que el apóstol situasionista francés Guy Debord denominó, en 1955, psychogéographie. Y qué mejor que hacerlo con una apreciación íntima y crítica de la llamada Ville lumière. La primera línea nos recuerda la aseveración del filósofo británico Bernard Williams quien en alguna ocasión declaró que todos los franceses son, intelectualmente hablando, cartesianos
Algunos parisinos se creen Descartes y la mayoría son un descarte.
Quien tilde de pretenciosa y exagerada esta afirmación le conmino a que recorra la urbe infinita. Que se la beba, inyecte y vomite y que paladee su ambrosía envuelta en estiércol.
Yo descubrí un París diferente a cada paso, en cada viaje. Un camaleón urbano, un cambia-pieles evanescente. Me fulguró su esqueleto decimonónico, su desventrado corazón de bulevares, aquel que Haussmann apuñaló.
Reniegas de la tozuda realidad, como una anciana dama que atesora sus joyas y cubre su demacrado rostro con afeites. Te repliegas en fastos pasados para que tu gloria añeja no sufra resquebrajos.
Una constelación universal te corona emperadora: Notre Dame, estandarte de pureza; Sacre-Coeur, bohemia y arte; Moulin Rouge, desvarío burlesco; el mecano de Eiffel, fortaleza efímera; y el triunfal arco que dirige y dibuja tu plano en haces múltiples hacia el horizonte.
Pero no olvides que, si bien tu testa es poderosa y tus brazos bruñidos asemejan el bronce, tus pies son de barro y presagian un derrumbe.
En la banlieue nos recibió el rencor, la inquina acumulada de generaciones humilladas. Supe de tu hipocresía entonces, de tu egalité mal disimulada.
En las tumultuarias manifestaciones que reclamaban pan y vida supe de tu liberté para unos pocos.
Y en los restaurantes populares, donde se hacinan las masas y estalla frenético el humilde trabajador, hastiado de maltratos, supe de tu fraternité inexistente.
Y descubrí que este no es un lugar físico sino un estado mental de belleza marmolea; Un Louvre de emociones que atrapa al incauto. ¡Precaveos! La luz ilustrada que proyecta está impregnada de despotismo, como un Napoleón revivido.
Y a pesar de la advertencia os ahogaréis en un buen Burdeos y cantaréis enamorados en la orilla del Sena: París es inevitable.
Pero el aire presagia tempestad y la estática electricidad sublima nuevas voces divergentes. Las que vinieron del África, incomprendidas en su diversidad, tildada por los tropicalistas, en su racismo, como inferiores; las que desembarcaron del Oriente Medio o próximo; próximo a nosotros, claro, porque ellos, su identidad, depende de la visión que les proyectamos. Así lo entendiste y llegaste a creerte tus propias falacias; pero las palabras manchadas de corduras infundadas se acallarán al son de los tambores del Congo y las cuerdas del rabab.
Enrique Viana Suberviola es español de nacimiento y actualmente está afincado en la laberíntica Londres. Ha trabajado en el mundo de las finanza pero actualmente está más intersadio en seguir escribiendo y en re-inventarse como pedagogo.
Imagen: Pont des Arts, Paris, Wikimedia
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