Por Liliana Weinberg
Inventado por “El Señor Montaña” -que era cómo Quevedo llamaba al singular Montaigne- el ensayo en nuestra América mestiza parece está más vivo en nuestra forma de vivir y pensar que en nuestras páginas literarias. Asi en América Latina, tal vez sea más oportuno preguntarse, en lugar de qué, cuándo es ensayo
Nuestra América es un ensayo, de Germán Arciniegas, es uno de los textos centrales para comprender la fuerte asociación que existe entre la historia de la cultura americana y este género literario. Fue pronunciado por primera vez en 1962 como discurso o lección; se publicó poco después como artículo en la revista Cuadernos de París (1963) y posiblemente ese mismo año como prólogo a Tres ensayos sobre nuestra América; a partir de entonces, este texto se habrá de reproducir en distintas antologías del autor y en selecciones de fuentes sobre la cultura latinoamericana en su calidad de ensayo. Se trata de un texto lúcido, desafiante, propositivo, que postula estratégicamente la preeminencia de este género de no ficción respecto de cualquier otro en la historia de la cultura americana y que, según Arciniegas, surgió desde la llegada misma de los conquistadores al Nuevo Mundo, pues se anuncia ya en los textos colombinos.
En ese sentido, el título que Arciniegas eligió para su propio ensayo es muy acertado, en cuanto adopta la forma de un juicio (de Montaigne a Lukács, el ensayo se asocia con el juicio como herramienta de exploración y proceso de reflexión). Por lo demás, la sentencia “nuestra América es un ensayo” puede leerse a la manera kantiana como juicio analítico o sintético, y en ambos casos nos lleva a reforzar aún más la relación entre un continente y un género. Para esto, Arciniegas recurre al ejemplo de diarios de viaje, cartas de relación, crónicas, testimonios y otras formas en prosa durante los primeros años de la conquista y colonización; se refiere también a testimonios de viajeros y exploradores del siglo xviii. Más adelante, durante la época de las guerras de independencia, en la que el periodismo había alcanzado ya una gran expansión, se refiere a discursos, diálogos, artículos y reflexiones políticas. En lo profundo, el orden de la historia que rige, desde su mirada, los hechos americanos es también el orden que sigue la aparición de estas manifestaciones de la prosa.
Para entender este tratamiento tan laxo del concepto de ensayo por parte de Arciniegas se debe apelar a la intención significativa de su texto: defender la existencia de una tradición intelectual de larga data y muy arraigada en la experiencia americana; defender la preeminencia de las ideas sobre las armas y la sangre; defender la existencia de un sector, el de la inteligencia, y de una generación, la del reformismo universitario en su ala liberal —a los cuales perteneció el propio Arciniegas—, que hizo de la letra, el libro y la escritura un modo de entender y representar lo americano. La autorrepresentación del autor en su calidad de intelectual y maestro de América, así como su asunción de una voz que afirma a la vez que indica un rumbo, dotan al texto de un carácter constativo a la vez que incoativo. Por otra parte, el ensayo se apoya en la columna vertebradora de la historia para abrazar el pasado y el futuro desde el mirador del presente.
Conforme Arciniegas desarrolla su reflexión, apoyada en tan variados ejemplos, nos preguntamos si de algún modo no se está tomando la parte por el todo. ¿Es posible que las distintas formas de la prosa no ficcional surgidas desde la conquista quepan en la categoría del ensayo o es éste, más bien, una forma particular de la gran familia de la prosa? ¿Puede acaso ese agrupamiento de textos que denominamos “ensayo” crecer hasta convertirse en esa parte que acaba por ser mayor que el todo?
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Difícil es postular la posibilidad de la existencia del ensayo en estado puro en el arranque de los tiempos, como difícil es pensarlo aislado de otras formas de la prosa y de las distintas etapas en la historia de la imprenta, del libro y las publicaciones periódicas. Tal vez sea más oportuno preguntarse, en lugar de qué, cuándo es ensayo, como lo hizo en su momento Borges para el caso del arte.
Dado que se trata de un género abierto y permeable, relacional y transitivo, proteico y prometeico, dedicado a la interpretación del mundo y caracterizado por la tematización de la materia tratada; dado que se trata de un género de frontera y movimiento, que no teme el encuentro, el diálogo, la mezcla, sino que más bien los propicia, no resulta raro pensar el ensayo en su profunda vinculación con otras manifestaciones de la prosa y en su capacidad de traducir y llevar al plano literario los más diversos asuntos tanto del ser humano y el mundo como de la vida y la cultura.
“Para entender este tratamiento tan laxo del concepto de ensayo por parte de Arciniegas se debe apelar a la intención significativa de su texto: defender la existencia de una tradición intelectual de larga data y muy arraigada en la experiencia americana; defender la preeminencia de las ideas sobre las armas y la sangre “
Es cierto que el ensayo en nuestra región se nutre de otras formas de la prosa de dicción y aun de ficción, y se toca con ellas. ¿Dónde concluye el alegato y comienza el ensayo en la Brevísima relación del padre Las Casas (un texto que, por cierto, Montaigne conoció y una lectura que incorporó a sus Essais)? ¿Dónde concluye el viaje de observación científica y comienza el ensayo en la obra de Humboldt y sus seguidores americanos? ¿Dónde concluye el alegato y comienza el ensayo en el Memorial de agravios de Camilo Torres? ¿Dónde acaba el discurso político en la tan ensayística Carta de Jamaica? ¿Dónde fijar los límites entre el artículo, el diagnóstico, el programa político, el ensayo, en esa monumental interpretación que es Nuestra América de Martí? Lo cierto es que, en su capacidad nominativa e interpretativa, de reflexión y de imaginación, crítica y propositiva, el impulso ensayístico alcanza a otros géneros, como lo hace su pulsión conversacional, que lo convierte en diálogo de diálogos, en posibilidad de fundar otros diálogos.
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Quiero añadir un nuevo ingrediente a la fuerte impronta latinoamericanista que anida en el texto de Arciniegas y a la larga nómina de disquisiciones vertidas a través de los años en torno al origen del término ensayo. En efecto, otro modo de complementar las ideas del autor colombiano es atender a la historia de los usos del término y preguntarse si es posible descubrir en ella alguna veta original surgida en este lado del Atlántico. Se trata de un capítulo tan americano como poco explorado del asunto: por una parte, si el empleo de ensayo desde el siglo xvi se acerca a los propios usos del Viejo Continente, por otra y de manera extendida en el siglo xviii, adoptará un sentido íntimamente ligado a las actividades de explotación y amonedado de metales preciosos en nuestra región. Así lo muestran los ejemplos albergados en el Corpus Diacrónico y Diatópico del Español de América (Cordiam). Si bien en autores como Sahagún encontramos el empleo del término ensayo en el sentido de ‘experiencia’, ‘prueba’ o ‘intento’ (“y para cazarlas [a las águilas] usan deste ensayo, que toman un chiquihuite grande de cañas o palmeras…”); muy pronto también localizaremos su uso ligado a la práctica de pesada o prueba del metal. Si bien este sentido se contaba entre los muchos significados originales del término (“por mandato desta rreal audiencia ensayo las dichas barras [de oro]”, leemos en un texto jurídico de Bogotá; “quiero hacer un ensayo con este oro”, se lee en El carnero de Rodríguez Freyle), se volverá de uso extendido y peculiar de nuestra región, ligado tanto a una práctica generalizada en América como a un tipo específico de textos.
En efecto, existe aún otra veta americana por la cual se logró colar el sentido de ensayo como ‘experimento’ y ‘ejercicio’ ligado a la minería, hasta confluir además con el término ensayo para designar una forma de la prosa. Así encontraremos, en un ejemplar de la Gazeta de México de 1784, el anuncio de venta de un libro titulado Ensayo de metalurgia, ó descripción por mayor de las catorce materias metálicas, del modo de ensayarlas, del laborío de las Minas, y del beneficio de los minerales de la plata, escrito por don Francisco Xavier de Sarriá. Se podría entonces rastrear distintos ejemplos del momento en que confluyen ambos sentidos del ensayar y el ensayo, sobre todo en el siglo xviii, cuando la presencia de viajeros y observadores científicos exacerbó el acercamiento entre el sentido experimental, exploratorio, del ensayo y de la prosa en que va escrito.
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Por otra parte, no debemos olvidar otra posible rama del recorrido del ensayo americano, ya que el término se volvió palabra de pase, guiño y clave de aquellos buenos entendedores que, también desde fines del xviii, comenzaban a leer a Montaigne, a Rousseau, a Voltaire, en pocos casos de manera directa en textos expurgados —como es el caso del ejemplar de los Essais conservado en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla—; en otros, mediante la obra de autores como Feijoo y otros representantes del cristianismo ilustrado, y en muchos otros casos por medio del ingreso de las ideas y libros de contrabando que lograron expandirse contra viento y marea en la América colonial. Ligado a la filosofía, a la política, a la experiencia; reproducido mediante la imprenta y multiplicado a través de las nacientes redes de lectores que permitía tejer el periodismo, aparecerá un tipo de texto relacionado con las ideas de libertad y revolución. Un fuerte sentido jurídico hará surgir una nueva preocupación por la relación entre este género literario y la ley. De allí la fuerza que adquiere el título del primer ensayo político que se declara como tal. Se trata del “Ensayo sobre la Revolución del Río de la Plata desde el 25 de mayo de 1809”, de Bernardo de Monteagudo, publicado en el periódico Mártir, o Libre el 25 de mayo de 1812. El texto, que vincula la atmósfera política de la zona altoperuana con la del Río de la Plata, presenta ya muchos de los rasgos típicos del ensayo, tales como la fuerte presencia de la voz del autor, el carácter interpretativo, la tematización y el tratamiento personal de los distintos tópicos, y actúa también como prosa mediadora entre la prosa, en cuanto articula otros textos prosaicos de carácter marcadamente ideológico como el panfleto, el discurso político o el alegato jurídico.
Queda entonces por explorar, complementar, analizar críticamente, ensayar, en nuevos sentidos la provocativa intuición de Arciniegas, que pone en diálogo la historia de un continente y la historia de un género. Para hacerlo, debemos reemprender este viaje del ensayo por el país de la prosa.
Liliana Weinberg Marchevsky es ensayista y crítica literaria; doctora en Letras Hispánicas por El Colegio de México e investigadora titular en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre sus obras más recientes se encuentra El ensayo y la lengua. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, 19 de agosto de 2021 (unam, aml, 2022).
Este artículo es reproducido, con permiso, de la revista Otros Diálogos de El Colegio de México, Número 35 de marzo del 2026
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