Por Jorge Ramírez
Tanto el pensamiento filosófico como la figura del intelectual han arrastrado por décadas una permanente crisis de identidad. Lejos quedan los tiempos en los que figuras como Sartre situaron la “cuestión social” en el centro del debate teórico. No así, ese debate ha adquirido ya una urgencia existencialista con el tema ecológico y el de la subordinación de un vastísimo número de seres humanos por los actuales cleptócratas de la tecnología. In memoriam de nuestro irremplazable amigo
Aún en el ámbito severo del saber del nuevo siglo se ha vivido bajo la aprehensiva incertidumbre de que también a la filosofía le ha llegado su memento mori y como toda finalidad humanista, llega precedida de una curiosa combinación de superstición popular y de legítima duda.
El siglo XX fue testigo del extraordinario desarrollo de la filosofía como asignatura académica, pero también se asistió a su propagación -más allá de los círculos académicos- a la esfera pública; entrando a formar parte de los debates sobre la guerra y su tecnociencia, la democracia y sus enemigos, el autoritarismo, la alienación, la prosperidad, la explotación, la polución y la manipulaciones genéticas, el desarrollo científico-técnico y la paulatina pero sistemática destrucción del habitat natural y de innumerables culturas antiguas.
Por décadas la filosofía se dedicó al cultivo esotérico de las acrobacias del lenguaje y la comunicación: de los códigos y sus significantes. Las complejas posibilidades comunicativas camufladas en los distintos lenguajes humanos se han sometido a un extraordinario escrutinio, examinando de la manera más escrupulosa los detalles más nimios de los mensajes y de los medios por los cuales circulan.
Los últimos veinte años fueron testigo de un drástico desplazamiento en el interés tanto de la filosofía como de las ciencias sociales. El centramiento en temas sociales dio paso a otros como el poder, los sistemas simbólicos y de comunicación humanos, los pequeños grupos y los prerequisitos para el éxito en la sociedad de mercado contemporánea.
Como en otros períodos históricos cargados de incertidumbre, una de las tendencias visibles en la especulación intelectual reciente ha sido un juego con lo obscuro, lo irracional, las pasiones puestas al servicio de más altas iluminaciones. El vértigo de la nada, que las más de las veces es una llamada a un nuevo tirano, se presenta bajo el pomposo vocabulario seudocientífico del psicoanálisis, la antropología y los estudios de religiones comparadas.
“Atento a la experiencia histórica de la posguerra, Zea detectó la discrepancia entre los valores universales planteados por las corrientes del pensamiento de Occidente y su implementación en la mayoría de las sociedades de países no altamente industrializados”
Cierto, desde hace algunos lustros en las esferas culturales se ha sospechado que el papel de los intelectuales en el mundo contemporáneo ha cesado de ser relevante en relación al complejísimo establecimiento tecno-científico que dirige los procesos productivos de la moderna sociedad de consumo. Se recuerda con nostalgia cuando la república de las letras señalaba metas en las distintas naciones del orbe Occidental: Unamuno y Ortega en España, Valéry y Anatole France en Francia, Bernard Shaw en Gran Bretaña, Thomas Mann y Oswald Spengler en Alemania, así como Croce en Italia. En la posguerra, pese a que la intelectualidad gozó de mejores condiciones, la actitud militante se inclinó por el cinismo ilustrado y la impotencia bien informada. Se ha sugerido que frente al ubicuo aparato de las redes sociales resulta inútil argumentar o debatir o cuestionar los presupuestos que operan tras la circulación de la información. Sorprende la lentitud con la que las mentes más perspicaces han reaccionado frente a los efectos deletéreos de la globalización en la periferia del Primer Mundo. Más de una observación se ha hecho sobre el largo silencio que ha presidido esos larguísimos años de globalización. Desde un principio se habló de ella como si en realidad se tratara de una real liberación humana del mismo calibre que el descubrimiento de la energía de vapor.





Es verdad, sería un acto de mala fe desconocer que tanto la filosofía como las ciencias sociales occidentales han hecho un esfuerzo ingente para incluir en sus cogitaciones y especulaciones a aquellos seres humanos situados fuera de la esfera de sus intereses inmediatos. Se ha observado como después de Hegel, el pensamiento ha intentado poner el ser colectivo en el centro de la especulación y teorización. En este sentido el trabajo teórico de Marx significó un avance fenomenal al convertir las relaciones de producción dentro de las cuales se desenvuelve el ser humano en el elemento determinante del quehacer histórico. Una vez muerto Sartre es como si el saber académico hubiese decretado el estado de sitio en el ámbito del conocimiento, pues un prolongado silencio se apoderó de la esfera pública. La caída del muro de Berlín como una secuela del fracaso del comunismo, pareció implicar para muchos cerebros en el mundo que ese fracaso real borraría por acto de magia los problemas que aquejan a la civilización tecno-corporativa contemporánea. No asi desde las postrimerías del siglo siglo pasado se señalaron elocuentemente que la prosperidad, de un lado, va siempre acompañada, del otro, de un extraordinario empobrecimiento. En este sentido se podrían nombrar por lo menos tres grandes áreas en las cuales se siente el impacto de la civilización occidental: la destrucción de las sociedades tradicionales, la degradación de la naturaleza y el sometimiento de millardos de seres humanos a las duras leyes de un darwinismo financiero, tecnológico y social.
En los hechos reales las últimas décadas han visto un prodigioso desarrollo en las comunicaciones y la tecnología al tiempo que ingentes contingentes de la especie humana se han estancado en una miseria irresoluta. Dentro del clima político se formuló aquella doctrina según la cual la historia ya había terminado, porque los países comunistas se habían desmoronado. Para los países periféricos esa ingenua aseveración no era más que aceptar la miseria como único horizonte posible en un futuro no lejano.
Por desgracia, para los llamados tercermundistas, este sistemático olvido ha sido común en todas las grandes corrientes del pensamiento occidental, que se remonta al Humanismo del Renacimiento, la Ilustración del siglo XVIII y el Romanticismo de hace dos centurias hasta llegar a nuestros días. Es como si un punto ciego precediera el filosofar del hombre occidental, pues no bien ha proclamado la igualdad de todos los individuos cuando comienza a maltratarlos en nombre de la civilización. En 1948 se anunció a todos los continentes que por fin habían llegado los Derechos Humanos. Casi ochenta años después el respeto es doctrina mundial, pero hay cerca de 800 millones de criaturas de la especie padeciendo hambre, entonces nos preguntamos ¿dónde quedan sus Derechos Humanos inviolables? Esta discrepancia omnipresente en la cultura occidental ha llevado a analistas del sur del planeta a plantearse la problemática del ser humano universal.
En América Latina el tema de los Derechos Humanos no es un tópico más que se agita con el ánimo de conseguir unos cuantos votos o merecer los aplausos de organizaciones de caridad internacional. En América Latina el respeto integral a la persona humana ha constituido el punto central de cualquier programa o político o de planteamiento intelectual que tenga que ver con nuestro presente y futuro. La azarosa historia independiente plagada de caudillos y del recurso constante a la violencia para dirimir las diferencias de cualquier tipo ha forzado a los pensadores de buena voluntad a replantearse el problema de la dignidad humana desde perspectivas concretas y universales. La violación generalizada de los Derechos Humanos perpetradas bajo la ideología de la Seguridad Nacional, así como la puesta en marcha de programas económicos que reducen al ser humano a una mera cifra en los cálculos de los ingenieros sociales, ha vuelto a poner sobre el tapete el problema del respeto a la persona humana en todas sus dimensiones.
“Se ha observado como después de Hegel, el pensamiento ha intentado poner el ser colectivo en el centro de la especulación y teorización. En este sentido el trabajo teórico de Marx significó un avance fenomenal al convertir las relaciones de producción dentro de las cuales se desenvuelve el ser humano en el elemento determinante del quehacer histórico.”
Desde los albores mismos de la independencia los pensadores más comprometidos con el quehacer histórico de sus países mostraron una marcada inclinación por defender los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y cada vez que estos nobles principios fueron violentados reafirmaron su creencia de que solo sobre ellos se podrían levantar países en los cuales valiera la pena vivir y trabajar. Acaso, motivado por este mismo tipo de inquietudes fue por lo que Pedro Henríquez Ureña escribió alguna vez que “cada que habíamos estado al borde del abismo, tan sólo nos había salvado el espíritu”. Fué este mismo espíritu el que protestó cuando miles de latinoamericanos perecieron en las campañas masivas de represión puestas en marcha bajo el pretexto de que nuestra adherencia a la Civilización Occidental y Cristiana se hallaba en peligro.
El pensador mexicano Leopoldo Zea, el filósofo argentino Enrique Dussel, el nicaragüense Alejandro Serrano, el peruano Francisco Miró Quezada y el cubano Miguel Rojas lucharon a brazo partido con la tradición filosófica de Occidente para encontrar un asidero a una visión humana de nuestra especie y que fuese universal.
Atento a la experiencia histórica de la posguerra, Zea detectó la discrepancia entre los valores universales (soberanía, disfrute del trabajo, libertad y dignidad) planteados por las corrientes del pensamiento de Occidente y su implementación en la mayoría de las sociedades de países no altamente industrializados, las cuales aun cuando reclaman esos mismos valores como parte de su proyecto de desarrollo reciben como respuesta de Occidente un silencio demasiado largo y ensordecedor. En estas circunstancias escribió Zea en 1961 que la principal preocupación filosófica contemporánea debería ser la demanda de aquellos valores universales que, paradójicamente, el espíritu occidental ha creado pero que excluyen de ellos a otros pueblos. En esta encrucijada, es cuando el latinoamericano descubre que su exclusión hace parte de otra exclusión más grande, y en esta situación descubre la solidaridad con otros pueblos que se encuentran en similares condiciones. Por eso afirma Zea “El americano, limitado, marginal, ha captado en estas limitaciones lo que tiene de común con todos los hombres, lo que tiene de universal”.
Esta universalidad llama a altos destinos para derrotar al silencio y el escepticismo aristocrático que se ha apoderado de amplios sectores de la inteligencia globalizada.
Jorge Ramírez (1951-2026) fue educador, escritor, podcaster y acérrimo promulgor de los Derechso Humanos. Sin duda una de los seres más brillantes y chispeantes que hemos conocido y alguien muy muy cercano a esta revista. Colaboró, comentó y crítico nuestra labor desde su creación hasta el día de hoy. Hemos decidido honrar su memoria con la recuperación y publicación de varios de sus artículos e ideas.
Carrusel de imágenes en el sentidod e las manecillas del reloj: Leopoldo Zea, Alejandro Serrano, Pedro Enríquez Ureña, Francisco Miró Quezada y Enrique Dussel. Foto principal: mujer hindú seleccionando granos café Sebastião Salgado en Workers en publicdelivery.org
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