Por Felipe Ponce

Dos catalanes han seducido por completo a Latinoamérica: Joan Manuel Serrat y Juan Marsé. A aquel lo seguimos recordando a todo pulmón solos o en juerga de vino con amigos; mientras que este sigue siendo uno de los escritores más entrañables en castellano. Sus novelas se nos quedaron grabadas de forma indeleble tal como un primer beso o un primer amor. Así de grata es su narrativa. Desde México, Felipe Ponce rememora una tarde barcelonesa de mariscos, Voll-Damm y «el verdadero» Marsé

Verano del 2000 y Barcelona. Leía con avidez a Vila-Matas, la novedad de Bartleby el escribiente y luego El viajero más lento, que había comprado días antes en la Librería Catalonia. Un domingo sin mayor plan me decidí a salir temprano de la alta covacha de Sant Pere Més Baix guiado por la lectura de En Barcelona cada tarde es un puerto: «Asciende por Roger de Lauria…».Seguí las indicaciones del viajero e hice las pausas reverenciales a los lugares que le merecieron atención. Crucé la Diagonal, vi la Casa de les Punxes y doblé en Córcega para encontrar el Passeig de Sant Joan (entre los recuerdos del librero judío) y seguí el ascenso por Escorial hasta la Travesía del Mal (Travesera de Dalt), muy cerca, dice, de la casa del escritor Juan Marsé. Continué subiendo, pero fuera de su guía, hasta el imprescindible parque Guell.

Por la tarde, retomé la ruta, ahora de descenso por Torrente Flores (Torrent de les Flors) hasta llegar a la esquina de Martí, allí entré a una bodega, en un barrio «donde todavía es posible ver llorar a alguno de los mejores: “hombres de hierro forjados en tantas batallas, llorando hoy por los rincones de las tabernas”», según leía: el barrio de Marsé. Tenía hambre de perro, pero era tarde y a la pregunta se me respondió que solo había ensaladilla de mariscos, que acepté por supuesto acompañada de una Voll-Damm. 


«Este es Juan, mi amigo, y yo le he contado todas las historias de sus libros»

Al traer los alimentos noté en el bodeguero algún tipo de interés y percibí un ligero ademán y un chasquido. Volvía con pan y lo mismo, me veía de soslayo… después comprendí que no era yo, sino el libro sobre la mesa la causa de su interés. El hombre viejo, sin duda también forjado en batallas, de pronto espetó: Ese vive en el edificio de la travesera, no me cae bien; en cambio su mujer, muy bella, es mi amiga, viene aquí todos los días. Dejó otra cerveza y fue a atender a un cliente. De pronto volvió con un libro y señalando la imagen de la cuarta de forros dijo: «Este es Juan, mi amigo, y yo le he contado todas las historias de sus libros». No cabía en mi asombro. Estaba frente a un tío Celerino —aquel que se sacó de la manga Rulfo para inscribirse en los escritores del no, según Vila-Matas—, pero un tío Celerino encarnado y el responsable de todas las historias de Marsé… En otra vuelta tomó de una repisa una bolsa de plástico y sacó una postal, dijo, del primer viaje que hizo Juan a México. La tomé, vi la pirámide de Chichén Itzá y escrita estaba la dedicatoria para Vicente y el año 1973.

Ahora que ha muerto Juan Marsé quise recordar esta anécdota en su memoria; en la mía, desde niño está indeleble la imagen de la cubierta de La muchacha de las bragas de oro que vi reproducida en una enciclopedia.

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Felipe Ponce es catedrático de la Universidad de Guadalajara; Director de Memoria Ediciones México y Co-Director de Editorial Página Seis y de Ediciones Arlequín