Causa cierta extrañeza que a ningún lector hispanohablante se le haya occurido demandar al Protection Universelle Maladie, el nombre con que se conoce al servicio de salud francés, por haber matado involuntariamente a nuestro querido Julio Cortázar cuando en 1983, mediante una transfusión, le suministró varios litros de sangre contaminada con -hasta esa entonces poco conocido- SIDA. Esta nota no es una invitación a iniciar un litigio internacional sino una breve memento misceláneo de por qué hay que seguir leyéndolo


Nació en Bruselas en ese año cuando las fuerzas cósmicas parecen haber conjurado lo que sería el modernismo de las letras hispanas y anglosajonas del siglo XX. Y fue que en 1914 Julio Florencio Cortázar vio la luz del mundo, como también la vieron Octavio Paz, Adolfo Bioy Casares, Nicanor Parra, José Revueltas, Julio Caro Baroja, William Burroughs, Oscar Lewis y Dylan Thomas. Cortázar es el cuarto jinete «apocalíptico» del llamado «Boom Latinoamericano» que él mismo inició con Rayuela en 1963. No, no fue Vargas Llosa con La ciudad y los perros, publicada un año antes. Es pura necedad o, peor aún, ofuscación mental, el tratar de ignorar o subestimar el Boom ya que fue un ambicioso movimiento literario que buscó y logró poner a Latinoamérica en el mapa cultural del mundo. A partir del Boom ya no copiamos a los literatos de Europa o Norteamérica sino que ellos nos copiaron a nosotros y a Cortázar le debemos mucho en ese sentido.

Con todo eso, la mejor obra de este argentino maravilloso quizá no sea Rayuela, aunque en ese libro sí hubo una renovación completa de la novela en castellano al otro lado del Atlántico. En él se encuentra elementos lúdicos, erotismo, desasosiego existencial, improvisación técnica y temática -igual que en el jazz que fue su música predilecta- así como también la asimilación y crítica de la cultura moderna y popular del boxeo, los embotellamientos de trafico, las radionovelas, el cine, las drogas, el jazz y el sexo. Hasta esa entonces nada de eso se había dado en nuestras letras.

Pero si hay que leerlo desde cero, lo mejor es empezar con una docena o más de cuentos magistrales que concibió y ejecutó con un castellano aparentemente despreocupado pero en verdad exigente, preciso y muy lúdico. En la década de los 70 cuando el Realismo Mágico era casi que la única realidad literaria en Latinoamérica, los jóvenes en las grandes ciudades de nuestro continente lo leíamos con la misma devoción que escuchabamos a The Beatles o Led Zeppelin. Cortázar era nuestra estrella de rock de la literatura.

Él fue nuestro Jack Kerouac, William Burroughs y Martin Amis todos en uno. ¿Cómo olvidar la originalidad, el tratamiento literario y estilo de narraciones como La casa tomada, Torito, Continuidad de los parques, La noche boca arriba, Las babas del diablo, Axolotl, Final del juego o El perseguidor entre otras?

Ya para finales del pasado siglo, escritores españoles de talla y estilo muy depurado como Paco Umbral se preguntaban por qué a Cortázar ya no se leía con la misma devoción de veinte años atrás. Tal vez las sombras de Borges y García Márquez o la longevidad de Vargas Llosa hayan sido responsables de ese olvido temporal. Hoy día, a cuatro décadas de su desaparición temprana – pues a sus 69 años todavía le quedaban otros veinte años más de vida y producción- creemos que su fama y sus cronopios ahora sí van a hacer su agosto.

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Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le dada mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde «Casa tomada» con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento. 

El tema de aquel cuento es la ocupación gradual de una casa por una invisible presencia. En ulteriores piezas Julio Cortázar lo retomaría de un modo más indirecto y por ende más eficaz. Cuando Dante Gabriel Rossetti leyó la novela Cumbres borrascosas le escribió a un amigo: «La acción transcurre en el infierno, pero los lugares, no sé por qué, tienen nombres ingleses». Algo análogo pasa con la obra de Cortázar. Los personajes de la fábula son deliberadamente triviales. Los rige una rutina de casuales amores y de casuales discordias. Se mueven entre cosas triviales: marcas de cigarrillo, vidrieras, mostradores, whisky, farmacias, aeropuertos y andenes. Se resignan a los periódicos y a la radio. La topografía corresponde a Buenos Aires o a París y podemos creer al principio que se trata de meras crónicas. Poco a poco sentimos que no es así. Muy sutilmente el narrador nos ha atraído a su terrible mundo, en que la dicha es imposible. Es un mundo poroso, en el que se entretejen los seres; la conciencia de un hombre puede entrar en la de un animal o la de un animal en un hombre. También se juega con la materia de la que estamos hechos, el tiempo. En algunos relatos fluyen y se confunden dos series temporales. El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida.

Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo verificamos que algo precioso se ha perdido. 

 Jorge Luis Borges

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Usted se reirá, pero es uno de los problemas argentinos más difíciles de resolver. Dado nuestro carácter (problema central que dejamos por esta vez a los sociólogos) el encabezamiento de las cartas plantea dificultades hasta ahora insuperables. Concretamente, cuando un escritor tiene que escribirle a un colega de quien no es amigo personal, y ha de combinar la cortesía con la verdad, ahí empieza el crujir de plumas. Usted es novelista y tiene que escribirle a otro novelista; usted es poeta, e ídem; usted es cuentista. Toma una hermosa hoja de papel, y pone: «Señor Oscar Frumento, Garabato 1787, Buenos Aires.» Deja un buen espacio (las cartas ventiladas son las más elegantes) y se dispone a empezar. No tiene ninguna confianza con Frumento; no es amigo de Frumento; él es novelista y usted también; en realidad usted es mejor novelista que él, pero no cabe duda de que él piensa lo contrario. A un señor que es un colega pero no un amigo no se le puede decir: «Querido Frumento.» No se le puede decir por la sencilla razón de que usted no lo quiere a Frumento. Ponerle querido es casi lascivo, en todo caso una mentira que Frumento recibirá con una sonrisa tetánica. La gran solución argentina parece ser, en esos casos, escribir: «Estimado Frumento.» Es más distante, más objetivo, prueba un sentimiento cordial y un reconocimiento de valores. Pero si usted le escribe a Frumento para anunciarle que por paquete postal le envía su último libro, y en el libro ha puesto una dedicatoria en la que se habla de admiración (es de lo que más se habla en las dedicatorias), ¿cómo lo va a tratar de estimado en la carta? Estimado es un término que rezuma indiferencia, oficina, balance anual, desalojo, ruptura de relaciones, cuenta del gas, cuota del sastre. Usted piensa desesperadamente en una alternativa y no la encuentra; en la Argentina somos queridos o estimados y sanseacabó. Hubo una época (yo era joven y usaba rancho de paja) en que muchas cartas empezaban directamente después del lugar y la fecha; el otro día encontré una, muy amarillita la pobre, y me pareció un monstruo, una abominación. ¿Cómo le vamos a escribir a Frumento sin identificarlo (Frumento) y luego calificarlo (querido/estimado)? Se comprende que el sistema de mensaje directo haya caído en desuso o quede reservado únicamente para esas cartas que empiezan: «Un canalla como usted, etc.», o «Le day 3 días para abonar el alquiler», cosas así. Más se piensa, menos se ve la posibilidad de una tercera posición entre querido y estimado; de algo hay que tratarlo a Frumento, y lo primero es mucho y lo segundo frigidaire.

Variantes como «apreciado» y «distinguido» quedan descartadas por tilingas y cursis. Si uno lo llama «maestro» a Frumento, es capaz de creer que le está tomando el pelo. Por más vueltas que le demos, se vuelve a caer en querido o estimado. Che, ¿no se podría inventar otra cosa? Los argentinos necesitamos que nos desalmidonen un poco, que nos enseñen a escribir con naturalidad: «Pibe Frumento, gracias por tu último libro», o con afecto: «Ñato, qué novela te mandaste», o con distancia pero sinceramente: «Hermano, con las oportunidades que había en la fruticultura», entradas en materia que concilien la veracidad con la llaneza. Pero será difícil, porque todos nosotros somos o estimados o queridos, y así nos va.

La vuelta al día en ochenta mundos


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