Por Sara Pardo del Río
Aquí una historia que no parece perder vigencia en numerosos rincones y culturas del mundo a pesar de tanto pronunciamiento, tanta protesta, tanta denuncia y hasta una que otra condena. Este relato es una especie de doble transgresión y la segunda colaboración de esta joven escritora y periodista colombiana
Buenos Aires, 1975.
De fondo, por las calles de la capital argentina, sonaba un tango cantado por Jorge Falcón, un artista reciente de la época cuya voz provocaba el levantamiento de las copas argentinas a la voluntad de un canto estrepitoso y fascinante. Por aquellas calles caminaba una joven de unos 20 años: cabello negro, tez blanca, delgada, de baja estatura, con un caminar elegante, sutil y un carisma como ninguno.
—¡Leticia, Leticia, pará! —le gritaba Marita, su amiga de toda la vida.
Pero Leticia, distraída por el enamoramiento juvenil que sentía hacia Agustín De Las Casas, siguió derecho para verlo de cerca, sin saber que Agustín, el conductor de la Carnicería La Tampa, sería su autor.
En el centro de Buenos Aires, un viernes 2 de marzo de 1975, Leticia caminaba por los bares cercanos a la casa de Marita Cortés, una joven de origen judío y padres españoles que habían huido a Argentina durante la Guerra Civil. Marita era una joven consentida, envuelta en una imaginación ridícula y lujos que no se podían explicar. Se conocieron en el colegio para señoritas.
Leticia Díaz, mientras tanto, era hija de un obrero y una ama de casa. Tenía una belleza inconfundible, limpia y serena, y una amabilidad que no le hacía justicia ni a su pasado ni a su realidad. Vivía en la invisibilidad que le imponía el machismo de su padre y el mutismo miedoso de su madre, el mismo que heredó y aprendió. Era excelente en todo. Quizás por eso Marita se juntaba con ella, porque de Leticia aprendía, aunque no tuviera la misma necesidad. Leticia, sí. Ella quería huir de su casa, de los gritos, de los golpes en la mesa, del rostro entristecido de su madre, de la ira compulsiva de su padre frustrado.
Su motivación era ser profesora o secretaria. Pero al graduarse del colegio ni siquiera pudo inscribirse en cursos ni en la universidad. En casa le preguntaban para qué, que su única preocupación debía ser conseguir un esposo que le diera casa e hijos sanos. Los sueños de Leticia se estrellaban cada vez que sus padres transgredían sus ideas. Pero ese mutismo, ese miedo, la llevó justo a hacer lo que ellos querían.
El 12 de abril de 1976, yendo por unos hilos y material de costura que su madre Rosaura le había encargado, conoció a Agustín. Un camionero de la Carnicería La Tampa. Galán de la época, silencioso, le gustaba sentarse a escuchar tango en el centro. A Leticia le gustaba ese silencio, ese misterio que emanaba de él. Agustín la miraba pasar sin decir mucho.
Leticia, casi siempre desmerecida, sentía que la vida no podía ofrecerle lo mismo que a Marita, como conocer a un Fernando Toledo, hijo del banquero amigo de su padre. Sentía que estaba predestinada a repetir la vida humilde de su madre. Tenía la esperanza de que, si Agustín se fijaba en ella, fuera menos violento que su padre.
Pasaron algunas semanas de miradas, coqueteos y señales entre Agustín y Leticia. Sonaban entonces las botellas de cerveza chocando entre los maleantes con los que se juntaba Agustín, acompañados por sus queridas. La noche del 16 de abril, Leticia y Marita pasaron cerca del bar donde Agustín solía gastar su quincena. Ya borracho, Agustín gritó:
—¡Hey vos, bonita! ¡La bajita! Sí, vos, vení. Te invito a lo que querás, a vos y a tu amiga la fina.
Leticia, cegada por la emoción de recibir atención por primera vez, se acercó. Pidió un trago con ron, limón y Coca-Cola —más Coca-Cola que ron— para que en casa no notaran que había tomado.
Marita la miraba con insistencia, pidiéndole que se fueran, que no era el lugar ni el momento. Leticia desvió la mirada y se quedó.
—Andate vos, nena. Yo quiero una copa. Por primera vez en mi vida quiero vivir algo distinto. Te hablo mañana.
Al día siguiente, Marita llamó a la casa de Leticia. Contestó la madre:
—Buenos días, Marita. Mirá que Leti está como agobiada, llegó anoche y tiene mareos. Le dejo el recado de que te llame en un rato.
Pasadas las diez de la mañana, Leticia, con algo de resaca, llamó a Marita con ilusión. Le contó que había conocido al hombre de su vida. Marita, disgustada, le dijo que no creía que ese fuera un hombre para ella, que merecía algo mejor.
La amistad inquebrantable de Marita y Leticia sufrió una ruptura ese día. No fue por celos, ni ambición, sino por ceguera. La ceguera traumática de nunca haber sido valorada, ni de niña, ni de adulta. El padre de Leticia la había tratado tan mal que, en su ser incorruptible, pensaba que Agustín era lo mejor que le había pasado.
“¡Pobre Leti!” -pensaba Marita-.
Pasaron los meses y un día llegó a casa de Marita una carta de Leticia:
Nena, me voy a casar. Sé que no hemos hablado en mucho tiempo, pero acompáñame en el día más importante de mi vida. Estés o no de acuerdo con el hombre que elegí, siempre te elegí a vos como mi amiga del alma, mi hermana. No me dejes sola. Tengo tanto que contarte…
Leti.
El 12 de agosto de 1977 Leticia se casó. Marita le llevó un diario grande, una caja de pañuelos y un crucifijo que había comprado en Italia especialmente para ella, con una tarjeta que decía:
Te regalo lo más importante: hojas para que desahogues la furia interna que llevás en el talento de lo que escribís, unos pañuelos para que limpies la pureza de tu dolor y un signo de tu fe sobre una humanidad que no te merece. Te quiere, Marita.
Leticia, con la mirada arrepentida, obligada por la tortuosa presión de su padre y por la osadía de un anillo barato, se casó. Pasó su luna de miel en Bariloche y luego unos días en Chile. Fueron momentos bonitos, pero a apartir de ahí emergió la verdadera personalidad de su esposo.
Un hombre frío, inútil, mantenido. El primero en permitirle trabajar, pero solo para convertirla en su esclava. Tras la boda, Leticia consiguió empleo como cajera en una zapatería. Agustín había sido despedido de la carnicería por robar carne y revenderla. Leticia no lo sabía. Solo quería ayudarlo.
Él la vigilaba, la controlaba. Cuando se emborrachaba, le daba golpizas tan fuertes que terminó cojeando, perdiendo la movilidad de dos dedos de la mano derecha. Miraba al piso constantemente. Ya no quedaba luz en su mirada. Solo sombras.
El matrimonio duró poco más de un año. Leticia no volvió a hablar con nadie. Trabajaba, servía a Agustín, se encerraba en el baño a escribir en el diario que le regaló Marita, se limpiaba con los pañuelos y rezaba en silencio a Dios para que Agustín se aburriera y se fuera con alguna de las queridas con quienes le era infiel.
La muerte…
13 de febrero de 1978. Drogado, borracho, violento y con poca lucidez, Agustín preparó una sierra, dos cuchillos y dieciséis bolsas de basura. En dos de ellas echó los pocos harapos de Leticia; en las otras catorce, cada una tenía una etiqueta blanca. A las cuatro de esa fatídica tarde, puso a todo volumen un equipo de sonido con los tangos más famosos de la época, sobre todo aquellos que hablaban de la traición de una mujer. A las siete, cansada, con hambre y la quincena adelantada, Leticia llegó a la casa. Le pidió a Agustín que le bajara un poco el volumen, se sirvió un té mientras calentaba la comida, dejó sobre la mesa de la cocina el dinero y se quitó los zapatos. Agustín le dijo: – “Te ves tan bonita, tan bonita para terminar así, qué lástima me das…”.
Leticia, acostumbrada a ese tipo de comentarios, lo miró sentenciándolo, se tomó el té, le entregó el dinero, él lo guardó y le dijo: – “Vení, sentáte. Mirá esas bolsas en las que no tienen papelito blanco, echá tu ropa que queda en el cuarto”. Leticia obedeció pensando que esa era su libertad…
A las ocho y media, Agustín volvió a poner alto el volumen del equipo de sonido, tanto que retumbaba en las paredes. Le gritó a Leticia: “¡Vení, agáchate y cállate!”, le pegó tanto como pudo, la apuñaló con sevicia veintinueve veces, cogió la sierra y empezó a empacar cada extremidad en cada bolsa. Las marcó, luego limpió todo, echó bórax y todo tipo de líquidos de limpieza intentando borrar el crimen. En la carroza de otra carnicería que pidió prestada, metió el cuerpo de Leticia y la enterró en un terreno a las afueras de Buenos Aires, con una cruz y un letrero que decía: “Adiós, bonita”.
Durante meses, la voz de Leticia se apagó, pero un día unos perros mastines encontraron una bolsa sobresaliendo de aquel terreno. Un granjero las sacó y encontró los restos de Leticia. Entre sus pertenencias se encontraba un papel con la dirección de la casa donde vivía Agustín, como si ella quisiera dar pistas de quién la mató. También estaba en un rosario el número de Marita. A ella la llamaron primero, le contaron todo y ella culpó a Agustín. Llamó a los papás de Leticia. Su padre acudió a la casa de su yerno, lo miró tajante y miró la foto de su hija; sin arrepentimiento, dijo en voz baja: “¿Quién sabe qué le hiciste a este hijo de puta para que te haya matado así? Sos la culpable de lo que te pasó”. Marita, envuelta en rabia, le escupió en la cara y le dijo: “¡Lárgate! Vos sos peor que el mismo asesino, ¡lárgate!”.
Más tarde, la policía llegó y detuvo a Agustín, que ya tenía otro historial con la ley por varias acusaciones. Marita se quedó sola en esa casa buscando algo de Leticia en el cuarto, cogió las fotos, botó lo de Agustín y, debajo de la cama, había una baldosa que sonaba. Marita la quebró con un martillo y encontró el diario, los pañuelos y el crucifijo. Sobre el diario decía: “Para: Marita”. En el diario, Leticia contó sus peores momentos, sus días, su vida de esposa. En las últimas páginas le pedía perdón a Marita por no prestarle atención y le suplicaba que si le pasaba algo, hiciera justicia, que hablara, que no dejara que su voz se apagara.
Días después, ya con el cuerpo entero de Leticia que le había devuelto la morgue para enterrarla, Marita le confesó por qué nunca le interesó ningún hombre. Le dijo:
“Mi querida Leti, yo te amé, yo te amé con mi vida, eras el amor de mi vida en un mundo donde nadie es libre, ni de pensar ni de hacer. No había en mi cuerpo alma para nadie que no fueras vos. Yo fui quien se debió casar con vos y besarte los pies y la cabeza, pero como ese tango que te dediqué un día en el colegio, besándote la mejilla: ‘Me han prohibido quererte’. Adiós, amor de mi vida, perdóname vos a mí por no tener la valentía de separarte de tus miedos”.
De la voz de Leticia, solo quedó un último eco en el papel de ese diario y el silencio característico de su dolor que todos recordaban. La madre de Leticia, Rosaura, nunca se perdonó haberle dado ese ejemplo, cogió fuerzas y sin pena echó al papá de Leticia a la calle, donde murió moribundo y olvidado. Marita luchó eternamente buscando justicia para Leticia. Agustín encontró su última noche de manera lenta y agónica, torturado silenciosamente en su propio calabozo a manos de dos hombres que solo estaban ahí de paso por tráfico de armas y quienes se ensañaron con él “por ser un macho alevoso pero también un cobarde mantenido que mató a su propia mina”
Sara Pardo del Rio es una joven escritora colombiana. Es periodista de investigación y ha hecho cubrimiento sobre el conflicto armado y la violencia de género. Esta es la segunda colaboración que publica en Perro Negro.
#NiUnaMenos #NoOlvido #JusticiaParaTodas
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