Por Isabel F Bussy
Aquí un triunvirato de reflexiones íntimas y breves pero llenas de inteligencia sensual. La primera aborda la invisibilidad y lo inasible de lo cotidiano mientras que la segunda es a la vez afrenta a la locuacidad y queja de la deformación de la realidad por parte del lenguaje, una idea muy a tono con Nietzsche. La postrera es una bella nota del más fino amor filial por la memoria de un padre
Familiaridad
Me dijeron que lo he visto varias veces, colgado de la sombra de mis pasillos, de la mano izquierda de la oscuridad.
¿Qué es?
Todavía no me atienden, pero siempre estuvieron ahí, soplándome luces de cotidianeidad. Cuando los escucho, vienen atravesando el sudor de la pastura, sin peso, como una voz que se va comiendo por atrás. Lo he visto incontables veces, capaz demasiadas, me dijeron. Habitando entre las políticas de mis pies descalzos y sucios. Respirando un rumor de un hilo de años y vidas para que no me olvide de mí.
¿Cómo lo encuentro?
Pero todavía no me atienden. Y cuando los escucho, aparecen al filo de mis sueños, bailando y burlándose al borde de la costumbre y la casualidad.
No sé si son los duendes o santos o sofistas que había anticipado mi mama, pero siempre estuvieron ahí.
Me dijeron que lo estoy viendo ahora mismo, babeando sobre mis parpados algo espeso y gritando coordenadas de una alguna espiritualidad.
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Me quedé sin letras
En conclusión, nos comunicamos a través de una combinación meticulosa, juiciosa e imperdonable de sonidos, y solo eso. Porque nada de nuestro alfabeto se iguala al mundo externo, o a cualquier mundo en ese caso. Ninguna historia acumulada puede mostrarme los mares alzados y los cráteres de la luna. Ningún diálogo me muestra tu mano ahogada de sudor tieso y tu silueta de violencia. Me estoy volviendo muda, porque los acentos me fueron infiel, porque las letras se inflaron sin permiso de ningún Santo. ¿Quién sometió a la lengua para representar el mundo? De seguro que hay criaturas debajo de tus uñas y detrás de mis orejas que les parece bastante grotesco escuchar nuestra orquestina caprichosa. Y por eso me estoy volviendo muda. Por respeto al mundo y a las brujas que cuidan de mi umbral. Porque hoy puedo caminar despacito para olvidarme que camino, en vez de recitar l i v i a n d a d con mucha saliva y poca justicia a l a r e a l i d a d.
§
Ayer se publicó mi primer cuento
Ayer se publicó mi primer cuento. Ayer me dijeron que mi padre está enfermo. Hoy amanecí con labios y dientes teñidos de borgoña, con mi perro negro sobre mis pies. Hoy amanecí con una llamada de mi madre con voz de ave desplomada y lagrimeando. Mi cuento mencionaba a mi padre solo una vez, un recuerdo de él pintando nuestra casa arrugada y añeja de blanco.
Hoy me hubiese gustado haber escrito más sobre él. No para recordarlo más seguido, ni perpetuarlo con testarudez. Sí, capaz, para explorarlo con fineza, para poner mi mano sobre su frente caliente y escribir y des escribir lo que es, lo que quiso ser, lo que calla en pasillos que restan intimidad. No habla mucho. No me ha contado demasiado. Probablemente por eso solo puedo escribir sobre mi madre, que a veces habla demás, porque uno puede desfigurar como barro solo lo que conoce desde debajo de sus uñas. Me dijo que le hubiese gustado ser corredor de fórmula uno, que no le gusta la polenta, que está contento en la playa a oscuras y con el aire frio de las montañas.
No es degustador de nada en particular, no se embebe por ninguna película, libro, especie de pájaro o dilema moral. No queda remojado de historias, o por lo menos no las cuenta. Porque una cosa es hablar y otra es hablar sobre el habla. Capaz es catador de la nada misma. Capaz es una fibra más de la naturaleza, como el viento, que no queda atareado entre ramas ni pierde minutos ya caídos del reloj balbuceando maldiciones y divinidades. Yo iba siempre detrás de él, pisando las mismas hojas ensambladas crujiendo desapareadas. Salíamos a correr por el bosque todas las mañanas, cuando aún sobraba neblina y estorbábamos a los coyotes. Trato de llamarlo todos los días. Su voz cambio. Hoy tiene un acento de fumador, con lapsos entre cada inspiración y dejos cavernosos. Hoy tiene una disfonía que le come las palabras por atrás. No es la voz que tenía cuando nos llevaba a la playa de noche para asustarnos cuando éramos niños. No es el tono que llevaba puesto cuando me enseñó a nadar en el mar. Yo iba siempre detrás de él, cubriendo sus huellas en el barro con mis pies. Escalábamos la misma montana todos los fines de semana. Me sacaba de la cama con resaca, los ojos encostrados y la lengua áspera. Subíamos para llegar hasta arriba, a lo último, donde el sol admiraba tanto la tierra que la achicharraba, y quedaban solo pieles de serpientes y cactus pardos. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que el sol calcina a todo mortal, y eso también nos incluía a nosotros.
Isabel F Bussy es una joven escritora argentina, traductora y estudiante de medicina que hasta hace poco residía en Florida y ahora esta afincada en Buenos Aires. La terquedad de su generosidad la ha convertido en una colaborada esencial y multifaceta de nuestra revista. Esta es su quinta entrega original para Perro Negro sin contar sus transcripciones y traducciones de ensayos y notas filosóficas de Alfonso Reyes y Estanislao Zuleta.
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