Por Teo Dunaljo
Exactamente hoy se cumple una década de la muerte de un artista integro, en el sentido más nietzscheano posible. Alguien quien compuso su propio réquiem con el último álbum que grabó y sacó al mercado el día de su cumpleaños justo dos días antes de fallecer
Se dice que la música es el vehículo perfecto de la nostalgia siempre y cuando no se tenga el estómago vacio. Una frase que, apócrifamente o no, bien pudiese ser atribuida a Che Guevara. No asi, la nostalgia sí representa un enorme negocio para la industria sonora con artistas fallecidos generando aún millones de libras esterlinas en ventas de álbumes y, hoy más que nunca, mercancia y baratijas de todo tipo. Este fenómeno de músicos convertidos en marcas más que en grupos fue inicado por Kiss a finales de los setenta. Y la idea de Kiss de optar por un maquillaje histriónico ad extremis para sus recitales provino de no otro que David Bowie y su alter ego Ziggy Stardust.
Pero, ¿cuál es la relevancia artística de David Bowie en el atiborrado y ecléctico paisaje musical de nuestros días? La respuesta no es clara. Antes de escribir estas líneas consulté con tres jóvenes londinenses de 27, 24 y 17 años, respectivamente, sus opiniones sobre Bowie y su legado musical. El de 27 años, quien consume música y gasta dinero en ir a conciertos, me espondió con un escueto “I like some songs“. El adolescente declaró “respetarlo” y nada más, mientras que la joven de 24, a quien conozco y admiro por su inteligencia, confesó con bastante desinterés saber de él pero no escuchar su música. ¿Cómo explicar que uno de las luces artísticas más importantes de la música popular esté ahora tan opacada entre las nuevas generaciones? Y por debajo de artístas de bastante menos calibre como George Michael y, hay que decirlo, Freddie Mercury.
La respuesta a ese enigma musical se debe en parte a la obsesión camaleónica de Bowie por reinventarse constantemente, una patología artística de estar al día con cualquier tendencia musical del momento. Esa patología no solo enajenó a un público ya idólatra, sino que produjo su mal concebida agrupación de rock Tin Machine, que fue su intento de sepultar del todo la figura de Izzy Stardust, y también su época de drum and bass con su elepé Earthling de 1997. De esa dos reinvenciones tal vez la menos desastrosa fue Earthling aunque ambos intentos fueron denigrados por la prensa musical británica y, peor aún, ignorados por su público. No obstante, los dos vinilos con Tin Machine fueron los que recibieron mayor escarnio. En The Final Act, un nuevo documental de Channel 4 sobre Bowie, el crítico Jon Wilde relee ante las camaras su reseña en Melody Maker del segundo larga duración de Tin Machine y él mismo se sorprende del vitriolo en sus palabras: “you are a fucking disgrace“. Así fue como Bowie comenzaba la década de los noventa.
The Final Act revela un Bowie gregario, amable y accesible. Alguien, quién lo fuese a creer, no siempre cómodo con la propia fama que forjó, pero igualmente alguien que, la mayoría de las veces, mantuvo una actitud utilitaria con respecto a sus colaboradores y allegados. El escritor Hanif Kureishi recuenta como se hicieron amigos muy rápidamente a finales de los años noventa, cuando Bowie estaba melodiosamente desorientado y en uno de los puntos más bajos de su carrera. Cantante y novelista mantuvieron una relación bastante estrecha justo hasta el momento en que Bowie aceptó ser el acto principal en la edición milenaria de Glastonbury en 2000. Kureishi acompañó a Bowie en el autocar que lo llevó al festival. El escritor habla de los nervios que Bowie sentía ese díá y de su necesidad de hablar. La actuación fue, para muchos, un regreso triunfal y el documental presenta ese recital como el retorno pródiga de un profeta musical. Kureishi admite que tras Glastonbury Bowie nunca más volvió a contactarlo y añade cómo muchas personas resentían esa faceta del cantante pero no él.
En cuanto a una genuina resurrección artística pos-Glastonbury, la verdad es más claroscuro que lo que el documental afirma. En 2003 y 2004 Bowie grabó en rápida sucesión Heathen y Reality y durante una actuación en el Hurricane Festival en Scheessel, Alemania, se desplomó tras bambalinas y fue llevado de emergencia a un hospital de Hamburgo donde recibió una angioplastia para tratarle una arteria obstruida. Ese incidente marcó su retiro de los escenarios.
Diez años después Bowie produciría The Next Day, una selección de canciones oscilando entre temas neogóticos referentes a la hiprocresía religiosa y el fin del mundo –The Next Day– o la fatídica obsesión con el mundo de los ídolos, las celebridades y la vejez –The Stars (Are Out Tonight)– con melodías más tradicionales y hasta reminiscentes de su glorioso catálogo anterior como Valentine Day.
Dos años más tarde le diagnosticarían cáncer del hígado, uno de los más intratables de todos. Bowie mantuvo su enfermedad en secreto y su energía vital se concentró en despedirse de su público y de este mundo con un último álbum: Blackstar. Su fascinación con el mundo estelar duró hasta el final. Es un trabajo magistral pero colmado de nostalgía y autorreflexión. Es tal vez uno de sus mejores discos, quizá por que ahora sabemos a plenitud lo que con tanta elocuencia nos cantaba. Curiosamente, su voz nunca perdió su poderío ni la riqueza singular de sus matices. Temas como I Can’t Give Anything (Away) y Lazarus -y su correspondiente vídeo- adquieren un valor inusitado ya que poco después nos percataríamos que Bowie había compuesto su propio réquiem. Blackstar es una obra que el mismo Nietzsche admiraría. Es decir: la del hombre que convierte toda su vida -y muerte- en una obra de arte y quien al enfrentar el deceso lo hace con mucha dignidad pero, posiblemente más importante aún para un músico pop, con gran estilo. ¿Cuántos de nosotros no quisiéramos despedirnos de esta fiesta bailando antes de meternos a ese guardarropa del olvido?
Teo Dunaljo es un escritor y uno de nuestros críticos musicales de cabecera. Reside en la ciudad inglesa de Birmingham con su novia Catherine que es actriz y cantante. Es autor de una colección de cuentos bajo el título Deja que la luna no salga.
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