Algo similar a la producción de Netflix de Cien años de soledad, le ha sucedido al film biográfico de ese apóstol de la contracultura: Bob Dylan. San Bob disfruta tal nivel de veneración que hay quienes se niegan a ver la película, pues se sienten agraviados de que alguien haya hecho un film de cómo, en 1965, Dylan traicionó a los puristas de la música folclórica cuando se colgó una guitarra eléctrica y cantó
En los primeros quince minutos de A Complete Unknown, Bob Dylan (Timothée Chalamet) le dice a su entonces musa y novia neoyorquina Suze Rotolo (Elle Fanning) que “Picasso está sobrevalorado”, cuando ella lo invita a ver el Guernica que todavía colgaba de un muro en el MOMA de Manhattan. Ese acto de menosprecio artístico de un “genio” hacia otro captura perfectamente la arrogancia y el alejamiento que Dylan ha practicado toda su vida. Es una autosuficiencia que, según la película de James Mangold, era ya evidente en 1961 cuando Dylan con meros 19 años decidió abandonar su nativa Minnesota para reinventarse en el Greenwich Village neoyorquino.
Varios obispos y otros prelados de la iglesia de San Bob han expresado ya su descontento con lo que ellos consideran una profanación a su deidad o, en el mejor de los casos, un acto de herejía: filmar la génesis de su mito y tratar de revelar un poco el aura que aún lo envuelve. Y es que la música de Robert Allen Zimmerman con seis décadas y cuarenta álbumes, querámoslo o no, simplemente está ahí como también lo están la goma de mascar, el denim y la pizza. Nuestra indiferencia puede durar décadas, pero tarde o temprano le escuchamos con atención y su epifanía hace que de repente nos preguntamos ¿cómo es posible que no le hayamos puesto cuidado antes? Desde ese momento somos parte de esa congregación que escucha deleitada sus sermonarias canciones desde la montaña de su fama. Aquellos interesados en los mensajes de sus composiciones y que aún no le han prestado cuidado a las letras de un músico galardonado con el Pulitzer y el Nobel, el poder lírico de su poesía se nos revela de la misma manera en que un buen amigo nos revela un secreto sobre una persona allegada a nosotros. En más de una forma no podemos volver a ser los mismos.
Es ya de rigueur que los protagonistas de películas sobre estrellas musicales canten y toquen los instrumentos ellos mismos. Lo vimos, obviamente, con Bradley Cooper in A Start is Born, parcialmente con Ramy Malek en Bohemian Rhapsody, definitivamente con Taron Egerton en Rocket Man y ahora con gusto, ímpetu y un increíble despliegue de talento con Timothée Chalamet. Su personificación de Bob Dylan, es quizá la más compleja y difícil de todas ellas. Es ya una exigencia histriónica cuyo precursor fue el mismo James Mangold quien antes de haber transformado a Chalamet en un Dylan absolutamente creíble, lo hizo en 2005 con Joaquin Phoenix y su interpretación de ese otro ícono de la música popular: Johnny Cash. Ni Phoenix ni Chalamet sabían tocar la guitarra o propiamente cantar antes de haber aceptado sus papeles protagónicos. Phoenix tuvo menos tiempo, ya que Walk the Line estaba ya en las salas de cine dos años después de la muerte de Cash en 2003 y además contaba con la “ventaja” de que el biografiado en la pantalla ya había fallecido. Con Bob Dylan, la apuesta era más elevada y bastante mucho más arriesgada.
Chalamet se preparó por cuatro años para construir su Dylan. Tanto él como Mónica Barbaro, quien nos ofrece una Joan Baez aún más glamorosa y elegante que la original -como si eso fuese poco- no solo tocan la guitarra, y la harmónica, en el caso de Chalamet, sino que cantan en vivo todos los temas que aparecen en la película. Es que hasta ese mascullar de sílabas con acento Midwest tan característico del temprano Dylan, Chalamet lo hace con veracidad. Mientras veía la película y me esforzaba por entender algunas de las líneas que Chalamet murmura, imaginé que tal vez todos debamos estar agradecidos con la popularidad que ha obligado a Dylan a tener una mejor vocalización. Baste decir que sus actuaciones en vivo son legendarias por nunca saberse a ciencia cierta si lo que va a cantar es inteligible o no.
A Complete Unknown es una película de comienzos y de reinvención. Cubre tan solo cuatro años de la vida de Dylan. Desde su arribo, una fría mañana de enero de 1961, a esa “Gomorra moderna” -según el propio Dylan- hasta el momento en el Festival de Newport de 1965 cuando el trovador por fin “traiciona” a los guardianes de la música folclórica norteamericana -entre ellos Pete Seeger, interpretado magistralmente por Edward Norton quien tampoco se queda atrás del resto del elenco tocando él mismo la mandolina- y decide usar una guitarra eléctrica. Alguien en el público le grita “Judas” que nunca sucedió en Newport sino en el Free Trade Hall de Manchester cuatro meses antes. En el incidente real en Manchester, Dylan permaneció callado, pero en el de Newport de la película él simplemente responde “No le creo”.

Toda reinvención implica inevitablemente una traición a un pasado supuestamente más auténtico. El film de Mangold, basado en el libro de Elija Wald (Dylan se electriza! Newport, Seeger, Dylan y la noche que partió a los sesenta) captura con lujo de detalles el fervor que existía alrededor de una música que se creía estaba cambiando el mundo. Fueron los años convulsionados de la primera mitad de la década de los sesenta, con la segregación racial aún legitimizada y el tufo del macartismo haciendo que todo oliera más feo. La película, que abre con Pete Seeger en una corte enfrentando acusaciones de actividades antiamericanas, es un festín visual y musical. No solo utiliza grabaciones originales de los noticieros con la crisis de misiles en Cuba, el asesinato de J.F. Kennedy y una muy breve escena de Malcom X hablando en Nueva York con un Dylan mirando, por supuesto, desde la distancia. Al Greenwich Village de la época tuvieron que recrearlo en Hoboken, Nueva Jersey, al otro lado del Hudson, ya que la Gran Manzana ha cambiado tanto que quedan muy pocas calles inalteradas en Manahattan. El interior del apartamento que compartieron Dylan y Rotolo fue meticulosa y *forensicamente copiado mediante fotos de ese espacio privado en el que Dylan, durmió, fumó, compuso canciones, bebió y le fue infiel a Rotolo con Joan Baez. El piso original estaba destruido, así que una vez más se usó un apartamento de Hoboken y no de Manhattan.
El rostro de Timothée Chalamet ocupa gran parte de la pantalla y de la película. Y es uno más de los aciertos. La despreocupada crueldad de Dylan y su palpable sentido de superioridad, con medias sonrisas moviendo levemente la comisura de los labios, están ampliamente presentadas de manera discreta pero magistral. El Dylan que Chalamet ha fabricado para nosotros es hipnótico, electrificante y revelador si estamos preparados a especular un poco leyendo entre líneas. Y entre esas especulaciones osaría decir que no fue únicamente la genialidad de Dylan como músico y creador lo que lo impulsó a aceptar la *irrepresible y -literalmente- electrificante energía del rock ‘n’ roll sino quizá también su instinto de que si no hubiese adoptado la guitarra eléctrica su estrella como uno de los más reconocidos compositores de la música popular de nuestros tiempos hubiera brillado con mucha menos intensidad. La razón: Dylan hubiese estado confinado a ese semi-artefacto de museo sonoro que es la música folclórica acústica. En una escena en que Dylan se ve obligado a entretener a una fiesta de selectos mahanttanitas, alguien le pide que ignore “esa basura de Los Beatles” que viene del otro lado del Atlántico. Concluía 1964 y a finales del siguiente julio Dylan tocaría en Newport con su nueva banda. Justo tres semanas después, The Beatles, en agosto de 1965, darían el que es considerado el primer concierto de rock en un estadio en el mundo angloparlante ante una multitud delirante en el Shea Stadium de Nueva York. Curiosamente, mucha gente ignora que en el rock en español eso ya se había dado en Buenos Aires con bandas de rock mexicanas tocando los llamados “refritos”. Dylan que había estado en el Reino Unido en abril y en mayo de ese año palpó la desbordante popularidad de los cuatro liverpudianos. Es decir: esa decisión fue tan artística como de autopreservación. Es una ironía brutal que fueron jóvenes británicos quienes le vendieron de vuelta a Estados Unidos la música que sus propios coterráneos afrodescendientes habían inventado. El día anterior a su actuación en Newport, Bob Seeger, consciente de que Dylan iba a profanar con amplificadores la tarima de su amado festival, visita a Dylan en su cuarto de hotel y le pregunta por la música que está escuchando. Dylan, de manera cortante y desafiante, le responde “The Kinks”.
Esta película, posiblemente como la serie de Netflix de Cien años de soledad, va a llevar a más de un espectador a “beber de la fuente original”. Con Dylan sí que podemos hablar de perpetuidad. Y la perpetuidad requiere de tres elementos: simplicidad, autenticidad y universalidad. Esa forma ultra sencilla de Dylan de cantar sus metáforas bíblicas con esa “voz de arena y pegamento” -palabras de David Bowie- recordándonos temas que siguen poética y políticamente vigentes. Así, quien escuche la obra de Robert Zimmerman se sorprenderá de su propia indiferencia todos estos años. Todavía hay tiempo para sorprenderse y A Complete Unknown bien puede ser el lugar donde comenzar.
Miravel Ladino es una de las escritoras de planta de nuestra revista que escribe sobre música. Ella es madre de familia y profesora de música en una escuela secundaria de Nottingham. También es autora de libros infantiles.
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