Por Mario Flecha
La cita de Cervantes bien puede ser el acto de valentía de un orate en labios de Don Quijote. No así, para las nuevas generaciones la tauromaquia es una de las formas vigente de la barbarie. Este relato inédito de uno de nuestros más entrañables colaboradores bien puede leerse sobre los conflictos que se crean cuando las tradiciones se ven como algo incuestionable y por ende perenne
¡Ea, canalla, para mí no hay toros que valgan,
aunque sean de los más bravos que cría Jarama
en sus riberas!”,
Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha
Las puertas de las casas en el barrio de Ángel están cerradas, mostrando sus colores vibrantes en los frentes de privilegios. Yoili y Jemmy caminaban a la orilla del New River, escuchando el susurro de los tacos al chocar con las baldosas, ese retumbar sordo, apenas perceptible se adueñaba del silencio del atardecer.
Jemmy llevaba entre sus manos un manojo de flores de suaves pétalos, apretando los tallos envueltos en papel de celofán mientras paseaban con la soberbia de un gallo de riña. El pie derecho avanzaba un paso dejando atrás al pie izquierdo quien repitiendo el movimiento se adelantaba al pie derecho, las oscilaciones de las piernas iban adquiriendo un ritmo de felicidad vibrante.
Yoili, a su lado, iba colgada del cuello de él, mientras su lengua le recorría el lóbulo de la oreja y él trataba de defenderse, ella le revisaba el bolsillo interior del saco buscando los garabatos poéticos que él escondía en la oscuridad de su chaqueta. Él había leído en una revista literaria que Felisberto Hernández paseaba su último cuento en el bolsillo interior de su saco allá en Montevideo.
Silbaban una canción juvenil mientras una nube de abejas nocturnas perseguía a las flores que Jemmy llevaba en su mano, picándole las uñas
—¿Vamos a ver a la compañía de Paco Peña en Sadler Wells Theatre?
—No. Es otro grupo de flamenco.
Caminaron por City Road hasta llegar a Saint Johns Street donde doblaron por Roseberry Avenue, hasta llegar frente al teatro.
En el vestíbulo del teatro había un movimiento extraño, la gente se movía sin rumbo mientras que para acceder a ese mundo había que pasar por las linternas de los guardias que controlaban la entrada.
Dentro de la sala del teatro, una joven se encargó de indicarles donde ir después de romper los billetes de entrada.
Tres haces de luz iluminaron el escenario destacando la figura de María La Soleada, famosas bailarina de flamenco. En un rincón del escenario Raúl Montes se había sentado sobre el cajón mientras sus dedos lo golpeaban rítmicamente y el tercer foco de luz estaba dirigido al cantaor cuyo nombre no aparecía en los programas.
La oscuridad de la sala fue atravesada por una voz aguda en un lenguaje inabordable, debido a la velocidad extraordinaria del cantaor las palabras se asociaban sin coherencia, eran sonidos guturales del alma expresando alegría, pasión y terror.
Según Yoili. El cantaor en su desmesura emocional vacía el lenguaje de contenido dejándolo sin significados.
—Este espacio de las bulerías es como una pintura abstracta. Dijo ella.
—Raúl. ¡Ole! ¡Pégale! al cajón hasta que los dedos se te acalambren. — Se escucho a alguien gritar interrumpiendo el silencio.
María La Soleada zapateaba acariciando las tablas del escenario cepillando el piso, fue cambiando el ritmo, sus movimientos ganaron exasperación repiqueteando sobre las tablas mientras su cuerpo giraba sobre sí mismo enroscándose con elegante brusquedad.
—hala, hala —murmuraba apretando los labios…
—oles —se escucharon junto al sonar de las palmas que acompañaban el ritmo del cajón.
Ella se agitaba con la agilidad de una serpiente que explota en un zapateo furioso y Raúl el del Cajón lo golpeaba con la intensidad de un boxeador que maltrata a un punching ball.
En el intervalo mientras Yoili compraba vino en el bar del teatro, Jemmy salió a la calle a fumar un cigarrillo. Había comenzado a lloviznar esas gotas flacas que al chocar con las baldosas ni siquiera salpicaban porque se morían antes de aterrizar.
Con los ojos cerrados revisaba las imágenes que se habían pegado en su memoria cuando escuchó el ronroneo aturdidor de una motocicleta frenar frente a él.
Vio correr al acompañante del conductor mientras gritaba…
—¡Mueran los Gitanos.!
Después escuchó el sonido seco de disparos y vio como el hombre desaparecía.
—¿Vamos a cenar a casa? Preguntó ella.
—Los tiros al aire explican porque había tantos guardias. Dijo Jemmy
Ella lo miró y sin decir nada le atacó la oreja con su lengua.
Yoili era una mujer variable.
Trabajaba de terapeuta de sueños. Cuando Jemmy la conoció en el pub, le había gustado la manera en que torcía los labios cuando hablaba.
A veces su fogosidad era extrema, en otras ocasiones lo ignoraba de tal manera que hacía imposible el diálogo.
Entonces él se quedaba dando vueltas alrededor del living room hasta que cansado de su silencio se iba a su departamento en Dalston. Deprimido por la circunstancia trataba de comunicarse enviándoles emails poéticos que él robaba de una página de la web. Tres días después del incidente en el teatro, dos policías los esperaban en la puerta de entrada de la casa de Yoili.
—Tenemos un video donde se lo ve a usted fumando a la entrada de Sadlers Wells. Dijo uno de ellos. Presentándose les mostró la chapa de policía como en las series de televisión norteamericanas,
Les preguntaron ciertas banalidades incoherentes. Mientras escribían en una libreta de tapas negras con letras apretadas las respuestas.
—¿Cuántos fueron los que atacaron a balazos el teatro?
—Dos hombres. Dijo cansino.
—¿Notó algo que delataría quienes son y cuáles eran sus intenciones?
—No nada extraño, uno de ellos se bajo de la motocicleta y corrió hacia el teatro disparó varios tiros, regresó a la moto y desaparecieron. Escuché que gritaba gitanos en español
Jemmy les contó que todo había sido tan rápido que apenas si tuvo tiempo de reaccionar después de los disparos y difícilmente podría reconocer a los que atacaron el teatro.
Los policías terminaron la interrogación invitándolos a presentarse en la comisaría para identificar a los atacantes al día siguiente.
Corrieron a guarecerse de la lluvia debajo del toldo del Bar El Paraíso.
—Esto se pone confuso….
—Parece ser que nuestra visita al teatro se va complicando cada vez más.
Jemmy leyó en las páginas de la web que había grupos de militantes taurinos enojados porque el Departamento de Cultura en Madrid había decidido eliminar el Premio Nacional de Tauromaquia de su ministerio, trasladando cierta cantidad de dinero del carnaval taurino a promover la música flamenca. Esto enardeció a los fanáticos taurinos quienes afirmaban que la violencia contra el toro no es violencia.
—¡Es arte! ¡Es Tradición! ¡Es cultura! Es una performance.
—Imagínate encerrarse en el ruedo y hostigar al animal hasta asesinarlo de una estocada
—¿Qué otro arte culmina con la muerte?
—El arte de la guerra.
—El toro dibuja su muerte sobre la arena con la sangre que le brota desde las heridas hechas por los banderilleros mientras que el saltimbanqui del torero agita el trapo rojo para provocarlo. Los hombres sentados en las gradas de la corrida tienen erecciones.
—¿Cómo sabes lo de las erecciones?
—Lo deduje después de leer Memoria y espanto de Néstor Braunstein quien concluye en su análisis que para Michel Leiris, el arte de la tauromaquia es un simulacro del coito.
—¿Sabes cómo se prepara a los toros para su sacrificio?
—Sí. Se los hambrea por una semana, se los encierra en un ruedo, se hace lo imposible para enfurecer al toro hasta que aparecen los banderilleros y los picadores a caballo quienes lo lancean para calmarlo, desangrándolo. La pérdida de su sangre lo debilita haciendo más fácil la tarea de matarlo de una estocada ahorrándole los sufrimientos.
—Muerto el toro, se acabó la fiesta—
—No, después le cortan las orejas al toro y se la entragan al matador como premio.
—¿Hay otros métodos de crueldad ?
—Siempre hay otros, la crueldad está regida por la imaginación del abusador. Y la imaginación es infinita. Cuentan que, en un puerto de Alicante, en una fiesta nefasta se empuja al toro a la locura hasta que el animal se cae al mar. Como nadar no está en su naturaleza a veces al caerse se ahoga otras el barco que vigila está excentricidad lo rescata.
—Si te corre un toro para matarte, ¿tendrías una erección?
—No, me atacaría una diarrea imparable.
Hacia el anochecer salieron a pasear por el barrio, luces mortecinas iluminaban los cuartos anónimos de las casas victorianas que ocultaban entre sus paredes las vidas de sus habitantes.
Yoile dijo
— Me consultan soñadores perseguidos, gente que confunde las esperanzas del futuro con el presente. Me envían emails explicándome sus fantasías.
—¿Cuál fue el paciente más complejo que atendiste?
—El sueño más extraordinario que traté, fue una Sra que tenía una pesadilla recurrente. Apenas cerraba los ojos, aparecían palomas que revoloteaban alrededor de su cabeza hasta que desaparecían y después de una explosión y un centelleo luminoso regresaban y construían un nido entre sus tetas. Al despertar percibía que las palomas circulaban sobre su cabeza y sentía los pichones que se acurrucaban en el tajo de sus tetas.
—Se estaba volviendo loca.
—Sí. Otra historia era la de un hombre enamorado de su jefa. Este no podía sacársela de la cabeza cerraba los ojos y todo lo que vía era ella que corría hacia él y después de besarse apasionadamente se desnudan, hacen el amor y los gritos del placer se pegaron a sus oídos persiguiéndolos, hasta que de ninguna parte aparece el marido de ella y le pega varios tiros en la cabeza a ambos.
Jemmy comenzó a reírse
—¿Entonces?
—Organizamos una sesión de Zoom. Ellos me cuentan sus problemas, yo los escucho en silencio y comienzo el tratamiento, los hipnotizó a través de las pantallas de las computadoras con el método de los espejos en movimiento del Dr Luys y le sacudo la masa encefálica telepáticamente hablándoles con una voz monótona, lentamente de la salud, hasta que siento que los estoy controlando y les envió ondas magnéticas hasta que el diablo se va de sus cabezas.
Él la miraba incrédulo.
—¿Y eso los ayuda?
—Creo que sí porque nadie quiere una segunda consulta.
Cuando estaban llegando a la estación del subterráneo de Ángel al pasar por el cul de sac de Torrens Street había un grupo de unos 15 hombres preparándose para expresar su descontento con el gobierno madrileño. Con carteles de la Real Unión de Criadores de Toros de Lidia, Unión de Toreros, Asociación Nacional de Organizaciones de Espectáculos Taurinos, Fundación del Toro de Lidia y la Alianza Rural. Exigián la dimisión del Ministro de Cultura Español. Las pancartas más exaltadas decían
¡Libertad de matar a los toros!
¡Que viva la muerte!
Asustados aceleraron los pasos de tanto disparate.
Yoili temblando de miedo dijo.
—Estos locos se equivocaron. Estamos en Londres no en Madrid. ¿Qué quieren decir con Viva la muerte?
—Los locos siempre viven equivocados. Se refiere a una polémica en la Universidad de Salamanca entre el Profesor Miguel de Unamuno y el Legionario José Millán Astray, este último contaba que discutió con Unamuno con ese filósofo de mierda como Millán denominaba Unamuno y a quien le grito en la cara —¡Muera la inteligencia! —y continuo con dos eructos y un —¡Viva la Muerte! —
—Me imagino la cara del profesor
De pronto estallaron canciones en un grupo de opositores que venían por City Road con pancartas y tambores y cantaban
EL ARTE
se pinta
se esculpe
se escribe
se declama
se construye
pero jamás se clava en la carne.
Después de un par de insultos que se cruzaban entre los bandos la tensión se transformó en violencia.
Uno de los antitaurinos levantó un cascote y gritando
—Basta de maltratos a los animales. Bestias,— lo lanzó contra el grupo opositor con tan mala suerte que golpeó en la cabeza a un cura que precedía la demostración.
El cura se desmayó instantáneamente cayéndose al suelo mientras una de las mujeres se sentó a su lado lo ayudó acomodando la cabeza ensangrentada sobre su falda y golpeándole las mejillas tratando de reanimarlo. Varios de los hombres que llevaban pancartas furiosas al ver la sangre correr por el rostro del padre, usaron los varas como lanzas atacando a los defensores de los animales. Estos al ver el peligro se dispersaron en todas las direcciones .
Se escucharon gritos de asesinos, criminales, hijos de mala madre, hijos de puta ambos grupos se recriminaban con insultos, mientras las voces iban subiendo de tono fue apareciendo la enemiga de todos, la violencia. Volaron golpes, adoquines y pancartas.
El cura recuperó la conciencia, cuando se tocó la cara y vio sus manos rojas de sangre se arrodillo en el pavimento y comenzó a rezar
—Oh Dios, perdónalos no saben lo que hacen.
Los curiosos que se habían acercado a Torrens Street sin entender que estaba pasando quedaron alucinados con el despliegue de odio de los protagonistas.
Yoili escuchó a una madre explicándole a su hijo que no llorara que eso que estamos viendo es solo una re actuación de la batalla de Hasting con ropa contemporánea.
—Puro teatro —dijo ella, secándole las lágrimas a su hijo. Y se fueron a la estación del subterráneo de Ángel mientras escuchaban las sirenas de la policía…
Mario Flecha es escritor, crítico de arte, antologista, ex-editor de la revista de arte Untitled y uno de los colaboradores mas asiduos de Perro Negro. Es autor, entre otros, de los títulos Profesor Monday Zofana y El Trapecista. Actualmente divide su tiempo entre España e Inglaterra.
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