Por Ricardo Arcos-Palma
Los seres monstruosos, más allá de la ineludible parodia, tienen un lugar asegurado en la imaginación popular. Por eso siempre los revisitamos para actualizar su estética y renovar las metáforas politicas y sociales que encarnan. En esta nota exclusiva, que nos llega desde París, se disecta los antecedentes y el significante de la última versión del sangriento Conde Orlok
Asistí en buena compañia al estreno del nuevo Nosferatu de Robert Eggers y esa noche no dormí bien. No por el terror que pudo haberme ocasionado el filme pues ya a estas alturas de la vida uno no siente terror por las películas de terror. No, mi desasosiego nocturno más bien provenía de los personajes fascistas que pululan en todas partes. La razón de mi insomnio era porque no sabía cómo ordenar las ideas que este Nosferatu suscitó en mí. Y hoy, día de luna llena de un trece de enero, es un momento más que propicio para redactar esta nota por razones que todo amante de historia vampiresas reconocerá.
Es imposible no hacer una genealogía de las tres películas que preceden la versión de Eggars y las otras tantas que hablan de ese Conde vampiro, chupa sangre morde cuellos que huye de la luz del sol, habita en castillos lúgubres, está rodeado de perros salvajes 9no de gatos) y solo sale de su féretro cuando se obsesiona con un cuello hermoso como el de Ellen la prometida de Thomas, el joven abogado que trabaja en una agencia inmobiliaria vendiendo castillos.
Ese hombre animalizado ha fascina el imaginario moderno y ya veremos de qué manera. En mi Pequeña historia de la Animalidad, anuncié esos “devenires animales” apoyado como no, en Gilles Deleuze y Félix Guattari: todos los seres humanos tenemos algo de animales, así nuestra humanidad insista en acallarlos. Por tal razón es que nos rodeamos de ellos: para domesticar nuestros temores, para domesticar a la bestia que hay en nosotros mismos o en el peor de los casos para proyectar en ellos todo lo que no deseamos o negamos de lo humano.
En el ocaso del siglo de la razón, Bram Stoker escribe su célebre novela Drácula (1897) en la que nos habla de un conde que se alimenta de sangre humana. El mismo Goya un siglo antes nos había anunciado que el Sueño de la razón produce monstruos (1799) y, no era para menos: los monstruos se esconden en nuestra propia sombra que es inseparable de nuestra humanidad. Por tal razón, Friedrich Wilhem Murnau haciendo caso omiso a esa intolerancia cultural e idea prosaica que insiste en que una novela no debe ser llevada al cine realiza, ignora la demanda de la viuda de Stoker que lo acusa de plagio, y realiza en 1922 su Nosferatu, una sinfonía del horror. La película muy pronto se convierte en una joya del cine mudo y del expresionismo alemán en blanco y negro con un Conde Orlok interpretado magistralmente por Max Schreck, quien se funde con su silueta y sus manos delgadas que terminan con esas uñas garras propias de un animal.
¿Cómo no traer a la memoria la versión de Werner Herzog Nosferatu, el fantasma de la noche (1979) y al inigualable de Klaus Kinski que deviene un vampiro? La escena donde la peste asola la ciudad y los habitantes ante la invasión de las ratas que llegaron con el féretro del vampiro en ese navío de la muerte, se entregan a su último banquete en una verdadera danza macabra, es simplemente insuperable, así la versión de Eggers le hace un guiño a esta escena en su película de manera fascinante.
La película retoma la historia original: un viejo vampiro en este caso interpretado por Bill Skarsgard que había ya actuado como ese payaso terrorífico en Eso. Aunque su papel como el Conde Orlok, algo petrificado no logra superar las otras versiones, le da un cierto encanto al menos con un vampiro como un ser que se degrada en la miseria de la carne; el mismo Willem Dafoe en esa maravillosa película La Sombra del vampiro (2000) interpreta a Max Schreck que hizo de Conde Orlok en la película de Murnau, es mucho mejor en ese papel y que en esta ocasión decide no ser el monstruo sino el doctor Eberhart Von Franz. Es este doctor quien descubre como acabar con el mal: dejar que la doncella, se entregue al vampiro en la noche de luna llena para que este en la locura de la pasión y la ebriedad de la sangre no escuche el canto del gallo y la luz del amanecer que lo fulmina.
¿Pero por qué escribir sobre algo que ya ha sido tan documentado, particularmente en los anales del cine? Bien, quizá lo más interesante es ese aspecto psicológico que se hace evidente en esta versión más que en las anteriores: la mujer confiesa a su joven esposo que ha logrado escapar del castillo, que antes de conocerle había invocado a esa sombra que llega en la noche y solo lograba calmar su deseo que era visto como una mal propio de “la histeria” un vocablo que en griego antiguo significaba útero.
Cuando Stoker escribe Drácula, la histeria es reconocida como una enfermedad exclusivamente femenina. Los célebres estudios de Charcot van a inspirar a escritores y artistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX como a los surrealistas que ilustran con las fotos de las pacientes recluidas en el Hospital de la Salpetriere ese número de La Révolution surréaliste: en efecto esas pacientes parecen estar poseídas por una especie de furor divino propio de las místicas: sus ojos casi desorbitados miran al cielo como buscando aliviar el fuego que consume su útero. Freud escribe su célebre Tratado sobre la histeria en 1895. Lo que consume a esas histéricas, es su propia sangre que en cada ciclo desangra su interior manchando las sábanas del preciado y vital líquido.

Esa pequeña muerte que llega la mayoría de las veces con las lunas llenas, es precedida por pequeñas muertes que se traducen en el orgasmo: el idioma francés justamente define el momento culminante del coito como la petite morte. Y cómo ver esto de manera natural natural en una sociedad demarcada por prejuicios morales? ¿Quién puede tener placer sin haber pasado por el sagrado virginal del matrimonio?
Así los vampiros hayan habitado desde la antigüedad dentro del imaginario colectivo, es en el siglo XIX cuando pululan y comienzan a aparecer en sombras y rincones con una fuerza insospechada. Lo sobrenatural se impone y es el terreno fértil para el nacimiento del vampiro que es la encarnación perfecta del amor. Pero no del amor conyugal, por supuesto, por tal razón al esposo de Ellen se lo retrata como un pobre hombre que no puede hacer nada contra el Conde Orlok; el amor del vampiro es amor pasional y carnal de mordidas, rasguños o chupadas de sangre.

Así, el arte ya siente la libertad de retratar lo que pintó: Eduard Munch, por ejemplo, muestra con cierta teatralidad y mucha tranquilidad una escena pasional titulada: Amor y dolor (1895) en la que el vampiro es una mujer que muerde el cuello de su amado que sucumbe sobre el regazo de su amada. Su cabello rojizo se escurre como hilos de sangre sobre el amado que es recubierto por esa extraña cabellera mientras reposa en los brazos de la mujer. La película, en esta última versión, deja ver ese deseo pasional de la mujer por ser consumida por la bestia: “tú no logras darme ese placer que él me da”, le dice Ellen descarnadamente a su esposo que afectado por tal confesión hace el amor con furia con ella sin llegar a complacerla. Pero ya es demasiado tarde: el vampiro no solamente ha hecho suyas a su prima que esperaba un bebé sino también a las dos hijas y quizá a otras mujeres en Wisborg, ciudad alemana donde el conde se traslada dejando atrás su querida Transilvania.
El vampiro es el único monstruo imaginario que logra apaciguar el fuego del útero, la verdadera pasión que va más allá de la reproducción, traducido en la terrible psiquiatría moderna marcada por una mirada masculina sobre la histeria que se convierte en una patología. Los colmillos clavados en el cuello son una metáfora perfecta de la penetración y del cuestionamiento de la virginidad. La sangre símbolo de la vida, se convierte en su brote desmedido en la muerte misma que es, pese a todo, placentera. El vampiro sucumbe en los brazos de su amada, objeto de su deseo, importándole poco las heridas mortales que deja la luz del sol sobre su cuerpo. Solo es la noche y sus sombras que hacen vivir a este monstruo amoroso y que todos los mortales insisten en negar que en ellos hay un vampiro. Para darle muerte a estos seres, antes de espantarlos con un crucifijo y un collar de ajos, hay que enterrarles una estaca de madera no el cerebro sino en el corazón, el órgano humano por antonomasia asociado con el amor. Estos monstruos son irracionales y por lo tanto son eros, es decir: sentimiento y sensibilidad a flor de piel. Concluyo estas líneas a una la hora en que todos duermen menos la otra mitad del mundo. Lo hago recordando el relato La Condensa sangrienta de Alejandra Pizarnik en la que se retrata la versión femenina del vampiro encarnado en la mujer de la nobleza del siglo XVI Erzébeth Bathory quien secuestraba jovencitas para chuparles la sangre en su castillo pues la pasión por los cuellos no es exclusividad de los hombres. Al terminar este texto, me miro en el espejo y veo que aún persisten en mi cuello las mordeduras amorosas y pasionales de quien me acompañó a ver esa película y a quien dedico estas líneas.
Ricardo Arcos-Palma cursó Filosofía en la Université Paris 1 – Panthéon de las Sorbonne. Es filósofo, curador y crítico de arte y cultura. Es miembro de AICA (France Association Internationale des Critiques d’Art) y lleva Vistazos críticos, una página digital de critica cultura. Reside en París y esta es su primera colaboración para Perro Negro.
Imágenes: Doble página de la edición, en 1928, de la revista La Révolution surréaliste dedicada a la histeria. Eduard Munch, Amor y dolor (1895).
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