Por Hernán B. Aliaga
En la era de la hipervisibilidad, donde la intimidad se vende por suscripción y el deseo se administra mediante algoritmos, Sophie Rain se ha convertido en una figura emblemática. Con solo 20 años, esta influencer norteamericana ha facturado millones en OnlyFans sin desnudarse del todo. Esta nota indaga en el fenómeno desde un ángulo inesperado: el del fetichismo simbólico y la economía del deseo en clave romántica
Lunes por la mañana, mi hijo está en el colegio y el perro duerme una siesta. Llevo sentado quince minutos frente a mi escritorio ordenando papeles. Es otoño en Berlín y algunos radiadores van encendidos al mínimo, pero no basta, los pies se me congelan. Voy por otro café a la cocina y al regreso subo la temperatura un punto; antes de sentarme tomo el celular sin propósito, reviso un par de mensajes. Quince minutos después me he creado una cuenta en Instagram. Es octubre del 2024.
Al finalizar ese año, Sophie Rain habrá facturado 43 millones de dólares. Al abrir mi cuenta no la conocía, pero es casi seguro que el primer reel sugerido fuese uno de ella. Mi memoria no es fiable. Es probable que le haya dado click y acaso posible que haya entrado a su página. Prejuiciosa lógica la del algoritmo: después llegaron en tropel más videos suyos, de sus amigas de la Bophouse y de otras jovencitas en bailes arrítmicos, contorsiones despiadadas y gestos de formato. Turgencias fanfarronas detrás de lívidos vestidos, escotes, tangas, microshorts, pantalonetas de gimnasio, jeans stretch. Jóvenes de espaldas y de pie leyendo concentradas a Emily Dickinson; rubias observando el sunset asediadas de súbita melancolía y escozor glúteo; camareras anunciando el cierre del bar desde la abertura de sus escotes; veinteañeras introduciéndose prestas en un ascensor, girándose y cacheteando al espectador con el intratable éxito de sus horas de sentadillas y peso muerto. Cuerpos de impacto, sonrisas de molde, la gracia pegajosa y los manierismos cartilaginosos: boquitas de pato, V de victory, guiñaditas y agitaciones soft porn. Saben lo que vende y están dispuestas a darlo.
Sophie Rain trabajó como camarera hasta el 2023. Ganaba por entonces alrededor de dos mil dólares al mes, incluidas propinas. A fines del 2024 alegó haber facturado más de 43 millones solo por sus videos en OnlyFans. Cuatro millones al mes. Hay quienes se muestran escépticos. Eso es más que una top model, que la estrella de la NBA Jayson Tatum o el inefable Kylian Mbappé; es dos mil veces más que el sueldo promedio de un profesor universitario en Perú. Y sin mostrar un pezón completo. Según sus declaraciones a Camilla Araujo (otra modelo OF), en el primer mes de este año habría hecho 6 millones.
Elijo creerle, no es descabellado. Las plataformas digitales venían generando regalías consistentes a los creadores de contenido al menos desde el 2015. Durante la pandemia el fenómeno OnlyFans se desató. En la actualidad hay al menos una decena de celebridades, desde raperas hasta exactrices porno, que generan sumas mayores. Lo insospechado estriba en que se trataba de una absoluta desconocida un año antes. Apareció bailando en un video de Instagram por primera vez. El impacto fue inmediato. Los seguidores llegaron en hordas salivantes a likear y declarar amor. Semanas después, aún virgen y orientada por sus profundas convicciones cristianas, abrió su OnlyFans. Confiaba tener el éxito de su “hermana mayor” Sierra Rain, menos corpulenta y más intrépida, más siglo XXI, más kinky. La superó en cuestión de días. Los suscriptores llegaron en centenares a reafirmar amor y jurar fidelidad. Prometieron futuro. Se lo dieron. Hoy cubre los gastos de su familia con creces. La industria para adultos le ha ofrecido sumas millonarias por su vCard, pero eso sería incompatible con su fe. Los principios se respetan.

Sophie no parece exhibir particularidad que la haga “destacable”: mide algo más de metro sesenta, sus videos como sus bailes son artesanales y previsibles. Los talibanes de la belleza de catálogo, célibes por convicción ajena, le conceden indulgentes un 7.5 de rostro y un 7.5 de cuerpo. Sin querer, la mirada del monaguillo nos da una pista: quizá ahí resida parte de su magnetismo. Podría ser la vecina. Quedémonos con esa idea. Trato de encontrar algo al respecto con poco éxito. Abundan los análisis sobre la transformación económica del porno, su “uberización”: autoexplotación a cambio de independencia. La reducción de intermediarios hacia la gracia divina del dinero, dogma protestante de la era digital.
Con un 93% de mujeres y solo un 7% de hombres modelando en la plataforma, es de esperar que haya también mucha crítica e indignación por el desbalance. El asedio testarudo de un magma patológico que se extiende, lento y persistente, por designio del falo y el capital: explotación, reificación, sexismo, alienación. Todo un horizonte interpretativo que despliega sus blancos y negros para la mirada desde el Apolo 11. Pero opongo resistencia al encantamiento de la estratósfera y al metarrelato todoterreno, por ahora. ¿Qué se trae realmente esta Sophie?
Un amigo cercano encuentra inexplicable esto de las plataformas de pago para ver a una jovencita desnuda o con aparatos o cogiendo. “¿Por qué gastarías dinero en eso si existe el porno online y gratuito? Uno de los pocos logros democratizadores de nuestra generación. Detrás de Pornhub está la silenciosa lucha de millones que en los noventas hacíamos malabares con la antena conejo para esclarecer una imagen retaceada de Venus. Es que esta generación ha crecido en los mimos del consumo sin coto. Es absurdo, irracional, de giles. Le comento que Sophie Rain tiene un mecenas, una suerte de sugar daddy de seudónimo Charley que habría depositado casi cinco millones en su cuenta. “No lo entiendo. Si puede pagar tanto podría haberse ido con escorts todos los días”, me dice. No le falta razón. El deseo y sus misteriosos caminos. ¿Pero cuál es la razón de esta sinrazón?
“…llegaron en tropel más videos suyos, de sus amigas de la Bophouse y de otras jovencitas en bailes arrítmicos, contorsiones despiadadas y gestos de formato. Turgencias fanfarronas detrás de lívidos vestidos, escotes, tangas, microshorts, pantalonetas de gimnasio, jeans stretch. Jóvenes de espaldas y de pie leyendo concentradas a Emily Dickinson.”
Veo otro video suyo. Quiero atrapar el quid de su mundanal éxito. La emperatriz ninfa acompañada por otras dos jóvenes y dos enanas de edad incierta. Hip hop de fondo, sonrisas de calculado desinterés, desganada coreografía. Coquetean a la cámara, pistoletean sobre sus palmas, menean la cabecita, se giran juguetonas. Suena un slapstick al tiempo que nalguean a las enanas. Sonrisitas. Otro reel de 15 segundos. La mujer de caderas rezongantes, sensualidad de pauta en pantuflas Pokemón y pijama; jovencita de senos desbordantes, peluches de Hello Kitty por doquier. La chica creyente de mirada inocente en contorsiones lúbricas; expresión de castidad en primer plano, cameltoe en segundo. Sophie Rain: cara de púber, cuerpo de mujer. ¿Suena familiar?
En el año dos mil la cantante Alizée saltó a la fama y a la fantasía de medio mundo con “Moi…Lolita”. Inequívoca declaración de que la industria sabe lo que vende y está más que dispuesta a darlo. Cóctel de inocencia y experiencia que los franceses han explotado a la perfección desde Vanessa Paradis, Jane Birkin hasta Alizée, como apuntó el periodista Peter Robinson. Sin ser francesa, Sophie no sería más que un ejemplo de la vieja fórmula ganadora de jugar con las polaridades antes de que las polaridades se diluyesen en cierta indiferenciación justiciera. Pero sospecho que Sophie es algo más que el tópico recurrente de la Lolita, precisamente porque no es una. Aunque tal vez ello no importe.
Años después de publicada la novela que lo lanzó al escenario mundial, Nabokov declaraba que fue la triste imaginación del sátiro cuarentón Humbert, su mirada maníaca y obsesiva, su hebefilia, aquella que convirtió a una colegiala de 12 años –verdaderamente inocente– en una criatura mágica, en una nínfula. El cuerpo de una virgen es la pureza encarnada. Es la inocencia, el candor, la simpleza antes de la “caída” al mundo simbólico y sinuoso, al cuchitril de jadeos, gemidos y espasmos catatónicos del sexo y el placer. Hay una frase muy compartida en redes que es un guiño a la nostalgia conservadora hoy tan en boga: “La mujer nace con valor y el hombre sin él, por eso el pasado de ella importa, el futuro de él concierne.” Virginidad y ambición, el par cardinal de una ascesis que estructuró los roles de género desde antiguo. Ellas: contener su apetito; ellos: romperse el lomo. Hembra casta y macho proveedor. La pareja perfecta a ojos del altísimo. Con los labios en trompita, Sophie nos dice: soy la inocencia y el candor, una fiel creyente de inflexibles convicciones, pero con estas de acá… San Pedro no te pide DNI. Juega así con un tropo aledaño al de la Lolita: la madonna lujuriosa, la diablita celestial o santa puta, que es la promesa de un éxtasis cuasi religioso. El sueño de todo macho enclosetado.

Nadie no era el nombre real de Odiseo. Sophie tampoco es el suyo. Sophie Rain es un personaje, una fantasía que performa con destreza su papel de niña grande, de pudorosa virgen libidinosa. No hay nada de prohibido o transgresor en ella, solo evocación. Tampoco hay pureza al borde de la corrupción, solo dramatización. No hay inconsciencia de su poder, sino intencional énfasis de la ambigüedad. Sophie se divierte con el tabú poniendo en marcha una deliberada insinuación. Esa puesta en suspenso del orden racional y utilitario previo al momento de disolución erótico-sacra del yo, apuntado por Bataille. Insinuación que es parte de aquel repertorio de intermitencias, diferimientos y medias verdades, para Barthes. Sí, del arsenal gatillante del mundo simbólico y sagrado: la seducción. Según Jean Baudrillard: “La verdad histórica de lo femenino”. Palabras mayores. Endiablado juego de apariencias que fertiliza, planta y riega el orden fantástico para el brote impetuoso del bajo vientre. Rito y artificio arcaico que desencadenó de siempre las furias libidinales, y acaso, aquel metafísico elán vital del que hablaba Bergson. De modo que no, realmente no importa que Sophie no sea una menor de edad, casta, inexperta o indomable; tampoco que no tenga veinte, sino veintitrés como dicen sus críticos. Lo que importa es lo que su representación provoca en la mente fabuladora del seguidor, del suscriptor, del Humbert. Sophie Rain funciona como un semblante lacaniano: una máscara vacía que los espectadores llenan con sus propias fantasías. Su éxito no depende de su autenticidad, sino de lo bien que resplandece un guión ya inscrito en el imaginario masculino.
Pero gracias a las nuevas tecnologías, Sophie ofrece un plus de fantasía, acaso el punto neurálgico de su millonario sortilegio: establecer una relación incorpórea, pero íntima y real con cualquiera que esté dispuesto a pagar por ella. Los psicólogos la denominan parasocialidad. Mencioné líneas atrás que es funcional al propósito que se trate de una chica de belleza ordinaria, pues así la susceptible autoconfianza masculina no se ve inhibida. Atraídos por el gusanito en Instagram y TikTok, miles de varones nadan presurosos a OnlyFans convencidos de echar mano de esa beata impudicia, de respirar algo de la efímera fragancia que emana la Lolita conservadora.
“Con los labios en trompita, Sophie nos dice: soy la inocencia y el candor, una fiel creyente de inflexibles convicciones, pero con estas de acá… San Pedro no te pide DNI. Juega así con un tropo aledaño al de la Lolita: la madonna lujuriosa, la diablita celestial o santa puta, que es la promesa de un éxtasis cuasi religioso. El sueño de todo macho enclosetado.”
Tal vez, no solo eso. Porque entre aquellos miles está, por supuesto, Charley, el generoso mecenas de nuestra fulgurante estrella erótica. Varón heterosexual entrado en años que desembolsa a razón de 400 mil dólares al mes. ¿A cambio de? Difícil determinarlo y ocioso intentarlo. Nos encontramos en los linderos de lo comprensible, donde se funden los arbitrios del gusto, los caprichos de la biografía y el dinero a mansalva. Especulo. Charley desembolsa tamaño dineral por un bien escaso, algo que va más allá de ese sexo al alcance de la mano. Modelos OnlyFans precisan que la mayoría de sus seguidores no busca comprar contenido exclusivo, sino interacción, una conexión emocional sincera, validación, un bálsamo a la soledad y compartir cierta intimidad desde la asepsia de una cámara. El sexo, incluso en su forma virtualizada, sería un mero agregado. Entonces no, probablemente Charley no sea el norteamericano más “arrecho”, como dijera el periodista de ESPN Stephen A. Smith, sino solo un solitario romántico forrado en plata.
¿Qué nos dice todo esto? Subo al Apolo con cautela. El desconcierto de la industria pornográfica viene de hace algún tiempo. Pero quizá no solo asistimos a la simple debacle del modelo para dar paso a la “uberización del porno” en plataformas como OnlyFans, si no a una subversión de su misma gramática, al inicio de una era pospornográfica o, fundamentalmente, pos-sexual. El tiempo se encargará de decirlo, pero me permito sugerir algunas intuiciones.
Algo es seguro. El surgimiento del porno se alineó con una revolución de las costumbres, de los roles de género y de una radical desacralización de la sexualidad desde fines de los sesentas. La pornografía proyectó en las pantallas lo que venía dándose en la cultura: la desinmersión del sexo de toda constelación previa de valor, llámese reproducción, amor o matrimonio. El sexo por el sexo. La autenticidad sinvergüenza de la carne cruda y gozosa. Sobrevino la disección anato-hedónica: clítoris, perineo, puntos G, P, A, frenillo, sínfisis púbica, corona glandis, cérvix, etc. Que se correspondió con el despliegue de una poco inocente juguetería destinada al sondeo, la fricción y la vibración de esa nueva América por depredar. En suma, junto al porno se desarrolló un exhaustivo saber topográfico del cuerpo cachondo y sus epicentros erógenos que convirtió a los amantes en obsesivos atletas hacia la cúspide de la verdad somática: eyacular o morir en el intento. Producción pautada del goce y el delirio orgásmico como destino.
En una escena de A Beautiful Mind, John Nash le dice a una mujer el sueño esquizoide de todo “estúpido racional”, algo así como: dejémonos de vainas y déjame arrimarte el piano. Esa ha sido la consigna del porno, su misión y visión. Esa la consigna de cierta emancipación sexual: reclamar el ubicuo derecho al perreo inclemente, a la cópula des-graciada. El acceso democrático a la verdad histórica de lo masculino (Baudrillard dixit). Sí, palabras mayores. Pero ese ámbito, tradicionalmente colonizado por la mente hiperracional y pipiléptica de los John Nash, nunca satisfizo por sí mismo las demandas de ritualidad, de símbolo y fantasía que gatillan las potencias creadoras de lo humano. Entre ellas, el caballaje al que se adviene gustoso el mismo sexo. Los hombres escupen al cielo cuando dicen que las mujeres no saben lo que quieren, como si ellos sí. ¿Realmente?
Recuerdo los primeros escarceos adolescentes con una amiga que decretaba: “Lo que quieras, pero de la cintura para arriba”. Yo sabía lo que yo quería, pero es seguro que no todo lo que deseaba. Es apenas una porción de ello lo que habitualmente se revela a la conciencia. Su naturaleza es evasiva y contradictoria ¿No decía acaso el injustamente ridiculizado vate guatemalteco: “Dime que no y me tendrás pensando todo el día en tí”? A pesar del gran SÍ que el reclamo de una sexualidad emancipada obtuvo, decenas de estudios muestran que hoy se tiene menos sexo y de peor calidad que hace cincuenta años. Que los jóvenes tienen mucho menor interés en el sexo que generaciones pasadas. Que la disfunción es menos la excepción y más la norma. Y que el consumo asiduo de potenciadores sexuales entre varones se ha extendido incluso a jóvenes adultos. Quizá las causas no estriban solo en la desproporción normativa de dimensiones y performances que parece imponer el porno, ni en el onanismo compulsivo o en la tiranía de regímenes laborales que extenúan las fuerzas libidinales, sino en que, como con la mala literatura, ya no hay tensión, ni desafío, ni misterio, apenas una ficción menesterosa al servicio de la somatocracia del coito transaccional. El exceso de transparencia. No soy el primero que lo señala. Si hoy volviésemos a tener catorce, el interdicto de mi amiga sería: “Lo que quieras, pero del cuello para abajo”. Y yo sería feliz, y después no tanto. El destino puramente anatómico del placer es un guion acéfalo. Esa ha venido siendo la era pornográfica. Era de la asertividad y el económico straight to the point. El reino, nunca tan hegemónico, del pene.
Los 43 millones de dólares de Sophie Rain no se condicen con ninguna lógica de producción, con ninguna falocracia masculina o femenina. Para comprender en dónde puede estribar su éxito hay que girarnos 180 grados y mirar en el universo opuesto al de la producción: la seducción. En ese “histórico imperio simbólico de lo femenino”. Pero no somos tan caídos del palto para considerar el éxito de la jovencita cual señal inequívoca de un retorno puro de lo simbólico. Sophie es uno de muchos ejemplos paradigmáticos de seducción lucrativa. Perfecto arte del diferimiento mientras corre el taxímetro; estrategia antagónica a la prescrita por el inmediatismo productivo y desechable del porno. Si no representa, al menos encarna la reinserción de la seducción en lo privado (con sus negativas, secretos, tabúes y contenciones), mas no como artesanía interpersonal, sino como producto transaccional hiperrentable, como espúrea fantasía pecuniaria. Su verdad estriba en la experiencia de encanto, intermitencia, rodeo y en una promesa de sexo inmersa al interior de una ficción afectiva de mediano aliento. Ficción que hace prescindible incluso el menú estándar ofertado por la modelo virtual triple X: calateo frontal, auscultamiento de cavidades o percusión díldica. Ausencias que repugnan la mente porno-productiva del varón estándar que, como mi amigo o yo, cree estar seguro de saber lo que quiere. En corto: su verdad no es copulatoria, sino epidérmica; no es eyaculatoria, sino romántica.
Sophie Rain es, no menos, la versión mercantilizada de viejos tropos que enarbolaban los apetitos tradicionales. Un potencial de verdad contenido en ellos que no debe ser ignorado por la sola aversión al aliento rancio y la telaraña. Queda picando entonces: ¿no es nuestra casta y perversa, infantil y voluptuosa Sophie parte de un movimiento más amplio que va de la mano con el auge de las tradwives, y los christian patriots, la proyección en la esfera privada de una extrema derecha que (no solo) triunfa políticamente? Y más urgente, tal vez: ¿le conviene a la izquierda abjurar por siempre de la pólvora libidinal y cederle al conservadurismo el monopolio resonante de la seducción, como caro precio a su principio iluminista?
Berlín en primavera. Fines de marzo. Una y trece minutos de la mañana. El perro duerme. Trato de terminar un artículo sobre una joven modelo de OnlyFans y entretanto aplasto un mini-insecto que, persistente, se posa sobre mi pantalla. Seducido por la luz refractada en los millones de píxeles, obcecado e inconsciente, es ahora solo una manchita marrón y grasosa de un centímetro. Circunstancia no exenta de trágica belleza: leo que este infeliz posiblemente creyó ver en mi pantalla el reflejo de la luna sobre el agua, zona ideal de apareamiento y desove. Me genera algo de remordimiento. Sospecho que al “quironómido” le habría convenido un mundo transparente, de formas puras y procaces: estanque, lago, culito de insecta; una verdad pornográfica, cierta y segura, llana y lineal. Una que le ahorrase el desconcierto, que llamara al pan, pan y al vino, vino. Luego, paja y a dormir. Al día siguiente, la vida insectoide con sus ajetreos de siempre, sus rutinas, sus crispaciones, sus demandas productivas. Pero topose con mi pantalla. Se fundió con ella en una intimidad condenada a la exquisita insatisfacción y entonces fue mosca y fue mariposa y fue inmensa polilla y acaso ave… y fue terriblemente libre y fue maravillosamente muerto.
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A pesar de la intención apologética de la seducción presente en este texto, el autor se autodeclara más amigo de la verdad que de Sophie Rain por lo que se ve obligado a precisar que el heroico destino del quironómido antes mencionado no es un mero recurso metafórico. Estudios de las últimas décadas sugieren ciertas correlaciones entre el consumo de pornografía y el descenso en crímenes sexuales. A su vez, el incremento de eyaculaciones aparece correlacionado con una disminución del riesgo de cáncer prostático en varones. Así, al escribiente no le queda más remedio que ratificar la sospecha sugerida en el párrafo final del texto –por lo demás, lugar común– dirigida a insinuar que la pornografía es un incentivo para el incesante onanismo, liturgia domesticadora funcional al insípido mundo burgués, que nos aleja –a Dios gracias– de las incandescencias mortíferas de la seducción y el romance. En simple, que la paja es salud tanto como el porno, medicina.
Siga, por favor, las instrucciones de su médico de cabecera.
Hernán B. Aliaga es escritor y filósofo social. Exdocente de la Pontificia Universidad Católica del Perú, formado entre Lima, Berlín y Valencia, trabaja temas de crítica social y cultural. Actualmente vive en Berlín, donde escribe y finaliza un doctorado en Teoría Social. Esta es su primera colaboración para Perro Negro.
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