Por Teo Dunaljo

Michael Shrieve acababa de cumplir veinte años cuando en 1969 se presentó con Carlos Santana en Woodstock, el inolvidable concierto de tres días en una granja en el Estado de Nueva York. Shrieve fue el músico más joven del evento y su actuación lo consagró como percusionista y ayudó a cementar la figura de Carlos Santana como fusionador del rock con los ritmos y la percusión afrolatina


Era el verano de 1969, La Fania All-Stars acababa de ser creada un año antes por un abogado italo-americano con un gusto por la música cubana, Jerry Masucci, y el músico y productor dominicano Johnny Pacheco. Se cerraba la década de los sesenta y en más de una manera ya se había definido dentro de las dos Américas lo que podriamos llamar «la identidad latina.» Borges y Paz habían sido ya asimilados por los lectores latinoamericanos, el continente se urbanizaba a grandes pasos, Cien años de soledad había sido publicada dos años antes en Buenos Aires, la revolución cubana ya había echado raíces fuertes y longevas, el boom de la literatura latinoamericana estaba comenzando, la salsa estaba ya siendo exportada desde su cuna neoyorquina al resto de continente, especialmente a Panamá y Colombia; todo esto mientras ardía la Guerra Fría de una manera soterrana pero incisiva.

Cuando Santana y sus músicos subieron a la tarima el sábado 16 de agosto a las dos de la tarde, esa agrupación de rock psicódelico de San Francisco que incorporaba poliritmos africanos y caribeños con el rock del blues era virtualmente desconocida. La banda ni siquiera había lanzado su primera larga duración que saldría justamente seis días más tarde bajo un título epónimo. Quien hizo posible tanto la presentación en Woodstock como el lanzamiento del primer álbum, una semana después del concierto, fue Bill Graham, agente de Santana y uno de los promotores musicales más importantes de Estados Unidos de esa entonces. En 2019, cuando se cumplió medio siglo del concierto, Andy Zax, coproductor de Woodstock — Back to the Garden: The Definitive 50th Anniversary Archive, una colección enorme de 38 discos compactos declaró que cuando él le preguntó a los músicos aún con vida que participaron en el festival sobre ¿cuál era la actuación que ellos recordaban con más gusto?: casi todos, invariablemente, contestaron: «la de Carlos Santana.» Lo que sí es musicalmente innegable es lo icónico de fueron las interpretaciones de Soul Sacrifice de Santana y The Star Spangled Banner -el belicoso himno nacional yanqui- que en manos de Jimmy Hendrix terminó siendo los cuatro minutos de crítica anti-Vietnam más agudos y penetrantes que jamás se hayan escuchado. Ambas actuaciones demarcaron el fin de una era y ese fin fue precisamente el del sueño hippie.

«Después de Woodstock, todas las bandas de pronto comenzaron a tocar con congas. Miles tenía congas. The Rolling Stones tenían congas. Porque vieron que combinar congas con guitarras era una gran fórmula, ¡sobre todo con las mujeres!«

Era la primera vez que casi medio millón de personas convergían para escuchar tres días de música. El evento y el caos que fueron los horarios de presentación de los artistas fueron ambos monumentales. Viendo la película pocos se percatan que Hendrix tocó el lunes a las nueve de la mañana y no el domingo a media noche como estaba programado para clausurar el concierto. Santana, por el contrario, tocó antes de lo programado y cuando lo hizo estaba literalmente alucinando con mescalina que Jerry García de The Grateful Dead le había dado una hora y media antes de subir al escenario. Lo primero que sorprendió a la multitud fue la manera ágil y precisa con que Santana hacía tararear su guitarra. Lo segundo fue la sección de percusión de la banda con baterista y la presencia de congas. Esa sección rítmica fue liderada por el veintiañero Michael Shrieve que logró la no poca cosa de que todo funcionase a pesar de la fuerza descentrifugadora de la mescalina. Los musicólogos que estén leyendo estas líneas notarán en el vídeo que la manera cómo Shrieve sostiene las baquetas pertenece más a la de un percusionista del jazz que del rock; pero la soltura y la fuerza con que golpea sus tambores y platillos es genuinamente la de un rockero.

Dentro de los anales de la música en vivo han sido muy escasas la ocasiones en que una agrupación haya pasado con solo una actuación de un desconociemiento casi absoluto a un reconociemiento y una adulación internacional inmediatos. Al comienzo de Soul Sacrifice se oye a uno de los integrantes decir «Just keep that going» y eso es lo que precisamente Shrieve hizo y de manera magistral. La forma explosiva con que él ataca su instrumento hizo que esa fuera una de la más icónicas y mejores actuaciones del rock del siglo pasado, Algo simplemente fenonemal. Hasta se podría especular que anticipó los solos de bateria que vendrían después. En palabras de un agudo oyente: «toda la banda luchaba con realidades de cuantos de energía mientras el baterista mantenía el portal abierto.» Nunca he sabido con exactitud qué quiere decir esas palabras pero de una manera intuitiva, al igual que uno disfruta la música, me adhiero a ellas.

Tras Woodstock las congas, hasta esa entonces un instrumento basicamente ignorado por los músicos del rock y del jazz empezó a ser incorporado por artístas como The Rolling Stones y Miles Davies. Santana logró devolverle un elemento fundamental, el alma misma dirían algunos, de la africanidad al rock y al jazz; algo que hasta esa entonces había sido obviado. Con motivo del medio centenario de Woodstock, Santana declaró al The New York Times «Lo que aportamos básicamente fueron los ritmos africanos y la melodía. Después de Woodstock, todas las bandas de pronto comenzaron a tocar con congas. Miles tenía congas. The Rolling Stones tenían congas. Porque vieron que combinar congas con guitarras era una gran fórmula, ¡sobre todo con las mujeres!«

Lo que se aprecia al comienzo del vídeo es ese raro momento de comunión y harmonía pura que solo la música puede ofrecernos. Latinos, afrodescendientes y blancos bailando todos al son de un mismo ritmo. Si eso lo lograsemos replicar a escala global mientras ayudamos a recuperar la dignidad de las gran mayoría de seres que habitamos esta planeta y sin tener que degradar nuestro entorno natural, entonces ese sacrificio tal y cómo lo interpretó Santana y sus músicos una tarde veraniega de sábado hace ya casi cincuenta y cinco años habrá valido la pena. Habrá sido una empresa colectiva, la de la utopía hippie que -para contradecirme yo mismo- tal vez esté más viva que nunca. ¿La verdad? Sacrificaría mi alma por saberlo.


Teo Dunaljo es un escritor y crítico musical afincado en la ciudad inglesa de Birmingham. Es un colaborador habitual de Perro Negro y es autor de una colección de cuentos bajo el título Deja que la luna no salga.