Por Sergio Sotelo

En Inglaterra se les conoce como allotments mientras que en Estados Unidos se denominan de una manera un tanto más prosáica: community gardens. El caso es que esta practica de horticultura personal requiere -tal como nos lo confiesa nuestro allegado colaborador de Massachussets- de una ética personal y una tácita dedicación que vas más alla del mero gusto por las zanahorias napolitanas


Me he acercado a la huerta de Magnolia tempranísimo, al alba, para cortar con un cuchillo de sierra que creía haber perdido y que encontré en una de las alforjas de la bici, junto con el candado y un neumático de repuesto, una lechuga color burdeos y un repollo verde peinados por el rocío. Quería comprobar, de paso, cuánto faltará hasta que puedan cosecharse las zanahorias napolitanas que planté en agosto, lo que presumo es aún demasiado pronto. Lo es. Me había prometido que no escribiría sobre mis primeros pinitos con la horticultura, para evitar que la cavilación que pongo a estos diarios condicionese el placer distraído que –intento convencerme, ingenuo que soy, o mentirosillo– me reporta el hacer por hacer. El capricho de hacer sin echarle cuento a lo que emprendo; sin mortificarme con valoraciones enroscadas sobre mis aciertos y mis fracasos. Fracasos veniales o no tanto. Hoy, no obstante, siento que este pasatiempo se merece, por fin, que haga unas notas, aunque sea a modo de balance antes del fin de temporada. Mi primera temporada, y quizá la última. Ya veremos.

Durante años había fantaseado con cultivar un pedacito de tierra, aunque sin buscar la manera de llevar la idea a la práctica. Proyectaba en la empresa un difuso sentido trascendente, al tiempo que me preguntaba cuánto de tópico, o todo lo contrario, entrañaría una actividad en la que, de manera prosaica, por la vía del trabajo manual y de un saber asequible, puede alguien conectarse con los ciclos eternos de la naturaleza. Con su circularidad redentora. Me movía también cierta curiosidad, vinculada con el goce estético y con la compañía que me ha proporcionado, en esta vida levítica que llevo en Nueva Inglaterra, la costumbre de frecuentar granjas ecológicas y huertos comunitarios. 

Ocurrió así, al poco de mudarnos a Estados Unidos, y sin yo anticiparlo. Un sábado que callejeaba cerca del barrio chino, al sur de Boston, crucé la verja de una huerta que me llamó la atención porque alternaba algunos lotes baldíos con varios bancales tendidos con primor. Era un espacio recoleto, fantasmal por su abandono, parapetado del tráfico por una vegetación tupida. A partir de entonces, como un aliciente más en mis paseos a un lado y otro del Charles River, yendo y viniendo entre Cambridge y Boston, la cosa devino hábito. Con la actitud del jubilado mirón que ocupa ocioso las mañanas merodeando entre obras y construcciones, empecé yo a fotografiar con mi canon cómo mutaba, mes a mes, el paisaje urbano. Esos cambios drásticos y de timing impreciso que dicta la climatología de Massachusetts, que es a un tiempo feral y generosa.

El caso es que después de casi una década, cuando ya ni me acordaba de que nos habíamos inscrito con mi mujer en una lista de espera, nos llamaron del ayuntamiento de Arlington para ofrecerme una parcelita, situada frente al parque infantil donde han crecido mis hijos y el campo de fútbol de Magnolia, cerca del arroyo de Alewife. Me tocó el plot número 7, que apenas sí rondará los diez metros cuadrados, propensos a poblarse de weeds. Acepté ilusionado, aunque con la aprehensión de quien se reconoce como un lego sin maña para las cosas técnicas, perfeccionista hormonal, y por más inri, bastante impaciente. 

En cuanto lo permitieron las temperaturas, me afané en la huerta con brío, aunque con la sensación penosa de no tener ni idea de lo que estaba haciendo. Las mil dudas las traté de disipar dando palos de ciego, leyendo en desorden y en zigzag, muy por encima, dos libros con ilustraciones que presté de la biblioteca del barrio. En algún punto, más por fatiga mental que nada, resolví centrarme en los cuidados básicos. Compré así un par de sacos de abono orgánico para enmendar el suelo y decidí que la siembra directa de media docena de especies la completaría, para curarme en salud, con unos plantines ya germinados que adquirí en el vivero de una granja ecológica que conozco por su stand de verduras en el siempre concurrido farmer’s market de Union Square, en Somerville. Para acelerar el proceso, alguien me sugirió que usara un compuesto nutritivo a base de algas. Me decidí por un preparado de quelpos de la costa atlántica de Maine.

Muy pronto, feliz de incorporar otra distracción con la que pespuntear mis rutinas, resolví suplir la ignorancia y la aprensión con visitas constantes a la huerta. Me llegaba a Magnolia Park, que queda a cinco minutos de casa, hasta dos y tres veces al día. Supersticioso, me persuadí de que si me confiaba a la ecología y me hacía presente, como correspondiendo a mi lealtad y asombro, la huerta haría lo suyo. (A toro pasado, me pregunto si no me excedí con tanta visita con el riego).

Quizá porque estaba bendecido con la suerte del novato, ese estar tan pendiente rindió sus frutos. Tuvimos un abril y un mayo de lluvias regulares y termómetros benévolos, que me obsequiaron con unas lechugas preciosas, espléndidas de tamaño. Muy sabrosas. Había plantado varias hierbas aromáticas, de las que por el contrario sólo prosperaron un cilantro y un basilisco fragantes y asalvajados, en una cantidad para la que no supe cómo dar uso. Con las semanas, al tiempo que aceptaba que casi nada estaba bajo mi control, tratando de ser razonable en mis expectativas, vi con sorpresa cómo crecían el brócoli, las berenjenas, los calabacines, los pepinos persas… 

Una vecina me regaló una planta de hierbabuena, que dejé asilvestrarse sin cortar ni una sola rama, solo por darme el gusto de admirar sus brotes rosas y lilas. En agosto, sin que todavía menguara una sorpresa un poco pueril, obtuve unos tomates corazón de buey de vetas marrones y muñones, y unos tomates cherry que se caían de la mata. En mi contento, no me importó demasiado encontrarlos muchas mañanas mordisqueados… Las ratas. 

Refiero todo esto con el ánimo celebratorio con el que durante estos meses he contado a algunos amigos mis progresos, en mensajes de whatsapp líricos y socarrones. Debo admitir que nunca pensé que tendría el mínimo éxito. Aunque tampoco me engaño. La huerta se me ha dado razonablemente bien, como imagino se me podía haber dado mal. O muy mal. Para recordármelo, están las malas hierbas que se multiplicaron sin importar la abnegación con la que he querido arrancarlas. O las plagas que, por dos veces, se han comido la rúcula y la espinaca. 

Conociendo como me conozco, no me sorprende que al final la huerta haya dado pie a la tribulación. ¿Sigo con ella? ¿La dejo? Siento mala conciencia por lo esporádicas que se han vuelto mis visitas en las últimas semanas. Me reprocho que la cosecha de fin de otoño está siendo más pobre de lo que esperaba debido a mi negligencia. Como ando disperso con otros afanes, me justifico diciéndome que lo que había querido todos estos años, era probar. Y que ahora que lo he hecho, he de darme por satisfecho.

Estaba buscando entre mis papeles algo que escribí en otra parte, donde reflexionaba sobre las nociones de circularidad y abundancia. Son ideas que elaboraba allí con más pulpa teórica que otra cosa, en cuya creencia me han confirmado estos meses en los que he tendido como he podido, o como he sabido, que lo mismo da, esta huerta a la que he bautizado como Annua. Así, en italiano.

Estaba a punto de parafrasearme, pero me han venido a la cabeza unas palabras de Knausgård, que reflexionando a propósito de su propia experiencia trabajando en el jardín, exhorta a un optimismo no ingenuo que es –quizá, ojalá lo sea– aplicable más allá o más acá de la horticultura. A una forma de audacia que consiste en rendirse a la fuerza explosiva de lo vivo y a sus ciclos. A su robustez “ciega y torrencial”.

“No hay por qué ser cauteloso o ansioso por nada”, dice el escritor noruego.

¿Será?


Sergio Sotelo es Editor Asociado de Perro Negro. Ha tenido varias ocupaciones en la equívoca industria de los contenidos periodísticos, pero lo que de verdad le apasiona es hacer preguntas y hacérselas.