Por Enrique Zattara

En castellano la «e» es transexual en términos de género y los adjetivos que la usan sirven tanto para los sustantivos masculinos como femeninos. Por ello esta vocal abierta se ha convertido en una de las herramientas de quienes promulgan un lenguaje inclusivo. Pero, ¿es esta la moda pasajera de una ideología del momento o un cambio inevitable en el aspecto descriptivo del español? ¿Son en verdad estas distinciones de género un claro e indeseable reflejo de un patriarcalismo mandado a recoger? ¿Se pueden forzar este tipo de cambios en el lenguaje?


Hay quienes prefieren la comodidad de creer que toda forma del lenguaje que se aparte de las reglas específicamente establecidas en los diccionarios o en las gramáticas, tiene que ser automáticamente descartada como forma “incorrecta” o “distorsionada” de una lengua. Creo que a esta altura es una posición de difícil defensa, a la que ya ni siquiera las “academias” (encabezadas en nuestro idioma por la RAE) acuden. Es obvio que las lenguas se mueven y modifican constantemente, y van dejando en desuso ciertas palabras – o ciertos significados de algunas palabras – y por el contrario, incorporando nuevos términos – o nuevos significados para una palabra -, y el intento académico de “fijarlas y pulirlas” irá siempre por detrás de la realidad de una lengua viva. Esto, sin entrar en un debate más complejo en el que habría que atender, al menos, a la distinción entre dos parejas equívocas: “Lengua / Habla” y “Significado / Sentido”. Se ha escrito suficiente al respecto, por lo que no es necesario repetir conceptos.

La reflexión que mueve este artículo, en cambio, tiene que ver con el creciente cuestionamiento (desde los ámbitos intelectuales, ya sean académicos o del activismo social) de determinados usos del lenguaje, y en particular con la presión sobre el campo intelectual (con escasa relevancia en el lenguaje cotidiano, como veremos) para la implantación de un lenguaje presuntamente “inclusivo”.

Desde luego, este debate tan agrio en algunos países de habla castellana (o hispana, o española, o como se la quiera denominar), con especial énfasis en la Argentina, tiene un marco ideológico-político, lo cual me parece correcto, al menos desde mi concepción de que todo lo que tiene que ver con el ser humano es político: no sólo la estructura social y económica, sino los procesos de individuación (subjetividad personal) y el concepto mismo de naturaleza y de cuerpo. Y si todo es político, ni qué decir que lo es fundamentalmente lo que posibilita designar esa realidad: el lenguaje. 

Sin embargo, me permitiré no incorporarme a esa moda del “lenguaje inclusivo” que atraviesa nuestra época, cual el fantasma del comunismo que Marx anunciaba para Europa hace un siglo y medio (y que por desgracia, pese a los esfuerzos de teóricos y revolucionarios, no se ha cumplido). Aunque esto suponga, y escribo con absoluta conciencia de ello, ponerme al pie de los caballos que – como lo habilita su condición animal – no se detienen ante discursos racionales. Pero qué vamos a hacerle: el rol del intelectual en la sociedad (eso es lo que creo) no es el de ser “funcionales” a los pensamientos en boga –  por más que puedan provenir del mismo campo ideológico que uno mismo – , sino el de ponerlo todo en cuestión. Para eso estamos.


Y si todo es político, ni qué decir que lo es fundamentalmente lo que posibilita designar esa realidad: el lenguaje.

Ya sabemos que la propuesta (llamémoslo así por ahora, aunque ya se sabe que algunas propuestas suelen ser conminatorias) de modificar el lenguaje -en referencia a la cuestión de los géneros- apunta a cuestionar el hecho de que en el castellano los conjuntos colectivos (integrados por miembros lingüísticamente masculinos o femeninos) se denominen casi siempre con la forma genérica masculina. Esto es: si hay un grupo de vacas serán “ellas” y si es de toros serán “ellos”, pero si hay vacas y toros en el mismo corral, se hablará de “ellos”. Este uso, según los teóricos de género, es el producto de una deriva histórica en la que la sociedad ha sido mayoritariamente patriarcal (y heterosexual), y la masculinización del colectivo señala un juicio de valor que pone lo masculino por encima de lo femenino. Es difícil retroceder tanto como para construir una arqueología realmente sólida sobre este tema que no se limite a enunciaciones ideológicas, pero admitamos que el argumento resulta bastante convincente. Estoy dispuesto a admitirlo.

Pero quisiera detenerme al menos en dos aspectos que conforman el punto de partida de este debate.

El primero de ellos se basa en la convicción de que el lenguaje construye nuestra percepción de la realidad (y por lo tanto: nuestra realidad, aunque más de un defensor de esa teoría seguro dirá que percepción y realidad son cosas diferentes). Estoy de acuerdo con ese postulado, aunque creo que es un postulado generalista, y no nos autoriza a aplicarlo automáticamente a cada uso lingüístico particular. La famosa apreciación de que en las lenguas occidentales lo “negro” representa lo malo y sucio y lo “blanco” la pureza, no tiene un correlato real porque las lenguas no son meras “traducciones paralelas” unas de otras. Y además, precisamente por el principio que encabeza estas reflexiones: que la lengua está en cambio permanente, lo que implica además que hay lenguas que desaparecen y otras que se imponen como consecuencia de procesos históricos que pueden ser “justos” o “injustos”, pero no tienen vuelta atrás como no sea por medio de la imposición de los Estados (por ejemplo, el hebreo, que ninguna persona de esa etnia utilizaba en ninguna parte del mundo desde hace muchos siglos, pero es obligatorio como idioma oficial en el estado de Israel). Una anécdota que siempre menciono es una discusión donde alguien cuestionaba la penetración creciente del inglés en el lenguaje de países hispánicos, y con muy acertado criterio, otro le señaló que al fin y al cabo, el español es también un idioma colonial que no es originario de ninguna de las regiones de América, por ejemplo. Y a ninguno, creo, se nos ocurriría que hay que regresar en el tiempo e imponer en la Argentina el uso del ranquel, por ejemplo. 

Y en ese sentido, y no voy a meterme más en este tema porque no es un campo que domine y no me gusta hacerme el erudito en campos donde no lo soy, no hay ninguna evidencia de que los pueblos que hablamos el español con su casi absoluta diferenciación genérica, tengamos culturas más machistas por ese uso lingüístico. De hecho (y sobre eso sí hay estudios) lenguas donde predomina el neutro (o sea, lo que se pretende imponer con el “lenguaje inclusivo”) no implican culturas más igualitarias que las nuestras (el turco, por ejemplo, para ser obvios). Por lo tanto, aunque personalmente esté dispuesto a aceptar que -probablemente- el predominio de la forma masculina en los “genéricos” es una consecuencia filológica del patriarcado, nada me autoriza a pensar que en otras circunstancias ocurriría lo contrario. 


No hay ninguna evidencia de que los pueblos que hablamos el español con su casi absoluta diferenciación genérica, tengamos culturas más machistas por ese uso lingüístico.

El segundo argumento que quiero aportar se refiere, precisamente, a los procesos de cambio que, como ya aceptamos de entrada, se producen permanentemente en las lenguas. Y aquí creo yo que está la cuestión fundamental. Las transformaciones en las lenguas nunca han surgido de postulados teóricos, sino del uso concreto y práctico de los hablantes: no del plan sino de la necesidad. Y eso sí que está fundamentado histórica y empíricamente. Para ejemplificarlo con algo que ocurre en la actualidad, permítanme utilizar el caso del “spanglish”. Este lenguaje -durante décadas considerado con desprecio por los ámbitos cultos pero finalmente ya aceptado como un nuevo espacio lingüístico- se genera en las áreas de integración de culturas con dos lenguas diferenciadas, no por ninguna reflexión lingüística, sino como respuesta a una necesidad práctica: surge en el habla cotidiana de inmigrantes fronterizos (o no necesariamente fronterizos, aunque es en estas áreas donde realmente progresa) que, en su práctica cotidiana necesitan hablar el idioma del país adonde llegan, pero al mismo tiempo continúan hablando su lengua madre en su ámbito familiar y de relación con su comunidad. Como cualquiera que haya pasado por este proceso ha vivido en carne propia, llega un momento en que hay términos que nos surgen espontáneamente en inglés, y de a poco, con el correr del tiempo, van reemplazando a la palabra castellana. Así, vemos cómo en las provincias fronterizas del sur estadounidense ha nacido un nuevo lenguaje que mezcla aleatoriamente las dos lenguas. Tanto, que ya existe una literatura escrita en Spanglish, totalmente aceptada incluso en los niveles académicos. El uso, condicionado por necesidades prácticas de comunicación, ha impuesto la norma.

El caso del “lenguaje inclusivo” es totalmente diferente, por no decir abiertamente contrario. La propuesta de utilización del género neutro en los términos colectivos es una postulación producto de una posición intelectual e ideológica, y no de una necesidad de comunicación. En el habla cotidiana, no hay nadie (a pesar de algunos memes en Facebook que se empeñan en demostrar lo indemostrable) que se confunda cuando al decir “ellos” la maestra se refiere al conjunto de chicos y chicas que juegan en el patio. El uso está absolutamente incorporado al lenguaje de manera espontánea, y por lo tanto no hay necesidad de incorporar un nuevo término (“elles”) para denominar al grupo. No estoy aquí discutiendo sobre si ese uso es ideológicamente correcto o no, y si debiera o no ser modificado para destruir la ideología patriarcal, etc: me limito a señalar que con imposiciones y discursos ideológicos no se cambia la lengua. Esa es una sencilla comprobación histórica, y ningún catálogo de buenas intenciones va a modificar esa característica propia del lenguaje. Con lo cual, la presión extrema que los partidarios del “lenguaje inclusivo” ejercen sobre el campo intelectual, es tan absurda como la de quienes pretendían igualar las culturas imponiendo el esperanto como lengua universal. Las intenciones serán loables, pero la lengua funciona de otro modo. Me parece meritorio estudiar esperanto, pero no tanto que quisieran imponérselo a quienes hablan los diversísimos idiomas reales.

De hecho, un dato más demuestra la desconexión entre la postulación político-intelectual y la realidad: ¿han escuchado a alguien partidario del “lenguaje inclusivo” utilizarlo en el habla de comunicación diaria? ¿Cómo puede defenderse la utilización escrita de caracteres “neutrales” como la “X” o la “@” en el lenguaje escrito si esos caracteres no tienen siquiera pronunciación fonética en el habla?

Y por último: ¿han leído últimamente algún texto de ficción de esas escritoras que insisten en convertir su literatura en alegatos de género, donde el narrador -o los personajes- hablen en “lenguaje inclusivo”?

En suma: no tengo nada contra quienes creen que decir “niñes” cambiará la mentalidad patriarcalista de la sociedad, pero no acepto que me lo exijan. Mi opinión es que el “lenguaje inclusivo” es meramente una marca tribal e identitaria de un grupo de opinión y activismo de gran presencia en esta época, y como tantas otras marcas de identidad tribal se esfumará cuando las tribus se reinventen en nuevas formas. Puede que me equivoque, claro, pero si dejo abierta esa posibilidad es precisamente porque tengo la convicción de que los cambios en la lengua – por recomendables que fueran – no se pueden ejecutar por decreto ni prepotencia intelectual y son, por lo tanto, imprevisibles. 


Enrique Zattara es poeta, novelista, promotor cultural y Director de la casa editorial El Ojo de la Cultura. Su última novela Lazos de tinta fue publicada a comienzo de este año.