Por Nicolás Sánchez
A un día de la posesión del cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos, publicamos un texto que nos llega desde Bogotá y que es a la vez reflexión, diálogo y crítica paródica. Léanlo como una forma de preparación emocional y advertencia para el grotesco y cleptomaníaco carnaval que se avecina
Se escuchan y leen voces conocidas y estudiadas que dicen que el grado de corrupción al que ha llegado el gobierno y la población de Estados Unidos se debe a que el partido demócrata no debió elegir a una mujer negra como candidata, aunque estuviera sobradamente preparada para el cargo. Otros afirman que la inflación hace que sea más importante el precio de los huevos que la libertad de las mujeres; unos más que es el racismo y no faltan los que creen que ese señor naranja es un enviado de Dios para demostrarnos que la tierra sí es plana. También hay aquellos que no quieren perder su posición de privilegio, así como los que quieren aumentarla. A estos debemos añadir los que anhelan pertenecer a un club y los que dicen que Biden debió retirarse hace mucho tiempo.
En fin, podemos juntar todas las anteriores, y muchas más, y darnos cuenta de algo aterradoramente fundamental: todas las anteriores razones pueden ser ciertas y que, contra todo pronóstico, esos ciclos en los que la maldad, la estupidez, y el poder se juntan, triunfan, y desaparecen de la historia. Todos estos han coincidido en este espacio de tiempo para crear las condiciones de tormenta perfecta en un momento crítico para las instituciones de las democracias liberales. A ese ciclo nefasto de coincidencias históricas le sumó una dependencia obscena de mano de obra barata en China e India, que ahora tienen un potencial de chantaje muy superior al del imperio británico en sus mejores momentos. Sumémosle la sumisión energética al petróleo y gas rusos. Naciones energéticamente ricas que se les permite iniciar guerras u organizar torneos deportivos globales -aquí entran algunos países árabes- de tal ostentación que ni San Rafael Nadal se ha podido resistir a ese Vellocino de Oro. Quizá debamos comenzar a preguntarnos cuál es la mejor posición para sobrevivir a la tragedia y si tendremos nuestra catarsis o no.
§
Es 25 de diciembre, la primera “Navidad blanca” en Nueva York en 15 años. En el aire está la expectativa del mundo que vamos a tener el próximo año; hay una tensa calma. En medio de un frío invernal, y sin más preámbulo, nos encontramos en la entrada del teatro al que Elon, en un gran acto de generosidad, invitó a Donald a participar de la premier de su última gran producción.
Donald– Entonces, amigo Elon – preguntó con mirada penetrante – ¿Tú crees que debería leer Los Persas de Esquilo?
Elon– Bueno, yo no soy muy entendido en licores, y esa marca de tequila Los Persas nunca la había escuchado – respondió el otro, con el aire de suficiencia que da el no consumir alcohol, sino solo sustancias que le aumentan su ya desmesurado intelecto -.
Donald– Esquilo, Elon, Esquilo. Eso me lo aclaró muy bien Vladimir, que es una persona muy, muy culta. ¿Sabías que habla perfecto alemán?
Elon– ¿Putin?
Donald– ¿Quién si no? -Dijo con mirada de ensoñación y anhelo.
Y prosiguió:
– Me dijo que era una tragedia que se parecía mucho a lo que será el mundo después del 20 de enero, pero al revés. Cuando le pregunté que quería decir, me dijo que esta vez serían los iraníes los que ganarían a los griegos.
– Es tan inteligente que hablar con él es como flotar en un mar de conocimiento. A mí si me toca con traductor – aclaró – pero a él le sobra porque también habla perfecto inglés – añadió con la misma cara de anhelo de antes.
Elon– Bueno, Donald, no sé qué decirte; a mí me parece que lo que pasa en Estado Unidos hoy es más cercano a otra tragedia peor, la de mi madre patria cuando abolió el apartheid y la gente comenzó a pensar que los negros tenían los mismos derechos que nosotros, los blancos aventajados. Eso no lo puedo soportar.
Donald– Yo solo digo que Vladimir me recomendó leer esa historia diciendo que me vendría bien para entender mi misión en el mundo; además, yo pensé que tu sabías más de teatro y por eso estabas produciendo esta obra, según Vladimir, esa tragedia es muy famosa.
Elon– Donald, la obra que produje, y a la que vas a tener el honor histórico de asistir en primicia, es una obra sobre mí mismo, entonces no tengo que saber absolutamente nada de teatro, ni cultura de telarañas para hacerla, sólo necesité mirarme en el espejo.
Donald quedó perplejo; no pensó que otro ser humano tuviera la desfachatez de hacer lo que él mismo había hecho toda su vida: mirarse en el espejo y cobrar por ello. Sin embargo, había algunas cosas que alguien le contó de ese tipo, Elon, que le llamaban mucho la atención.
Donald– Bueno, y de todas formas espero que no sea algo muy largo, por mi elevado nivel de inteligencia, no puedo mantener la atención en nada por más de diez minutos.
Elon– No te preocupes, Donald, ya contaba con eso, por eso el tipo de estreno que has venido a ver hoy es completamente diferente. Nos vamos a tardar entre 5 y 7 minutos en hacerte un implante cerebral con el que te vamos a poner todas las maravillas de lo que significa ser yo, pero no tú, como un “yo” genérico del tipo “Espinoza”, sino del “Yo: Elon Musk”.
En ese momento Elon soltó una carcajada parecida a la de una hiena mezclada con la risa de un delfín.
Donald– Suena interesante, alguien me dijo que tienes una hija transexual. Dijo con una mirada un poco morbosa.
Elon– Si, pero no la verás mucho con el implante. Me odia y no quiso participar en el proyecto.
Donald– ¿Y podremos ver toda tu libertad de expresión campando a sus anchas?
Elon– Por supuesto.
Donald– ¿Y la forma maravillosa cómo haces negocios?
Elon– Obviamente.
Donald– ¿Y me podré acostar con la mamá de alguno de tus herederos genéticos?
Elon– Eso ya me da un poco de aprehensión, pero todo esto no será más que una ilusión de ser “Yo, Elon”
Donald– Bueno, nunca puedo dejar escapar la oportunidad de disfrutar de una mujer bonita.
En medio de esta conversación de ricos ególatras e ignorantes y, como anticipando que un 0,5% de su poder de manipulación mundial se podría esfumar si permitía que ese implante se colocara en el cerebro de Donald, apareció el mismo espectro de Rupert Murdoch.
Espectro– Donald, ya sabes que tu alma tiene dueño desde hace décadas, ¿cierto? No puedes poner en riesgo un trato que, con este implante que te quiere poner Elon, podría cambiar lo que me vendiste.
Donald– Pero tú aún o has muerto, Rupert, ¿cómo es que te puedes presentar aquí como un fantasma?
Espectro– No has entendido mi naturaleza- respondió – en realidad yo nunca he estado entre los vivos, y mis ganas de descansar de una vez por todas es lo que hace que quiera acabar con el mundo. Lo he intentado varias veces, la última me tocó ser ministro de propaganda en la Alemania de los años 30 y 40 del siglo pasado. Bastante feo por cierto, aunque tengo que decir que esta última encarnación es la vez que peor me he visto; esta cara de perro bulldog no me ha gustado nada.
Donald– ¿Y el trato que hicimos? ¿Yo también me voy a acabar junto con el mundo?
Espectro– No hombre. Cuando este mundo se acabe, espero que gracias a ti y a los otros dos que tengo encargados al otro lado del planeta, podamos utilizar tu mercancía, es decir, tu alma. Esa se puede reciclar en otras partes del universo como precursor de la antimateria.
En ese momento, al escuchar la palabra “antimateria”, Donald Trump entendió que su alma sería una sola cosa junto con la de su gran ídolo, Vladimir Putin, y se le aguaron los ojos. No podía creer tanta felicidad; dio un salto desde la entrada donde estaban ya a punto de ponerle el implante, abrió la puerta del teatro de par en par y salió corriendo por las calles nevadas de la ciudad hasta llegar a su torre embargada en la Quinta Avenida, para decirle a su traicionada (o no tanto) esposa: “Melania, prepara las cosas que nos vamos a conquistar el mundo.”
Nicolás Sánchez no es jugador argentino de rugby, es un ingeniero químico de profesión quienes en sus ratos libres se dedica a la lectura y a la música. Reside en Bogotá y esta es su primera colaboración para Perro Negro
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